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Cuatro poemas de Fernando Marvilla

lunes 13 de julio de 2020

Ofrenda

Llegan con la espuma del mar como vestidos de encaje,
aún el deseo no se deshace escrito en la frente oscura,
brilla en toda su tristeza reflejado en el mar y la luna;
aún late en la sien la vena, como un camino a la aventura,
en la quietud late, en la tierra desconocida y difusa
de las almas deshilachadas en busca de un universo,
ola de indefensos, como palomas con cara de Jonás,
a la hora de la verdad, ansia es una ofrenda sacrificada
entre algas y conchas, vomitada a la hora de la verdad.
Se vio un grito cruzar la aciaga noche como una estela
hasta hundirse pesado cual ballena en la rotunda negrura.

Vidas ejecutadas, confusas bajo el turbión caen en las fauces
agitadas de los mares, irrealidad de cruces de premonición,
rota la ilusión topa de bruces con la bravura de la realidad.

Fiereza de rocas abre brechas y el espíritu transmuta en flecha
lanzada, muda al fondo, para engarzarse en el rubí de la arena;
flechas de la esperanza, rotas saetas hacia el futuro deshechas;
este carcaj de muerte es insustituible porvenir malogrado,
humanos haberes ahogados restan al mundo tantas suertes,
ideas, gestas, logros se diluyen en la nada para siempre.

Llegan los sueños inertes entre los encajes de espumas,
de muerte cosida la boca, de las especies que se extinguen,
son en la frialdad del paisaje cicatrices indelebles y
serán en mis pesadillas una imagen para siempre.

 

Lógica oda ilógica

No somos más que una zanahoria,
entre el humus medrando silenciosa,
que el ganado rumiando su existencia
para ser pasto en un supermercado.
Mira la pasión de una letal amanita muscaria
oculta bajo su inocente rojo tocado
Nosotros no somos menos que ella
tan sólo otra raíz de la vida.
Iguales a esa bacteria o ácaro que sin querer
rozaréis al tocar vuestra propia piel
o al acariciaros envueltos de deseo
o cuando a un amigo besáis o selláis
un trato con un apretón de manos;
clara energía abriéndose camino,
distintos y lo mismo somos.

Con vida ofrendas a la muerte,
a todos sin distingo de especie o tamaño
nos vean o no, hay un final para todos;
impreciso mas al fin igualitario y justo.

La inmortalidad fue dada a los dioses
aunque de ese privilegio
no hay fiables testigos al tanto
de la muerte todos tienen aviso,
por el simple hecho de estar vivos
en este mundo por nosotros conocido.
O en esos otros apenas intuidos
o ignorados o a nuestros ojos invisibles.

Habitamos y así mismo somos habitáculo
del devenir de tanta vida;
aceptando o negando la imagen,
somos morada para soportar más vida.
De la tierra hoy somos
y ayer del materno seno, a la vez
azarosos e indefensos moradores.
Hábitats y habitantes,
visibles e invisibles
somos todos vitales accesorios
en este juego ilusorio.
Incluso el ínfimo grano, la recia roca,
lunas, planetas, satélites o galaxias,
y a su vez lo que aún no conocemos,
lo que de tan mínimo no vemos
o mora en los negros marinos abismos
vive bajo esa ley ajena a toda lógica,
o ilógica en toda regla,
atados a una esencial cadena
en esa entente de pura estrategia logística,
recíproca, consuetudinaria, fortuita, impuesta
o aún sin comprender el magno sentido
de esta convivencia del depredador y su presa.

Es una razón morbosa la supervivencia.
Es una razón morbosa la reproducción.
Es una relación morbosa al fin la convivencia
de víctima y asesino;
de preso y carcelero;
de cuerpo y enfermedad;
de la factible cura y de la plaga.
Afanosa es la vida criatura en cualquier morada
—peor para el que en todo esto piensa—
verá en este juego o divertimento
—tal cual el de las muñecas rusas—
el invento de un chistoso o un cínico.

Nos aloja la tierra y somos fértil terreno
para la parasitaria batalla de la vida
por la epidermis y también justamente
visceral lucha interior en las vísceras.
Casero del microbio e inquilino del planeta
en un equilibrio delicado siempre
en ambas situaciones,
vidas tratando de matar al sentiros atacadas
tratando de aniquilarme vidas, si os incordio,
dándonos cuidados si nos beneficia,
quitándonos amparo si os perjudica.
Acogedores y acogidos; aliados y amigos,
acogedores y acogidos; rivales y enemigos.

Solidarios o traidores
según el cristal con que se mire
en una espiral de ida y vuelta
desde el microcosmos o viceversa
hacia el vasto cosmos
desde las masas visibles,
invisibles e inimaginables
en lucha por la supervivencia.

 

Llama encendida

Una vela encendida
Entre los páramos
De otras vidas,

Una llama encendida
Entre carámbanos,
Prendida,

Débil bujía
Bajo la blanca luna,
Entre estrellas frías
Su pábilo arde,
Se acuna.

