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Alejandra

miércoles 13 de noviembre de 2019
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Alejandra:

Hay que salvar al viento, dices.
Yo digo que no queda nada por salvar.
En 1958 quizá había rastros de inocencia;
ahora el tiempo, el viento, el vuelo se los ha llevado todos.
Somos racimos desgarrados diariamente,
cáscaras hacinadas en las esquinas de la ciudad.
Salvar al viento, dices,
pero si no queda salvo el vaho negro de la pesadumbre.
Podredumbre.
Alejandra, dices que hay barcos sedientos de realidad. Barcos que arriban al antiguo atracadero, pero son barcos que no tocan tierra. Sólo encuentran lodazal.
Hay humanos asfixiados. Personas que fallecen al margen del antiguo atracadero. No hallan el mar. Encuentran Puerto, puente. Frontera. Esa es la única realidad.
E insistes: es tanta la soledad que las palabras se suicidan.
Sí. Basta una biografía para morir. Basta una fotografía, la imagen pública, la nostalgia de una ciudad venida a menos. Basta tomar un avión, pisar los mismos mosaicos. Naranja. Azul. Verde. Basta que la TV no encienda. Basta el hedor de los cuerpos en el antiguo mercado. Basta que se haya quemado, como todos los mercados. Basta con salir al alba e imaginar a Sofía mirando la debacle en vitrinas de un antiguo museo, donde nada podemos distinguir sino el cáncer de la igualdad.
Atravesamos la autopista. A lo lejos un letrero grita ¡NO! Miramos el edificio como espectadoras de Hiroshima. Cuelgan harapos, ollas viejas. La tierra está seca.
Un tumulto de piedras se concentra a mi alrededor. Me miras como quien dirige un absurdo. La mitad del edificio desciende. El brazo derecho presenta fracturas que no puedo contar. Llegamos al Puerto cuando el mar se había ido.
Alejandra, la jaula se ha vuelto pájaro, ¿recuerdas? Pero el animal no sabe volar.
Dieciocho años es demasiado.
El animal arrastra el pico mientras desanda
manco
el silbido de la libertad.
La jaula se ha vuelto pájaro y el animal se ha quedado sin hogar. Alguien debió decirle que veinte años es demasiado y que al despertar no sabría volar.

 

Mujer:

—Cuídate de la viajera con el vaso vacío—.
Mujer de equipaje ligero: ¡Despierta, siente sed!
¿Te has imaginado su porvenir?
¿Sabes qué sueña cuando cubre su rostro frente a todos?
Los viajeros nunca son los mismos.
—Tiene miedo de no saber nombrar lo que no existe—.
¿Podría inventar la rueda, el olor, la náusea, el trayecto, el destino?
¿Podrías inventar algo distinto a la sed?
—El vaso es un barco sobre un país estanque—.
Dentro nada fecunda.
Mujer, los rostros no son objetos que amar.
El vagón parte dentro del vaso.
Viajera sin palabras de este mundo. Inefable
Mujer, has terminado sola lo que nadie comenzó
Vaso en mano y mucha sed.
En la estación nadie se detiene.
Descenso, ascenso, tránsito.
—Cuídate de la viajera con el vaso vacío—.
Dentro, el poema enterrado en el silencio de las cosas.
La hermosa autómata—, la nombras, Alejandra.
Sé que también has transitado sus cantos, sus cuentos, sus silencios.
De ella nadie espera algo.
Un vaso que apenas se sostiene.
Un mundito de ecos, algas muertas, náufragos mohosos y la sed. Mucha sed.
Hablas para no verla, Alejandra. Preferirías a la mujer de 46 metros y una antorcha. Ésta apenas se sostiene.
La mujer. El vaso. Tránsito constante.
Un hombre le regala una rosa.
Siente sed, la bebe.
Garganta cundida de espinas.

 

Oye:

Pide un deseo para la pequeña muerta aferrada a tu nombre
como si con él pudieras hilar el silencio de las cosas.
189 páginas acentuadas en la fábula del deterioro.
¿A qué has venido?
El ave conversa con el viento dormido. Su canto levanta cuerpos,
miradas que atraviesan las ventanas.
Aquí vivimos con una mano en la garganta.
Ahora el subsuelo es la ciudad del hombre nuevo.
Una mirada desde la alcantarilla puede ser una visión de mundo.
Depende, Alejandra, del sentido de la mirada. Depende de si miras o disparas.
El hombre nuevo se arrodilla frente al basurero, mientras aprende a comer del cuervo.
El hombre nuevo impulsa con su cuello todo el cuerpo.
Atraviesa con su pico pedazos de cuero
y se atraganta.
Los viajeros marchan explicando su muerte con un sufrimiento demasiado grande
Los viajeros han perdido la noción del tiempo. Pulsan los espejos, suenan las palabras olvidadas
En el presente no existe nada más allá de cualquier cosa prohibida.

¿A qué has venido?
No he querido que me lo cuenten.

 

Hombre:

elige el lugar de la herida.
El cuerpo es un espacio de revelación. Te enjaulas tras la imagen
Campos de concentración
El hombre es un hogar sellado a presión.
Mira desde la casa sellada al vacío, indeciso, los muros. Sabe que dentro se oculta la tragedia, el viento; un barco anclado entre las piernas.
El hombre elige el lugar de la herida frente al muro de contención. Rehén del pájaro asido a su fuga, aguja anclada al tiempo.
El hombre espera que el ave descienda y eche sobre sí las migajas de su libertad. El hombre caza al pájaro, el pájaro no libera al hombre. Su muerte es sólo una advertencia: debajo del cielo nada es inocente.
Ya lo sabes, Alejandra. Son como esos pájaros que dibujan pequeñas jaulas dentro de tus ojos.
La única elección del hombre frente al muro es la forma de su encierro: espiga o espiral.

 

Alejandra,

soy uno de los pájaros que pintó el viento dentro de tus ojos.
Las luces de allá afuera nos hacinan con su pretensión de encierro.
Las caras que tú ves son sombras, celdas arremetiendo contra nuestro vuelo.
Estamos cansados de las migas de pan.
Extraño el sabor del girasol, el dulzor de los geranios, la pulpa fresca de los mangos.
Alejandra,
hemos visto cuervos sobrevolando las ciudades; nos hablan de la muerte, nos dicen que la terredad es un suplicio. Nos han contado que los otros cantan sus palabras mutiladas, amordazados bajo la lluvia.
El aire aquí adentro está lleno de tus soles negros. Hemos olvidado el tiritar de nuestro cuerpo. Siento tu pensamiento arropándonos como las manos crispadas de un muerto. Sal al alba, Alejandra, vuelve a pronunciar las sílabas…
Aún no es hora.

Irene García Atencio
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