“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Canción negra para niñas de cuna

domingo 21 de octubre de 2018

Carta de Astarté a Jehú

Nadie está de tu parte, cobarde de Jezrel,
esclavo del tisbita que huye a Beersebá.
Son enclenques e inútiles las fauces
de tu carro con sus bestias.

Vengo desde la muerte a incendiarte,
a propósito de los impíos y adormecidos,
de los tibios y los necios.
Vengo constelada como marfil al fuego
a prender las mentiras de cada una de tus lenguas.

Los valles de tu boca se descalabrarán,
no tendrás lecho, ni pan,
ni aquel cielo que regala la costumbre.
No me bastarán los días, verdugo,
para llenarte todo de mi terrible presencia.
Enroscada en la húmeda subversión
que sólo la venganza calienta,
te miro…
Te quedan pocas lunas, usurpador de tronos.
¿Qué dirá el hijo del hombre cuando se entere
de tus caballos y tus perros?
El dragón escarlata vendrá por todos tus eunucos
y sólo Baal habitará siempre tus sueños.

¡He despertado en medio de Samaria sin mi hija!
¡He despertado en medio de Samaria sin mi hija!

Hoy en su día,
ella será sólo fuego en el campo de Jezrel.
Se levantará aquel cuerpo
que pensaste presa de fieras,
aquel que nunca fue domesticado para la obediencia.
Largas trenzas rojas brotarán de su cráneo,
una bestia que crece desde adentro, intacta,
sostendrá en sus manos tu cuello,
sus pies… al acecho del profeta de sequías.

Y dirá: Jehú, dónde está la hija de Et-baal,
Esposa de Acab,
Sacerdotisa de Ishtar.
Mujer de Sidon.

Lilith desenterrará
sin apuro tus huesos,
escucharás el ruido de los cascos,
el atardecer bramar con fiebre de horizonte,
escucharás al desamparo encarnar justo a tiempo.
Estaremos todas ahí, clandestinas,
hienas vivas en la memoria del mar,
para arrojarte, colonizador, a tu sentencia:
Habitarás el eterno retorno a la víspera del día del miedo.

 

Plegaria antes del viaje

Hay que morirse
de vez en cuando,
con esas muertes
de péndulos aletargados,
con esas muertes
que una inventa
para saberse a salvo.

Morirse, secarse despacio
con ojos inmensos
ante los pájaros,
sin remedio, ni argumentos,
sin peticiones, ni escándalos,
sin equipajes, ni simulacros,
sin treguas,
sin ventanas,
sin afueras,
sin telarañas buscando manos.

Da lo mismo quedarse
en cualquier parte
buscar inútilmente al polvo
clausurado en sus recuerdos,
atravesar la noche,
galopar hacia espacios
intactos entre fieras,
encontrar siempre las mismas puertas
ahuyentar bestias,
escarbar trincheras,
gritar,
callar,
tomar atajos entre laberintos
a ciegas.

Llegará irrevocable el centinela,
depredador de primitivas condenas,
cerrando todas las puertas.

Llegará la lluvia de antiguos presagios:
Tiritando.
Llegará la luna roja con alas abiertas.

Sólo entonces,
sin escampar
y en voz muy baja,
hay que resbalarse
de los regazos de Dios,
caer descalza
caminar a tientas,
entre escombros,
sin milagros.

 

Escena temida

Primero habría que entender
que resulta imprescindible
dejar los armarios abiertos.
La mayoría de las veces
se preparan ahí las maletas,
se cocinan algunas hierbas,
mientras se confabulan las libélulas.

Se apuñan ahí los fantasmas,
en los armarios,
junto a los secretos.

¡Date prisa!
Es necesario tararear
fragmentos de plegaria,
esparcir las caracolas,
encender todas las velas,
fumar el tabaco,
escupir el licor,
empaparse las manos
con agua florida,
sonar la maraca,
afilar los cuarzos,
tirar los animales rotos
en una bolsa de plástico
dejarlos en la esquina del cementerio,
con nueve monedas viejas
de una misma denominación,
y es que hay criaturas
¡que no deben volver!

No estoy obligada a sorprenderte,
no sé cómo hacer para que te quedes,
tampoco recuerdo cómo regresar.

Te fuiste,
eso es todo,
fue todo,
lo sigue siendo.

En la película se reconocieron
y sin embargo se quedaron quietos,
él escapa al final,
ella lo sobrevive.

El olor a jengibre no fue suficiente
para recordarte,
era necesaria una hora exacta,
un tren vacío,
un silbido de llegada,
para no seguir encontrándote
en cada rostro
y perdiéndote en cada esquina.

Tampoco bastó elixir de romero,
ni los duendes del incienso,
aun así, preparas las maletas.
También tengo un absurdo equipaje
que amenaza a todos con mi partida,
y cuando quiero volver,
se me acaban las migajas
a medio camino.

Me toca sentarme de nuevo
a presenciar mi propia muerte.

