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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Cinco elegías de Juan-Miguel Martínez

• Martes 19 de marzo de 2019
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Una elegía por Margarita

I

Todo abruma con el rostro ya cercano,
con la expresión, si no indiferente,
sí ya ajena a este mundo y su barullo.

Ahí están los ojos, cerrados, inquietos,
y se vislumbra casi la mirada a medias,
un ir y venir de pupilas en la rendija
que apenas si dejan los párpados caídos.

Ve, no ve; da igual, porque siente:
aunque el rictus no grita, tampoco deja mentir;
bajo las guedejas y el cráneo plácido,
detrás de las capas del hueso,
de su abstracto recuerdo del Farabeuf,
están las circunvoluciones y su dolor,
la prolija red de sensaciones
que aboca todas sus vías,
incluso las callejuelas más estrechas,
los nervios más lejanos y olvidados,
a sentir un solo dolor,
a sufrir un solo dolor,
a llorar un solo dolor,
incluso cuando el llanto sea mudo
y las lágrimas no se escabullan.

Allí está el dolor, patente, casi tangible
para la mano del otro, para mi propia mano,
que cree —ay, ingenua mano mía— sentir
el roce de un alfiler, la infinitésima parte,
el cabo más mínimo de ese dolor
cuando se acerca, pusilánime,
retrocede, rehúye siquiera tocar la mano,
tocar el dolor,
compartirlo en quimérica ósmosis
cuya imposibilidad se adivina
pero no por eso menos se teme.

Allí están el dolor y la angustia
y la gana, el deseo profundo del reposo,
detrás de unos ojos que tiemblan,
de un ir y venir de pupilas,
de un rostro que ve, o no ve, pero siente.

 

II

El inicio y el término,
el alfa y el omega,
las dos fechas en la tumba,
todo lo que es hito
se convierte en obsesión,
al menos para alguno.

Manía cronológica
temperamento memorioso,
exhumación del almanaque,
de sus alquimias calendáricas.

¿Qué fue primero,
quién dijo qué y por qué,
cuándo, dónde?

Sólo queda la satisfacción última,
vanidad de vanidades,
de haberse despedido con modales,
de cruzar, antes del desenlace,
dos palabras con valor,
una frase no tan vacía,
un último recuerdo
para que lo rumie,
insistente bestia,
la memoria.

 

III

No hay ceremonia que valga al final,
y se olvidan los ritos y procedimientos,
porque andamos todos sin saber,
con la mente dispersa aquí y allá.

La vela, las ropas, un último adiós
sobre la carne ya muerta,
el necio recuerdo de manes y santos,
la burocracia omnisciente
que incluso allí aprieta sus clavijas.

Allí está el cuerpo,
allí estamos nosotros;
entre ambos el duelo,
la opresión ya no en el pecho,
ni en las órbitas de los ojos,
ni en el espinazo que se corva,
sino en la vista misma,
en los sentidos crudos,
en la sensación pura.

¿Qué se hace?
…………Y miramos sin ver.
¿Qué se dice?
…………Y escuchamos sin oír.
¿Qué se piensa?
…………Y estamos sin estar.

 

Paraíso (ajeno) perdido

Una hilera de pinos
que se despeña hasta el camino
y aún, impertinente, besa el asfalto,
acaso para otros sea el paraíso,
una miniatura del Edén
perdida en las arrugas de la sierra;
tal vez su imagen,
la formación de mil en fondo,
el temple cansado, ese semblante
como de legión en descanso,
evoque niñeces ajenas,
paseos por el bosque,
pesquisas en pos de setas y hierbas,
el hacheo constante del carbonero
y otras fantasías bucólicas:
quizás para otros,
……………………quizás para ellas,
esto, reitero, sea el paraíso.

***

El recuerdo es muy vago,
como lo que borracho se sueña:
hay una arboleda, un riachuelo,
el piso como de tardío noviembre,
calles que sobre sus ejes giran,
casas de blanco y granate,
un kiosco, una plaza…
todo tan genérico y tan ambiguo
que apenas si puedo fijar fecha
—y ésta termina siendo azarosa—,
tiempo preciso, sitio exacto,
a una estampa que se borra a diario,
de la que cada día menos queda,
y menos,
…………y menos,
……………………como papel viejo.

