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Poemas de Ariel Romero Hernández

lunes 6 de julio de 2020
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Las despedidas se acumulan en libros desolados.
La reiteración de lo que ha acabado subsiste en pequeñas gotas de lluvia
que son deidades, máscaras quebradas, pasadizos tétricos,
cucarachas que vomitan noche en los callejones,
algún habitante que derrama su sangre como una tormenta que arrasa con tus pasos;
aquella mirada de la tierra que es un cielo que perdió sus pies.

Ahora lloras la partida de quienes han besado tu rostro,
y lo sagrado del ayer remueve sinfonías de mariposas negras que callan en las paredes.

Tomamos su alfabeto, acariciamos la historia de sus vuelos con la lluvia, tocamos su fe alada que sólo es una profecía de lo imposible.

¿Cuántas veces retomamos la inmortalidad que yace como un cadáver en el silencio más hermoso de la madrugada?:
La lágrima que cae tras la ventana, seres que vigilan las esquinas,
el frío que explota sobre las ánimas.

El final irremediable; callejones abandonados por sus nombres, la ciudad triste que los árboles esconden,
el barrio pobre con su túnica de polvo donde empezaste la ruta: más allá está un niño con una pala,
cavando los regresos.

 


 

La Muerte es una repetición de lo constante.
Lo constante es el infinito,
y el infinito es la madrugada que se extiende
como una espada de hielo entre los edificios.
La Ciudad es funesta porque tu nombre se ha ido.
Ni siquiera el silencio se atreve a posar sus alas en su seno.
Tu nombre se ha escapado hacia las montañas longevas.
Ahí las luciérnagas erigen sus lamentaciones
con la noche taciturna, con el río mudo y toman la forma de la montaña
como la señal de auxilio de un país triste que el cielo va engullendo.
Los muertos saloman entre los bejucos.
En esta noche se está ciego
y de alguna forma los sonidos tropicales son el idioma
del amor perdido entre el rastrojo.
Está tu rostro con el signo de una palabra explosiva.
Los merachos lloran sobre las aguas donde tu espíritu se hunde.
Las luciérnagas susurran el secreto angelical que crece en la montaña.
Los hombres del otro lado del río están tan vivos como tu muerte
y la lluvia perdida no regresará para acariciar sus sombras presidiarias.
Estás en la inmensidad, ya ni la penumbra resiste tu silencio.
Todo ha acabado:
Los caminos de tierra te dan la palmada definitiva,
el río es mudo,
la montaña es un haz de luz que las luciérnagas profesan,
los hombres perdidos levantan tu hogar de madera y cruzan el río del nunca jamás,
los duendes inclinan la cabeza,
la montaña emite el último lamento,
Dios calla y a veces sonríe;
los hombres cruzan el río con tu hogar a espaldas,
con la certeza mortuoria de que el río los condenó a la lejanía.

 


 

Traigo mi corazón en un pote lleno de lodo.
Vengo de las montañas secas
en una noche helada con las venas pobladas de luciérnagas.
Las sombras blancas anuncian mi llegada.
Las moscas de las noches me entonan el canto de la Salvación.
La Ciudad está vacía de la luz cóncava;
dicen que han escuchado tu canto
desde la nube negra del mortuorium.
……………………….Camino:
Mi corazón está a la orilla de la última tarde.
Los duendes de los tendidos eléctricos me dicen que me desvanezco.
Ya no hay lágrimas
que destruir en las calles del presidio.
Te han condenado a vivir en la raíz de un árbol muerto.
La ciudad se “cancerigenó”:
Los faroles se han ido.

 


 

Yo soy como el fracaso total del mundo…
Pablo de Rokha

Soy el demonio que arrojaron del cielo,
el que siembra flores en las alcantarillas,
aquel que se posa bajo los faroles de la ciudad lastimada por la lluvia.
Fantasmas de la noche cuyo credo
es un crucifijo de líquenes venenosos echan suerte por mi alma.
Camino por veredas pedregosas tratando de sacar los gusanos
que se precipitan en mis ojos.
Mi cabeza explota como si fuera el último atardecer de la tierra;
los pájaros que levitan en los tendidos eléctricos recitan tu nombre como un obituario.
Soy el demonio que arrojaron del cielo
hacia tu orbe de aguas negras,
la magnificencia del dolor impoluto.
Perezco………..resucito
me destruyo….me redimen
y vuelvo con las manos cortadas.
Le grito a Él tu nombre,
le dibujo tus ojos en forma de grafiti en las azoteas de los edificios.
¡No me escucha!
Entonces me olvido de la calamidad,
del eco de los árboles
que abruma a los cielos;
olvido la eternidad con su lenguaje de huesos secos
descifrando códices en mi pecho.
Es fácil olvidarse de la eternidad
cuando no percibo tu sombra en las cantinas pulcras de la divinidad humana.
Fui arrojado del cielo con la última luz
que parpadeaba en el centro de mis manos.
Aún levito en el farol seco
donde me encontraste herido por mis fuegos.
Soy demonio….asesino
Fugitivo……….mal consejero
enemigo de las muchedumbres.
Fui arrojado del cielo para encontrarte.
(Silencio de Dios mirando con mala cara)

 


 

1.

Cuando la vida nació, nació despidiéndose, escribiendo finales entre las edades.

 

2.

La noche es el estado eterno de lo imposible, la creación de los mundos que jamás vimos.

 

3.

Ya te veo,
la ciudad se incendia.
Hay una sombra blanca que te toma del cuello
y te arrastra entre las eternidades.

 

4.

Llueve,
es una recurrencia de lo insólito.
Hay un frío que hace explotar nubes,
destruye un silencio que se vuelve polvo
y que desaparece en árboles sin nido.
Sólo son una constelación de cosas apagadas.

 

5.

Los faroles sostienen la noche.
Una ligera llovizna camina como un hombre cantando décimas desgarradoras.

Ariel Romero Hernández
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