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Seis poemas de Marina Casado Hernández

lunes 12 de octubre de 2020
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Marina Casado Hernández
Marina Casado Hernández (Madrid, 1989).

De la serie Voces contemporáneas de España
Con selección de Fernando Salazar Torres

 

Nueva Orleans

Recuerdo cuando fuimos inmortales.
La luz de media tarde
desparramaba sus cabellos de oro
sobre el sofá.
La vecina del cuarto, aquella niña llamada Mara,
canturreaba una canción de plastilina
en los oídos de las hadas
que nunca se atrevieron a buscarnos.
Mara tenía la mirada bovina
y una ancha sonrisa confiada y patética
colgando con lustrosa placidez de las mejillas.
Alguien hablaba de Nueva Orleans.
Yo imaginaba las trompetas conviviendo
con las luces rojizas de los bares,
sombreros desgastados, calles amargas
perfiladas de risas en el anochecer.

Han pasado los años.
Dicen que la trompeta de Louis Armstrong
apareció semienterrada en la mandíbula de un río,
que los últimos muertos se reunieron al caer la tarde
para manchar sus voces negras con la sangre del jazz.
Yo no los pude ver, pero sentí una luz de acetileno
naufragando en mis labios.

Recuerdo cuando fuimos inmortales:
Mara, Nueva Orleans y yo.
Corría el año 1995
y mis pupilas todavía vivían
constantemente dilatadas.
Me han contado que Mara se hizo boy-scout
y dejó de cantar para las hadas inexistentes.
Imagino sus ojos de cordero enlutado
contemplando la luna,
la misma luna que en Nueva Orleans
salpicaba las calles amargas de los negros
en el tiempo en que todos éramos inmortales.

(Mi nombre de agua, 2016)

 

En la ciudad del viento

Los barcos
las gaviotas
el olor a pescado fugitivo
los cuatrocientos marineros incorpóreos
exudando vapores de poniente.

(Bésame, amor, por las calles del frío;
por estas escaleras en las que nos dejamos
los harapos del alma. Bésame con estambres
que despedacen las desilusiones.
Bésame más allá del calendario.)

Los gatos embrujados
el viento
las alcobas
Las previsiones nos anuncian
que mañana
tampoco alcanzaremos veinte grados.

(Búscame, amor, por dentro de mis ojos,
donde llevo tres muertes engarzadas
—una constante como un desierto inmóvil.
Para cuando me encuentres, el río que miramos
habrá desorientado todos nuestros caminos.)

Otra vez los billetes
el tranvía imposible
colgado de una esquina de la tarde
La luna
La luna igual que un mundo
La luna en tus pupilas
a una distancia quieta
de dos milímetros y medio.

(Suéñame, amor, si algún día te marchas,
bailando por las calles amarillas,
pensando que nos quedan más vidas que trazar,
aferrada a tus labios
en la ciudad del viento.)

(De las horas sin sol, 2019)

 

Western, domingo

Descendemos por el domingo
pausadamente,
bajo una vaga melancolía de acordeón,
con la sospecha quieta que rodea a una nube
en el cielo aún celeste de septiembre.
Tormenta presentida,
frontera temblorosa de alfileres;
domingo, en suma.

Vendrá después la lluvia
con sus bailes erráticos,
los rebaños de máscaras en un vagón,
el frenesí que arrasa la nostalgia.
Y tu sonrisa en un recuerdo
me alejará del frío.

Aquí las horas son una transición
que se resuelve
en la mirada de John Wayne
con un desierto bajo el brazo.
Lentas, como un mugido;
encharcadas
igual que un brillo de astros derribados.

Bailo también el tiempo y me pregunto
por la asfixiante inmensidad
de las conjugaciones en pretérito,
por sus pies paquidermos
abatiendo las luces,
llenándonos.

El verano que expira
es como un gran domingo decadente
y viscoso.
Tengo los ojos llorosos de pretéritos.
Tengo todos los sueños conspirados
para perder la fe en la realidad.
La vida se disfraza de domingo
con las alas cerradas.

Y tu sonrisa en un recuerdo
ensilla los caballos de la noche.

(De las horas sin sol, 2019)

 

Toda la luz

No había conocido aún las espinas del mundo.
Dentro de aquella mano, grande como un tumulto
de golondrinas viejas,
fui una niña coleccionista de veranos,
tendente a la melancolía,
que soñaba con hadas y temía los años
en los que nadie pudiera protegerme.

Cuando miro mecerse las hojas de los árboles
en los columpios amarillos que levanta el otoño,
los escombros de una ciudad atardecida,
siento en mi mano todavía
la sombra de su mano,
regalándome, como entonces,
toda la luz.

(Este mar al final de los espejos, 2020)

 

Los gritos caídos

Tengo un amor como tengo la noche,
de esa forma compleja y olvidada
en la que se desatan las espigas.
Tengo tu nombre al borde de la boca
y tengo un miedo tenaz a pronunciarlo
sin llenarme la sangre de septiembres.
(Septiembre a veces se confunde con un acantilado.)
He visto mundos fabulosos en tus ojos,
besos, barcas, libélulas.
He invadido los bosques de tu ausencia
sólo por un instante.

Tengo un amor como tengo una muerte
y los dos se parecen en las manos vacías,
en su forma sutil de acantilado.
Mi voz es alta y soñolienta igual que las espigas
y te grita en silencio,
sin pronunciar tu nombre arrasado de miedos,
bajo la bóveda implacable de la noche.

(Este mar al final de los espejos, 2020)

 

Paseo de los Tristes

Aquí tu sonrisa se parece a la muerte.
El humo ocre de los árboles deposita un reguero de sombra
en los charcos de luz que proyecta el crepúsculo
sobre el Darro.
Aquí tu sonrisa tiene la forma exacta
del final de mi vida.

La última vez que contemplé la Alhambra
tendida en el ocaso, como ahora,
llevaba una chaqueta de piel marrón
—me lo susurran las fotografías—
y mi padre soñaba buscando
el nombre de los pájaros.
Lo acompaña una música árabe en el recuerdo
y el cansancio amarillo que desgarra a los desaparecidos.

Tengo el cabello liso como entonces
y un amor que amenaza con salirse del pecho
y una tristeza honda bailando con la noche
que se refleja dentro de tu sonrisa.
El ronroneo de los árboles anémicos
dibuja una promesa de eternidad.
La vida se termina
al borde de tu boca.

(Este mar al final de los espejos, 2020)

Marina Casado Hernández
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