***

El sol en el cielo de Año Nuevo
es el negativo de un retrato
tomado a la laguna y sus orillas:
el azul casi heráldico,
el amarillo casi blanco,
contrastes de cal y azur,
papel mármol jaspeado de índigo
tendido en los pliegues del monte,
en las barrancas, en el llano albino.

Al fondo los montes se ven azules,
y la sombra de los pinares,
y también los rostros bajo sombreros,
la escasa techumbre que da la palma,
la huella de las lanchas en la presa.

De cerca los dientes se ven blancos,
los ojos, los reflejos, las paredes,
lo que acorta la sensación de lejanía,
las olas cansadas, el humo de motores,
el sueño de los vagabundos perros.

Ese sol, falsa esperanza del Año Nuevo,
agota
…………y hiere
……………………..y cansa
……………………………….y fatiga
………………………………………….y abruma;
y acaso para ellas sea parte del paraíso,
del edén amado y perdido para siempre.

***

Tal vez fuimos a dejar crisantemos
a la tumba del bisabuelo Hernández,
y las sombras que veo
bordean el camino que va al panteón.

A lo mejor el recuerdo insiste
por lo mil veces negado y mal vivido,
las exequias de doña Antonia,
el adiós inesperado e insuficiente,
los escenarios con sus variantes
contemplados hasta el hastío.

Cabe también alguna posibilidad
de que todo sea una combinación
que la mente, en su porfía, crea;
o que el recuerdo sea apócrifo
y no proceda sino de algún libro
o de una fotografía campirana.

¿Qué tipo de arqueología de la mente,
si es que la hubiere,
podría sustentar una de esas respuestas?

***

El paraíso es una pineda bien enhiesta,
que ronda los escarpes del cerro,
se oculta, sale, hiende la tierra blanda,
rompe los peñascuelos y las rocas,
y se detiene a la orilla de los caminos.

***

Qué lúgubre la sola idea de la muerte
cuando nos ronda, cuando se acerca.

Cada sílaba cae por su propio peso,
nos aplasta, casi intolerable,
como si cada letra fuera más ominosa,
hasta que la última se suelta de la boca,
y huye, como la vida que se va.

 

Brevísima elegía por María

Terrible desconocer el rostro
que le presta realidad al nombre;
terrible ubicarse entre abstracciones,
hacer del mapa puras coordenadas,
una urdimbre de puntos imaginarios
que conectan aquí y allá estambres
todavía más sutiles, etéreos, inasibles,
que las hebras de pensamiento
pendientes entre dos nombres,
entre significado, significante, contexto
y otras abstrusas aristas del lenguaje.

Es terrible, sí, el no poder hallar la cara,
el ver perdidas por entre el maremagno
las señas particulares del ser
cuyo nombre es su única etiqueta
y más que etiqueta,
…………más que sólo mote,
es su todo,
…………la completa esfera de lo que es,
la circunstancia a la vez que su existencia,
su intangibilidad de saudade pura,
melancolía destilada por alambique,
esencia de melancolía, esencia de saudade,
puro espíritu flotando,
…………aleteando sobre las aguas
……………………de la presa de Taxhimay.

 

Prematuro kaddish

Hay sólo una nada
cuando muere un cuerpo;
no existe un dios que baste,
aunque sus nombres asoman,
y cada resuello del que muere
parece andar buscándolo;
pero la orfandad abofetea,
y la ausencia de esos dioses
abre más la oquedad, la nada,
nada a la potencia de la nada,
esas ausencias de los cuerpos,
esas ausencias combinadas
con las de los dioses que no hay,
y esa solitud que lacera,
una, dos, tres veces al día,
a la hora, al minuto,
cuando sólo queda como presencia
el recuerdo y sus sucedáneos,
el dolor de los rostros confundidos,
los ojos de la madre,
los rizos de la hermana,
la cara redonda, clara, oronda
de hace veinte, de hace cincuenta años,
el dolor, reitero, de las identidades,
de las similitudes
que nos tienen ateridos:
el miedo repentino a que ese rictus,
esas facciones que vemos rígidas,
la cara asomando por el ventanuco,
se refleje en nuestro último instante,
en nuestra propia partida,
por inesperada, impredecible,
imposible de ser preparada, prevista.