Debo ensayar todas las plegarias
que estén a mano,
con suerte me atenderá la
insistencia en el diván,
El último chamán pide que me deje ir
que me va a acompañar,
él entiende todo lo que digo,
debe ser por la estirpe en sus huesos.

Y yo me rehúso a perder una vez más.
Las cosas deberían suceder una sola vez
y dejar de repetirse a sí mismas,
pero las inútiles se prenden del cuerpo.
¡Hastían!

Ya ni recuerdo qué me gustaba de vos,
de todos modos, mi hermana nunca te quiso,
deberías ver, aquí últimamente
cada sacerdote al menos tiene un hijo.

Dicen que el mar está tranquilo y, sin embargo,
no alcanzo a quedar dormida,
desde hace un tiempo para acá
no han vuelto las pesadillas.
Mauricio dice que arrancó los fantasmas
sin preguntarles mucho,
Me prometió que no van a regresar.
Le conté que mi padre tampoco.

 

3 de la mañana

Esta tarde me ha prestado
todas las excusas para invocarte.
El cuervo de sus ojos,
la partida de mi hermana,
aquellos viajes del chamán
en medio de abril,
tus manos gigantes en mi maraca.

No puedo esperar la próxima luna,
para vestirte de miel y aguardiente,
mis entrañas insisten
en la progenie de tu sangre.

He aquí tus manos, Eleguá,
fieras asomadas a la orilla de mis mapas,
cada vez que se asoma el miedo a morir descalza.

He aquí mis caminos a tus pies, Eleguá.
Señor de las cuatro esquinas,
mensajero de piedras negras.

Hoy te juro a tientas,
las llaves de todas mis puertas.

Abre los caminos, Eleguá,
que atravieso el vértigo de la madrugada.
Tres golpes en el baúl,
aleja la tragedia de la obsidiana.

Abre los caminos, Eleguá
mi respiración a bocanadas
cerró de golpe las persianas,
levanta las brújulas
con todas tus rojas lámparas.

Coco,
aguardiente
pimienta negra
y maracas.

Ven, Eleguá
Dulce dueño de encrucijadas
suelta enteras tus criaturas,
inscribe el nuevo camino,
en la piel de mis mapas,
que al borde del precipicio
sólo me espera
aquel talismán que lleva inscrito:
3 de la mañana.

 

Rescate inminente

Han pasado tres obsidianas
desde la llegada del cóndor.
Me ha dejado,
sin remedio:
una dosis alta de albahaca
entre las venas,
una espantosa predisposición
a desatar la furia de estos labios,
una recobrada locura
enterrada entre gardenias.
Ibú Kolé, ¡lo sé!
Debí haber cerrado con fuerza los ojos,
permitir que la primera extracción
de un fantasma largamente conocido
fuera la última escena.
Pero él cantó la antigua canción
del fuego,
cabalgando el caimán de mis madrugadas,
un viajero del asombro,
entre la oscuridad y el destiempo.
Amontonado en piedra,
esculpido en palo santo,
amasado en lirios de una tierra muy blanca.
Debí haber corrido hacia ti, Akala Kala,
para que el viejo buitre
cantara palabras de polvo,
presagios de fango,
conjuros de viento.
Madre, arroja doce caracoles río arriba,
que aquí traigo un abanico
de palomas negras.
Tira la baraja una vez más,
El Colgado,
La Muerte,
Dos de Copas.
De todos los encuentros posibles,
este es el preámbulo de la muerte
más certera.
¡Culpable! ya sé.
He recorrido el carnaval de sus medias,
la desembocadura de sus piernas,
el rito de su espalda,
sus escurridas caderas.
¿Y cómo no, Ikolé?
¡He visto dónde nuestras noches se encuentran!

Iyalodé, ennegrecida sirena,
que la luna ensangrentada
no termine con mi sueño,
que a mí sólo me falta
que río abajo,
con ojos suaves,
el aura tiñosa
rescate,
inminente,
su retrato,
en el mar mis noches.

 

Yemanya

Ahora que conjuras las presencias
que marcan el río de los cuerpos,
y que te has erigido dulce estirpe y deseo,
no condenes estas heridas
a la costumbre del ajenjo
de invocar el vórtice del silencio.

No me arrebates los incendios,
aquí donde he muerto tantas veces,
que la cicatriz del reloj
es siempre la misma,
obturada huella del abandono
presentida,
soñada,
temida.

He bajado de tantas orillas,
con todos los peces a cuestas,
pero las ciudades insisten
aún en las licencias,
en el protocolo de los cisnes,
que si el zaguán, el carnero o la cigüeña,
la metamorfosis de las cáscaras,
en la diminuta enredadera.

Yemayá Okuti,
cuenta las plumas de mi ofrenda,
(en el mar y en el monte)
si pudiera reclamar todas tus salamandras,
en su laberinto de escamas,
con tus escuálidas luciérnagas;
si pudiera a dos machetes
ceñirme a tus caderas,
Ikondole,
entonces podrías habitarme
con tus manos enteras.

