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Poemas de Miguel Ángel Feria

jueves 12 de marzo de 2020

Miguel Ángel Feria
Miguel Ángel Feria (Huelva, 1979).

De la serie Voces contemporáneas de España
Con selección de Fernando Salazar Torres

La filosofía

Un hombre traza su círculo sobre la arena
y el viento lo desaparece.

Vuelve a trazar su círculo,
ha dicho la palabra,
convoca a quien su círculo penetre:
otro hombre llega, hablan
en un círculo
y el viento nuevamente lo deshace.
Un hombre puso la palabra hombres
en arena,
y el viento la leía
hasta dejarla en nada.

Un hombre puso
la palabra nada
sobre la arena,
un pensador,
un civilizador del viento.

 

Aleluya

Ningún milagro te reveló quién era
él. Tú no aguardaste
panes ni peces de su autoría
brotar de lo vacío.
Por si al fin el amor no fuera nada,
sólo eso,
te bastaba compartir tu pan a ciegas,
el manso almíbar de tus pechos,
alejar la intemperie con incienso y gualdrapas.
Él ha tardado en comprender
quién de los dos tenía el don.
A ciegas, cada noche,
emanan de tus manos
los silencios pacientes,
las aguas infinitas
con que lavas las manos y los pies
de un profeta partido,
augurador de nada.

 

Arden los árboles como en sueños

Arden los árboles como si fuera en sueños,
llamaradas de viento avivan ciegas
el bosque. Rabia el humo,
y en su vértigo fermentan, verticales,
el crujir anidado de osamentas
y un pulso de pelusa propagada.
No hay límite posible por más ojos
que el hábitat oponga, secas fauces
masticando ceniza, tos, la soga
umbilical al cuello. Masivo
se precipita el movimiento, lengua
un instante, flexible, delicado,
casi débil y previo si de pronto
se ramifica en nubes indigestas
lamiendo el costillar de la resina
la llama de molares tartamudos,
aspavientos de alcohol y comezones
de piedra que restalla.
……………………………..Qué desastre.
Sin pausa, polariza las centellas
en jaurías, punza las mansedumbres
inflamables, los focos, directrices
de especular inercia, el silencio
que aprieta dentaduras de carbón,
apiña el panorama como un parto
de alacranes revueltos, sufre negras
entrañas, polvo, genealogías,
anillos, dataciones y tenencias
con mal sabor a horóscopo en la boca,
en la totalidad que se difunde
ciervo, pasivamente indócil,
lujuriante de látigos, con sustos
de mueca ardida, malcornados, puros
a fuerza de erecciones y vacíos,
de territorio en celo, de economía que habla
en sueños la asamblea de los últimos hombres.

 

Esperanza

Hay hombres y mujeres que vienen
a las puertas del tiempo,
llamándola sin miedo por su nombre.

Hay mujeres y hombres,
conjuran a las puertas la palabra;
a las puertas del tiempo
acaso qué perder.

Hubo dioses oscuros: proclamaron
que detrás nada hay.
Tan sólo para robárnosla,
sólo por ahuyentarnos
grabaron de serpientes y demonios
las puertas del tiempo.

Que no hay nada detrás
por desesperanzarnos
proclamaron:
oscuros dioses
para ocultarnos la nada
que nos pertenece.

 

He deseado la muerte de otro hombre

He deseado la muerte de otro hombre.
No ha sido fácil
romper con la palabra de mis padres,
abandonar su fe, sentarme a solas
a sentirlo,
a desplumarlo de la nada.
Nada fácil ha sido más hermoso.

El aire se ha llenado de metralla del ser,
plumas azules, lejanías.
Y puede que, mientras despunta el sol,
mientras cargo las tintas
ya no encuentre jamás el camino de vuelta,
que no vuelva a besar las manos
de mis padres.

Ha muerto el hombre tal como yo lo deseaba,
con un dolor inenarrable.
Lo dicen los periódicos de este país,
en un idioma
que no he logrado dominar aún.
Más solo estoy que nunca
en el amanecer
surcado por el vuelo
de los ánades,
la clara disonancia de sus gritos.

Jamás vi nada tan hermoso.
Nunca estuve tan lejos de mi casa.

 

Lidia

Desnudo vengo al mar
y aviente las palabras de los párpados,
la boca, los cabellos,
como un largo rodeo hacia mí mismo
sea la vida.

Y desnudo desciendo hasta las aguas,
muerte lenta que bebe
de mi mano,
largo aliento de hoces las fuerzas entreabre
dejándome pasar hacia su sábana
blanquísima,
como algo que se aleja
arrimándose
hasta no tener miedo de estar vivo.

Vengo desnudo al mar,
a su animal tentarme y oscura
resonancia
que muerte me desea
cuerno a cuerno,
muslo a muslo
como algo que se calla a renacerme,
a resolver bravío en su silencio
mi palabra,
a sentirme de lejos y el mar mismo
quién sé yo,
siempre a punto de ser sólo espumas y rastros,
menos hombre quizás, o más poeta.

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