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Poemas de Cristina Montescu

viernes 13 de diciembre de 2019
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he aquí un par de guantes que cayeron en la acera
en algún lugar dos manos ya no tienen estuche
dentro del cual resguardarse
las gotas de ternura recogidas en la víspera
o una flotilla de signos de exclamación sublevados
en algún lugar de una calle con destellos
tiemblan dos manos extraviadas
debajo de los pórticos en bárbaros gritos de pájaros
debajo de las botas sin trabas de los transeúntes

 


 

trece
día de otoño con nubes y hojas enfermas
miedo a que la noche caiga sobre los hombros con sendas colmadas de sueños
cuenco de agua entumecida en heridas de hocico todavía muy abierto
tú trece viejo espantapájaros con aves variadas quédate un poco conmigo
te coseré vestimenta nueva
con hilo de palabras sol y aguja de luz
de esta manera al cruzarte en mi camino otra vez
serás trece el renovado
día de otoño con collares de miel corriendo en tus hojas cigüeñas
anhelo de velada como deliciosa compañera de mis sueños
manantial de agua que brota en cicatrices listas para florecer
tú trece te convertiré en golondrina y te enviaré directo hacia adelante

 


 

frente a la puerta del amor
varios perros guardianes con afilados colmillos
van y vienen sin descansar
entre ellos
preguntas y respuestas pasan como por un tamiz
todas descascaradas de alas o de garras
cómo estuvo tu día
estoy bien
¿tienes hambre?
acabo de comer
¿me amas?
te amo con locura
yo también te amo infinitamente
sí, los perros despedazan nuestras palabras
tú no me conoces bien mi amor
y en cambio yo te conozco muy poco

 


 

en un bosque de metal, plástico y espejos de la tienda Ikea
un tigre solitario, muy pensativo, se traga
un sueño de pez ligado a su cardumen de semejantes
un mundo que él no debiera conocer
lo acuna ahora en la refriega de las aletas
el tigre a su vez abre sus patas para nadar
y el agua se lo bebe de un trago en su alianza eterna
por qué será que la muerte siempre nos llega por los sueños

 


 

este niño
nacido hueco dentro del entre tú y yo
lo hemos llamado “nosotros”
helo aquí
dibujando barcos con piedras en la arena
invitándome a subir a bordo con ojos encantados
verás el mundo me susurra él
nosotros es nuestra mascota
con cuatro pies y ocho silencios hurtados
me susurra mil maravillas
sin embargo tengo miedo de tener sed de mí misma
de sentir mi lengua resecarse a golpes de soledad
cómo olvidar que mi patria es el mar
mientras que tu raíz es la tierra

 


 

cuando pierdes tus manos en el alba
de regreso los muñones te parecen profanados
una nueva sensibilidad como un disgusto
te arranca asqueado a todas tus familias
entiendes que tus dedos no estarán perfumados
mientras uno de los tuyos no se extravíe a su vez
entre las curvas de un alumbramiento de sol

 


 

querer sin embargo vivir en la luz
cuando llevas muy dentro tuyo los genes de la oscuridad
todos los días un animal salvaje aúlla en tu sangre
como una tormenta que te tumba al suelo cuan largo eres
a diario estás de rodillas doblado y luego derecho
te das un puñetazo debajo de la barbilla
te propulsas hacia la cima de los árboles
al final esperas el tren con mucha paciencia
el tren que viaja rumbo a la luz

 


 

cada quien lleva en sus bolsillos
flechas y sombras
un frasco de alas en salmuera
arrancadas de por aquí y por allá
a las aves de todos los colores
sin embargo cuando en la mañana
encuentran en la cocina
un largo pasillo de vuelos y plumas
son pocos los que saben cómo elevarse

 


 

en la gran calle pavimentada
el polvo de la luz se despide brevemente de los ángeles difuntos
aquellos acurrucados en montones amarillos u oxidados de sed envejecida
los árboles han perdido sus manos y sus sueños que tiritan
un ciclo necesario te dicen el renuevo pasa por la muerte
a media carretera de asfalto te detienes y tiemblas
cuando los cabellos del sol te acaricien por última vez
será que estarás por reanudar tu existencia

 


 

Tropecé una noche con hombres de hierro
colmados de venas y arterias de viento
alguien había extraviado sus ojos en sus rostros estirados por los sueños
quise atrapar en la palma la luz ahí suspendida
por qué buscas las huellas de caracol dejadas por otros
me preguntaron las caras de hierro y viento
para que yo pueda girarlas de un lado y del otro
sentirlas para luego guardarlas en una cuerda respondí yo
eso no es suficiente suspiró detenidamente la voz de hierro y viento
antes de cerrar con candado la luz que hasta entonces bañaba su rostro

 


 

hay este silencio de ascuas
fluyendo entre nosotros y el mundo
los mataderos de frases y palabras
la muerte de las ideas fuera de las murallas preestablecidas
seguida por el despedazar frenético de las carcasas
todo lo que yace en nosotros es inmortal
abarrotados lo callamos juntos
aceptando sin ganas
una albóndiga de palabras previamente masticadas
y cada silencio tiene un color diferente
sangre inflamable naranja azul verde
lista para salir ferozmente a chorros en busca de bellezas, las de la vida
hacia sus párpados de amianto y hacia sus ladrillos de carne y hueso


 

cruzando las puertas de la lluvia
la pata de un vieja loba descansa sobre tu espalda
te mueves con fuerza intentas ahuyentarla
acaso vendrán otros lobos a retenerte dentro de su círculo
no tengas miedo pedacito animado ruge ella agobiada de cansancio
antaño crié lobos, y hombres, tus semejantes
ahora sin embargo estoy sola en el antro del tiempo
y tanta sed tengo yo de una segunda soledad
aunque esté rellena de espinas en lugar de plumas
me arrodillo entonces ante su mirada exhausta
dime vieja y salvaje nodriza
si una soledad añadida a otra sin embargo nuevecita
no es igual a una soledad aún mayor y más poderosa
¿acaso no sería mejor
que regreses a tu guarida sin cargar el peso de otras cadenas?

Cristina Montescu
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