En sus lejanías,
Bajo un sol de justicia,
En su pasión arde;
Como la razón
Encendida.

Con fuerza ilumina,
A veces con fiereza
Y se quema mientras
Cae en gotas la vida
En la derrota.

Silban las corrientes
Junto a la orilla
De cera derretida
Que el viento despeina.

Trae sones de piedras
La mar bravía y
Aquellas otras piedras
Ya enmudecidas
Se lleva,
Mientras te angostas,
Llameante vela,
Entre agonías.

Ínfima eres, vela
Y sigues encendida,
En ti misma acurrucada
Pero ahí sigues,
Resistiendo tormentas
Que apagarte intentan.
Oscilante sigues,
A veces tan férrea
En llamas encendida
Te aferras, porfías
Por dar un rayo
Más de luz
En esta vida.

 

Lejos de las llanuras de Padua

Parte la máquina vetusta, temblorosa
se abre camino y entre perezas resuenan
sus metales como de tuba rezongona.
Ya el sol tiempla un saco tibio de roeles,
le calienta las tripas y ya vuela, vuela y
ya traga, aún con legañas, los plantíos,
las mudas haciendas con sus fantasmas,
firmes ejércitos de chopos y reuniones
de infragantes orondos y dorados tilos,
a la vera de los cursos de los riegos,
de los caminos, de unos tímidos ríos
donde te miras, cielo rotundo de azules,
como si fueras un techo estelar del Giotto,
u obra fueras delicada, de Mantegna,
azul límpido de buen tiempo es presente
por bula dada arriba, celebración por el viaje;
que estás hoy cielo, entre sutilezas de nubes,
entre leves velos y cenicientos fulares,
en hechuras de gasa que nadan en ti, cielo,
azul estampa de tierras de ensueños,
de canales aéreos, marco de espectaculares
aguas, de tan añiles, me pareces cielo
o en tus nubes etéreas figuras febriles,
trazadas entre albas de humos, ver creo
aires de una danza en las ventanas
de esta máquina, que bailan y pasan,
que aceleran o se acalman, mágicas
al modo de caprichos de esta máquina
devoradora de casas, de árboles,
de aceros brillantes plateados, va ávida,
abriendo en dos como un certero tajo
salva las trémulas llanuras de Padua,
por el Véneto hasta Castelfranco.

Ante tanto repique, tanta tembladera
se acerca blanco de nata a la ventana
erizado, despierto el amo de esta frontera.
Corre a ver pasar la máquina ruidosa,
trayéndome consigo aquí a sus tierras
y lanza gélido aliento a los cristales
y un hálito que lleva profunda congoja
al vagón, me abre brecha en el pecho,
perceptible, pero muda como una hache.
Ante las ventanillas ahora nacen pájaros,
nuevos actores que hacen sus escenas.
Se enredan entre aventados cánticos
de luengos gigantes esbeltos que suenan,
entre ellos danzan, libres de jaulas y penas
que al punto evocan en mí tu libre figura,
de ave libre, del aire, nunca sujeta,
cual vida que se ahoga si acaba presa.
Ensoñaciones, metáforas, en mi destino
final; la estación, de mí no se apean.
La locomotora es cómplice y testigo
mientras recojo la tristeza y mi abrigo.

Enfilo de quedo, por la avenida de tilos,
mis pasos, la solemne escolta vegetal,
centenaria es una guardia de amigos,
piso recuerdos caídos como las hojas,
de colores variados, ciclámenes, cobrizos,
sobre alfombras de recuerdos me deslizo,
como llaves del pasado abren puertas.
Una cuenta atrás de metros, de baldosas,
de asfalto, de imponentes casonas,
de blasones, de palacios y tiendas
son el entorno, el contorno, el paisaje
que me indica en silencio, me guía
y recuerdo tu mención del puente,
y a la izquierda rumores de agua fría.
La senda es más estrecha y en el horizonte
el amo de la frontera, de este lugar vigía,
y el sol a mi altura me mira a las once
y su luz combina montaña y bosque,
la residencia se insinúa, verdes portones
que se abren de par en par a un toque,
mecánicos, inaudibles, a una invisible orden,
veo una jaula, lentas las rejas se descorren.
Junto a mi pecho oigo un batir de alas,
en el abrazo fraterno oigo tu imaginación,
sin embargo tras el abrazo se calla
ante el manso aleteo de la resignación.
En el armario cuelgan vencidas tus alas.
Me has dicho —aquí no hay libre albedrío,
pueden dejar el mundo abierto de par en par,
las jaulas reales existen en reinos sombríos—
Esta prisión la forjé yo, y no quiero escapar,
de la pura realidad ya no me fío,
sólo me siento seguro preso tras estos muros,
la cabeza de pájaro bajo rebozo de plumas,
aquí en Castelfranco, en el Véneto,
lejos de las abiertas llanuras de Padua.

Fernando Marvilla
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