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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Seis poemas inéditos de Ulises Varsovia

viernes 31 de julio de 2020
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Bruma materna

De entre la bruma asome una mano,
asome un rostro inconfundible
lleno de indelebles cicatrices,
asomen las fotografías
de niños clavados en el tiempo,
y la silueta de una mujer
de indefinibles rasgos, llorando.

Nadie más que tú, desconocido,
anónimo viajero en camino
por las páginas de las vidas,
nadie más que tú los indicios,
las llaves, los escondrijos,
el aroma de los ausentes.

Tú el mismo el que allí, detenido
en medio de brumosas formas,
tú mismo el que soplando, hinchados
los carrillos de tempestades,
tú el único, hijo, que en lo alto
con tu mirada pura tendida,
mirando acercarse a los difuntos.

Déjala levantarse, siquiera,
déjala proferir, llorando,
las palabras del perdón, siquiera.

Déjame, hijo, llegar a tu vera,
y acariciar tus amados rasgos,
y decirte adiós por vez postrera.

(Pero has de seguir asomando
por entre la materna bruma,
con tu inconfundible rostro
lleno de indelebles cicatrices,
y la silueta de otra mujer
de indefinibles rasgos, llorando).

 

Cientos de años

Cientos de años te buscaron, Claire,
estas manos mías por la tierra
para acariciar tu cabellera,
cientos de años éstos, mis dedos,
para tocar tu piel en el arrobo
de aromas irreproducibles,
cientos de años mis secos labios
para humedecerse en el licor
alucinógeno de tu boca,

cientos de años persiguieron, Claire,
mis pies tus menudas huellas
a través de selvas y arenas,
cientos de años mis ojos ciegos
el reguero invisible de tu luz
por las innumerables noches,
cientos de años mis finos sensores
el rumor de tu paso fugaz
deslizándose a través del aire,

cientos de años te llamaron, Claire,
mis voces desde el borde del planeta,
mis gritos desde las noches en vela,
para llegar a ti y aferrarme
a tu cuerpo de fruta incorruptible,

y cientos de años han de transcurrir
hasta que el polvo del desgaste
borre nuestras persistentes huellas,
y caigan al olvido nuestras vidas.

 

Esta es la casa

Esta es la casa, amor,
esta es la guarida
donde tu vida y la mía,
donde la vieja ilusión
su luz encendida.

Déjala arder todavía,
deja al almendro en flor
embriagar con su olor
la raíz sensitiva
de nuestro sensor.

Que así aúlle el rencor,
y ladren a porfía
los perros de la ira,
¿quiénes, sino tú y yo,
los que su vieja elegía?

Ni el tiempo que día tras día,
ni el frío, ni la desazón
de algún repentino dolor,
harán mella en tu risa
ni en mi temple de varón.

Pues la casa el bastión
de nuestra alegría,
y mantiene encendida
la vieja ilusión
de alianza infinita.

 

Finales de agosto

A fines de agosto las zarzamoras,
los hongos de súbita aparición,
el vaho vesperal del relente,
y la mudez de los pájaros
desconcertados en la transición.

De prisa por entre los árboles
en el bosque cercano a casa,
antes de que el atardecer
arroje su túnica azabache,
y extravíen mis pasos el rumbo
vagando entre espíritus y aullidos.

Nadie habrá, sin embargo, en casa
cuando llegue exhausto, perseguido
por mi propia sombra y la imagen
de pupilas febriles observándome,
clavándome su ardiente mirada.

¿Qué haré cuando la casa toda
se pueble de musitantes voces,
y vaya por las habitaciones
buscando tu vital alianza
de violín apagando conjuros?

¿Y cómo podré penetrar en el sueño
rodeado de tanta fantasmagoría,
acribillado de rojas pupilas
de seres demoníacos
asediando mi nocturna casa?

 

Hogar natalicio

En algún lugar haber nacido,
en algún lugar haber visto la luz
por vez primera, y haberlo olvidado,
y recorrer después serranías,
recorrer praderas, pampas, desiertos,
mesetas, valles, desfiladeros,
cruzar océanos, fondeaderos,
islas, golfos, archipiélagos,

sólo por volver a verte, lugar,
hogar natalicio, donde la luz
tocó por vez primera mi retina
dándome la bienvenida en este mundo.

En algún lugar mi vagido
estremeció por la primera vez
el aire, la atmósfera, el vacío,
en algún lugar prorrumpí en llanto,
y dejó su impronta mi gemido
estremeciéndose en el espacio.

A ese lugar han de regresar
mis pasos cansados al atardecer
después de buscar por toda la tierra,
y han de volver a reconocer
el terruño, la atmósfera, su gente,
los ruidos irreproducibles de la mar.

 

La hora de la verdad

Qué miedo acercarse al papel
con la mente atiborrada
de proyectos irrealizables,
de esbozos irremediablemente
condenados al papelero,
desprovistos de toda lógica,
sin tener pies ni cabeza.

Largo tiempo parapetado
detrás de bellas imágenes,
de metáforas irreprochables,
premunido de un cuerpo léxico
escogido entre lo más granado
de nuestra santísima lengua.

Pero a la hora de la verdad,
cuando el bolígrafo en ristre
y la voluntad resoluta,
una íntima, inexplicable voz
toca desde dentro retirada.

Y se desordena el mundo,
salta en pedazos el puzzle,
el andamiaje se derrumba,
se rebela el vocabulario.

Qué miedo, pues, aproximarse
resoluto a la página en blanco,
y perder de repente el control,
ser devorado por el vacío.

Letralia
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