Ven madre,
portera de Olokum,
con tus 21 herramientas,
los perros se han ido.
baila alrededor del fuego,
con los brazos enroscados
a tus serpientes.

Ven, madre, Okuadume,
esta noche sacrifico 2 gallos,
en tu nombre,
en el añil ancestral
de tu templo de hielo.
Esta noche voy a reinventarme
con el rastro de
tu sangre y mi memoria,
Aguanile Oggun,
trae madreperlas y corales,
amarra a mi bote tus cadenas,
una ofrenda en el mar,
una ofrenda en la manigua,
aquí te traigo un pato en palangana,
para que litoral adentro
me traigas el mar de mis hijas.

 

Olokum

Ha llegado el mar hasta aquí Olokum,
bajo el eco de tus gemidos,
en esta cueva tan honda.

También la luna,
es una libélula que alumbra
tus muslos de madera,
el cedro de tu espalda,
el arrecife de tus piernas.

Los peces sigilosos de mis pies
te han encontrado.
¿Qué haces ahí, Olokum,
escondiendo el caimán de tus brazos?
Quédate así quieto,
como si no lo supieras,
déjame fingir ser un carnero,
en las recónditas criaturas
de tus enormes corales.

Así, justo así… Olokum,
no te muevas.
Hunde despacio tus laberintos
en esta tierra,
empuja hasta alcanzar
las negras sirenas
que habitan en mis caderas.

Aquí, justo aquí.
Olokum,
alcanzo a sentir tu barba,
casi todos tus ojos
En los feroces acantilados de mi pecho,
déjame entibiar los pájaros
de tus manos,
con la espuma de mi vientre,
hasta dejarte sin una gota de savia.
ni una libélula de tus páramos intacta.

Dame todos los colibríes de tus labios,
dámelos todos, Olokum,
que la lumbre de tus manos
incendiaron mis caderas.

 

Ogún

Devuélveme el equivocado
libro azul que te di
la otra tarde;
de todos modos
algunas de sus mariposas
ya venían ensangrentadas.

Quiero también las fotos,
un par de ollas,
y las cortinas blancas,
ya no son necesarias,
pueden ir a casa;
¡Apresúrate!
viene el herrero,
ya sin nudos en su espalda,
mis fantasmas han confesado
el secreto a la crisálida.

Date prisa,
que me alcanza;
el dueño del monte,
rastrea tus palabras.

¿Dónde está mi caldero?
el de las tres patas,
el rey de Iré no espera,
viene bajando
con toda su fuerza áspera
desgajando el aire,
delante de su espada.

Al menos ya no corro
el riesgo de encontrarte
en los cines, ni en los parques,
ni equivocadamente entre sábanas,
mucho menos en las criaturas
de mis almohadas.

Apúrate, deja de mirarme
como si te importara,
ya sé que no puedes
decir esas palabras,
lo impiden:
el protocolo, los libros
y las actas.

Estoy atrasada,
déjame ir
que las hienas han tomado
un atajo de improviso
por el resto de tus alas.

Viene el herrero,
afilando de súbitas
muertes su espada.

Aquí tienes,
dueño del monte,
manteca de cacao,
alpiste, jengibre,
gallina de Angola,
y pescado ahumado,
corta a machete,
la cadena que me sujeta
a sus pájaros,
quema con tus hierros
sus inútiles palabras.

Oggun onile,
dulce asesino,
labrador del camino,
fuerza primera.
En baño de sangre,
abre a machete el camino,
que hoy no hay atajos,
ni espejos,
ni engaños.

 

Olodí
Caballo de espadas

En medio de la telaraña de la noche,
me ha levantado de golpe
una confesión:
aquella hora intacta
a orillas del andén.

Las horas, amor mío,
arremetidas contra los páramos,
tienen la extraña manía de advertir,
sin tregua,
los temporales.
Atraviesan desnudas las madrugadas,
precipitan las tragedias
debajo de los trenes.

Las horas, amor mío,
fingen la mayor parte del tiempo
no tener manecillas,
mientras los relojes inventan canciones
para no tener que esperar.

Anoche
entretejí una corona de aguaviva y corales,
con las dagas de mis manos
con los cencerros de mi vientre,
a mí también, Olodí,
me angustian las batallas de los trenes,
pero este es el camino de la guerrera,
la Rueda de la Fortuna,
la Estrella,
el Diablo,
faltan tres batallas para que salga el Sol.

Los padres celestiales se han ido,
monta el azabache de tu caballo,
toma tus hierros,
y sin detenerte,
asegura el machete a tu cintura,
porque tú existes,
existes siempre.

Toma el reloj,
y a todo galope
inúndalo con todos tus ríos,
que caigan a pedazos,
sus números,
sus fauces,
sus tentáculos
y sus miedos.
Toma estos tres clavos de tren,
escóndelos en tu pecho,
que ayer a esta hora,
cabalgamos de prisa de espaldas al sol.

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