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Hablemos, de Octavio Santana Surez

Poemas de Héctor Miguel González

• Miércoles 2 de enero de 2019

Sol negro

Está lloviendo
y el vampiro sueña en su abismo
con la bella flor del suicidio
que llevo entre los dientes
entrada la hora bruja

Está lloviendo
y el viento grita en la noche
el nombre secreto del universo
por lagunas y cavernas
por ciudades sin ojos
y planetas innombrables

Pero nadie hace caso
porque está lloviendo
y los muertos prefieren
escuchar la sangre
que se escurre
por el sepulcro de la nada

Está lloviendo
y no quedan más estrellas
para guiarnos por el cielo
porque está lloviendo, amor mío
y Dios se ha tapado los ojos.

 

Oblivion

Estás conmigo en Carcosa
y te veo y no te veo
arrastrando tus pecados
por el palacio de la liebre
que se yergue en el bosque
del séptimo círculo

Estás conmigo
frente al espejo
y ya no hay nadie más
el silencio se va fracturando
y un leproso me muestra
la terrible canción de la bala
que galopa triunfante en mi cráneo.

 

Himno a Cibeles

Atys, el dios sol, herido por el colmillo del jabalí

Rodea mi cintura
con un enigma de yedra y abejas
y aliméntame con el conjuro tornasol
de la serpiente que habita
en la húmeda caverna
donde danzan tus coribantes
en un éxtasis telúrico
sobre los huesos de mundos olvidados

Ahora toma mi falo, Cátulo,
y volemos esta noche
por los bosques de la Frigia
antes que un nuevo sol
nos devore la cordura.

 

Dios nunca muere

Para Guadalupe,
imaginando que beso su frente

Ya te has ido, pero estás conmigo
para seguirme mostrando
qué colores sueña el río
para seguirme enseñando
el lenguaje de la luna y el trigo

Ha venido mi abuelo a buscarte
con carroza, cocuyos y abejas
batallones de criaturas
adornan el cielo y la tierra
para hacerte compañía
en tu descenso al Mictlán

Tu voz es la voz de una estrella
tu cabello, un ejército de perlas
tu piel es el viento del Istmo
tu risa, la lluvia en La Mixteca
protegiéndome hoy que escucho
el oscuro amanecer del miedo

Duerme la Tierra sobre lóbregos juncos
se ahogan todas las luces del mundo
pero tú sigues cantando por la sierra
con la majestuosidad de la ceiba
que se yergue desafiante
frente a los ojos del abismo.

 

Amanece en Oaxaca…

Amanece en Oaxaca
y las orquídeas se desnudan
en los ojos de Cristina
los grillos nos sacan la lengua
y un ramo de luminarias
se transfigura bajo el agua
los manglares escupen corazones
en un frenesí telúrico
islas de argón y ámbar
rayan la lontananza
y la Vía Láctea se vuelve
un crótalo de vapor
cuando amanece en Oaxaca
y la espuma en la playa asemeja
un infinito bosque
de serafines ahorcados

 

H. P. Lovecraft

El mar, el ruido más feroz
enciende marasmos en la carne
de esta noche que se va escurriendo
entre las tablas de aquel puerto
donde un viejo marinero me habló
de islas insomnes y mareas tornasol
de alquimias y sirenas sin rostro
que bailan en las orillas del mundo

Y aquel viejo marinero
me habló también
de colores ocultos que aletean
en la rivera de la noche plutónica
cuando mar e Infierno se vuelven uno mismo
en Innsmouth
donde las olas cantan
la belleza del molusco
y un reino moribundo
se transfigura
en el fango

 

Nocturno del olvido

Cruces de marfil en las orillas del cielo
Cruces de hiedra en las esquinas del tiempo
donde manos invisibles tejen
estrellas de absenta y sangre
sumérgete en mi pecho, querida
sumérgete dos veces más
e intenta el viejo truco de morir
cuando el odio se vuelva una mariposa
cuando el amor se vuelva teatro de sombras
que revele la triste erección de un invierno
espiando crepúsculos automáticos
en un sueño de linternas chinas
y tu cuerpo moverá la noche
y tu cuerpo será la noche
y no se verá más la blancura inerte
de aquellos que comen crisantemos
a orillas del río Lete

 

El Loco

“Tal vez sea tiempo de empezar a morir”.
Al Berto

Oh, la vetusta claridad de días aciagos
en aquel lugar donde nada pasa y nada queda
donde se extiende el silencio
desde el tizón del deseo
a la espalda incendiada sobre la roca más fría
bebiendo esperma entre las grietas del cielo
celebrando la fuga del último horizonte en Barcelona
construyendo jardines con luz de veneno
entra en el sol descalzo de rostro mutilado
entra y devora la suciedad del Infierno
entra y deja que te muestre
el milagro de la saliva
tan profunda es esta muerte de neón
tan sagrado este amanecer
donde los lagartos nos muerden los suspiros
enciende el bosque con tus pisadas
y que todo sea incierto
un ángel nos mira y su grito es el mar
congelado en el desierto
y todo es incierto
estamos solos en el valle de Piedras Encimadas
y no hay más luces ni albor de madera
para enseñarnos a jugar con el fuego
y todo es incierto

Ella se mece, viva, en el centro del universo
su sol-corazón le habla a los pájaros
frente a ella, la luz olvida su oficio
el zócalo la mira en silencio
transparencias petrificadas se derriten
en la inmensidad de la noche-serpiente
ella está sola
el aire nunca la toca
mis manos nunca la tocan
mis ojos ya no la besan
relámpagos sonámbulos caminan
por las venas de una ciudad fosilizada
hay gente que se desvanece en los caminos del tiempo
hay sangre olvidada en el aire de Andalucía
hay mártires ardiendo
en los hornos de Nabucodonosor
ella está sola
y todo es incierto
su blancura es más real que el cielo
y todo es incierto

Héctor Miguel González

Héctor Miguel González

Escritor mexicano (Coatzacoalcos, Veracruz, 1994). Textos suyos han sido publicados en las revistas Monolito y Amarcafé, así como en la antología de poesía erótica Letras lascivas (Editorial Veracruzana Bajo tus Tardes Rojas, 2012). Autor del poemario Flores para Lucifer (Carambola Ediciones, 2018).
Héctor Miguel González

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