 

Elegía en forma de habanera

I

Trastocados los signos cognoscibles,
el légamo fragoroso que apelmazaron
otros, siempre los otros,
informe coágulo de lo ajeno,
y que me legan para que siente allí,
confiado, ciego,
a la buena de una Providencia ausente,
lo que, en un rato de embotamiento,
creo no un cisma, no una herejía,
sino un tiro de gracia, directo,
en un credo que nadie comparte conmigo,
religión que no liga,
este huir de lo gregario,
de la palmada en la espalda
y el saludo de circunstancias en el hall,
antes de que las fauces del elevador
me engullan y despedacen.

En esa confusión, con evidente ritmo,
cadencia de la que no se sale,
retumbar constante, sincopado,
de habanera vieja, de salón, almidonada,
la de Ignacio Cervantes,
un Adiós a Cuba, lánguido, tísico,
(nada más decimonónico),
en una media luz de alcoba velada;
en esa confusión —digo e insisto y reitero—,
de comunidades rotas
y falso orgullo de falso ermitaño,
revolcando la necedad en una misantropía
que realmente no es tal,
y reduce su talla, a la vez que se aleja de la luz,
sombra chinesca reducida a silueta ridícula,
a la sola incomprensión de sí, de mí,
negado ante la posibilidad del espejo,
del eco que me remeda, tan nasal como mi voz propia,
la cantilena que lloro, hipócrita si se quiere
—pues toda hipocresía, en su máximo abismo,
algo de verdad debe tener, para quedar cimentada—,
jurando que en esos ojos me he de perder
y ahogarme en la cascada cristalina —¡ay, Celia Cruz!—
de esa voz que se pierde en un bosque —¡ay, Villaurrutia!—
al desamparo de la desmemoria
y otras frases hechas, empacadas al alto vacío,
pasteurizadas y con fecha de caducidad.

Inevitable asepsia del enamorado
con todo su arsenal de letanías ya ensambladas:
tan infalible como el consomé, cocacola con limón,
limpias con jitomates tatemados
y blanquillos que expelen una bilis negra.

Todo, si sirve, es de pura suerte o puro milagro.

Como esas frases
…………y esos lamentos,
……………………de los que uno dice arrepentirse.

 

II

Aprovecho que la pinta me favorece
y, con el escenario adecuado,
paso por un don nadie de hace cien años.

Para seguir la farsa, edifico mi parafernalia:
cambio los nombres de las calles
de las inocuas Uruguay, Artículo, Madero,
Corregidora, Argentina, Cuba,
por la raigambre rancia de Don Juan Manuel,
Nuevo México, San Francisco, Meleros…

Me falta la caña de paseo, las polainas de lana,
llegar a casa y poner la victrola, usar mechero.

Pero por puro necio sigo la faramalla:
miro tu retrato y tus facciones
de señorita años diez:
pálida, casi inexpresiva y aun así tristona.

No hay vuelta posible al siglo veintiuno:
la mente no me deja huir del todo nunca.

 

III

Estas cosas no se dicen cuando, orondo,
se llega a los auditorios a disertar, grave,
sobre la poesía de Contemporáneos,
y hay que machacar la idea de la vigencia,
de lo atinado de su crítica,
del afán universalista y otras cuestiones.

Esto se calla, y una vez, distraído,
tal vez salgan unos versos desiguales,
como para no dejar pasar el tema,
a modo de ejercicio o experimento
(para que no se diga
que en naderías se me van las noches),
y sólo por una casualidad bárbara,
te encuentres con ellos,
como yo con tu rostro de la Primera Guerra,
en un instante de niebla y azar.

Juan-Miguel Martínez

Escritor mexicano (Azcapotzalco, 1994). Autor de Atlas de la imposibilidad (2015), Consciencia de las llagas (2016) y Cuaderno del historiador advenedizo (2018).
Juan-Miguel Martínez

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