Saltar al contenido

Cuatro poemas de Ariel Romero Hernández

viernes 18 de octubre de 2024
¡Comparte esto en tus redes sociales!

El último puñado de tierra

Vienes del lugar pobre como un muerto acuchillado por las horas,
el ave inicia su música en los árboles;
leviatanes que recogen pesadillas de los ríos,
el suelo levanta el viento,
crucifica nombres en las huellas de mi aura.
Tú derrumbas las teologías del inframundo
sobre sangres inacabables que te brindan el eco
que jamás llegará.
Camino por un pueblo que brama el hambre en las chozas,
y las moscas pliegan sus tristezas en aquellos techos de palma,
moribundos en el firmamento de los días.
Entre los rastrojos surgen idiomas animalísticos:
luciérnagas con luces distantes, ranas con su canto de agua,
lechuzas con palabras sueltas en el desierto de las madrugadas;
quieren nombrar las cosas bellas como un poema escondido
en los pies de un niño harapiento.
Estás tras de mí, tratando de aniquilar mi rastro,
tomo tu mano y te doy el constante regreso de las nubes,
la invasión de los castillos en territorios precarios,
las mariposas que imaginan la última morada
en las hojas quebradas por la memoria,
y que morirán entonces en el obituario ensordecedor
que les quitara el rito del vuelo.
Me sigues, te sigo, somos lo inacabable.
Ya he cerrado los ojos,
he bebido el último puñado de tierra,
los amaneceres odiarán el cuadro triste
de no ver mis ojos de muerto.

 

El rito de nuestra paz

Hay un aguacero que navega en tus huesos,
tienes frío, y tu miedo es un miedo parecido al de la muerte;
le temes a la existencia de lo que se apaga,
lo irredimible transformado en una canción de intemperie
que va hollando los rastros de tu idioma.
Tocas tus alas y no quieres olvidar el vuelo sobre la ciudadela de sangre,
ahí los pájaros del trópico te enseñan que el odio no lo escogemos.
Vas hacia los puertos enlutados deshaciéndote de tus pasos,
de las sombras de tus huellas va emanando una humanidad de hierro.
Caminas con tus ropas destrozadas, a lo largo del camino
la gente te mira, y les dices que vas a expulsar el amor
en ese monte quemado donde todavía se escuchan nuestras risas;
el rito de nuestra paz en los escombros.

 

Tus palabras todavía cuelgan del viento

a mi abuela

Tus palabras todavía cuelgan del viento,
los pasadizos son hallazgos de las aves;
paramos donde tu sombra es el alimento de las estrellas.
La muerte nos habla de acertijos bíblicos,
nos habla de la tristeza; una mano de trapos viejos
que impide tu grito de arpa.
Miras hacia el cielo, hay un claro de sangre
que se lleva tus últimas palabras,
depositas en nosotros el relato de las rendiciones,
el sabor innombrable de las caídas.
Te inmolaste con el amor mediocre,
esclavizaste los odios,
quemaste el fruto que condenó a la humanidad
en el oleaje del mito, en la veleidad de saberse
vivo en el espacio de la utopía.
Ahora te vas con los restos de tu espíritu pobre,
con una inocencia vil que te convierte en una gran ave,
tu aleteo es el origen de todo lo prófugo,
ahí la tierra fue un gran abrigo para que tu música
se curara de los odios, nos diste un pan que
nunca muere, también nos diste las resurrecciones de la selva
con su amor seco, violentado por la sed, lastimado en estaciones
de humedades de flores trituradas por insectos.
Ahora la muerte nos escribe su testimonio de miedo
sobre el ímpetu de tu causa, reinventaste el amor en nuestra
casa donde habitamos la inocencia escuchando el largo camino
de tu partida.
Te veo silbando en las madrugadas la música sin odio,
hay una elegía de sangre en el cielo con tu nombre que me
regresa a esa tierra clara donde los arrieros extrañan tus lamentos.

 

El árbol de almendro de tu infancia

La casa en la cima del árbol de almendro,
la victoria de las hormigas que surcan tus lágrimas
como un anhelo de paz para sus almas.
La casa está enferma pero nunca muere,
huyes entonces de los seres irrespirables, de lo podrido,
de los hechizos carnales que cantan en mundos
donde apenas surge un himno que te llama.
La casa en la cima del árbol de almendro,
el árbol de almendro de tu infancia;
las hormigas rezan sobre su tronco,
cantarán el grave pensamiento que no olvidarás,
tatuarán la aguda punzada de las épocas,
y los sonidos que los mortales dejarán de escuchar
estarán ahí siempre hasta un día final en que nadie los escuche.
Los obituarios serán ídolos diminutos que guardarán la palabra inaudible
de un mundo que no existe.
El árbol de almendro de tu infancia,
la casa que yace en su cima como un galeón desperdigado,
como un cadáver que no se arriesga a aceptar la muerte,
el poderoso ritmo del destino;
un mirlo de plata que transmuta las contradicciones del azar.
En la penumbra de tu casa habita también un castillo
con la música milenaria, sobreviviendo a todas las
lágrimas desgastadas por la crueldad.
El aguacero golpea la casa, sus gotas construyen
un lenguaje sobre sus grietas, los colibrís se posan en
la ventana bajo la macilenta contradicción de lo irremisible,
el aguacero golpea más fuerte,
no quieres salir de casa, los insectos murmuran epitafios;
tú escribes uno para el mundo
que quedará sin fe tras la puerta,
y de lejos, lejos, lejos, vendrá un ave a entregarte las cenizas
de un pueblo que ha alcanzado la
derrota bajo tu casa.

Ariel Romero Hernández
Últimas entradas de Ariel Romero Hernández (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio