“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Cuatro poemas de Rubén Gil Quiñónez

miércoles 21 de octubre de 2020

Este fácil sonetillo

Este fácil sonetillo
cotidiano que me invita
al ditirambo y a la cuita
es tabla, clavo y martillo.

Como estoca en el anillo
son las penas que suscita
—aunque calle y no lo admita—
este texto de bolsillo.

Por matar la vida diaria
y no denostar a Erato,
desempaco este trastejo

de voz y forma ordinaria;
sin licor ya (lo constato),
sirve, lector, otro añejo.

 

Tu juego de solitario canto

Tu juego de solitario
canto y semifusa, Euterpe,
es cotidiano escroto y herpe,
y de Júpiter rosario.

Se fuga del escenario
aquel que ya es búho y sierpe,
pues no hay cuerpo que te acuerpe
ni templo sin campanario.

“La de penetrante genio”,
te nombran —y yo con viola,
violín y guitarra, entono

un cante de perro y mono
que aquí, o fuera de gayola
lo reputas como armenio.

 

Estos mis entristecidos

Estos mis entristecidos
cojones que feliz mimas,
lector, fueron aguerridos
mozalbetes tiempos ha;

y gordos chisguetes —¡ca!
expelían decididos
hacia duraznos y limas
cuando estaban aburridos.

(En tus mimos he de hallar,
lector, el ir y venir
que perturba y da contento;

si no, pues, volando y siento
—con mi mismo y sin gemir—
cuando estoy por acabar…).

 

Esta lujuria que aqueja

Esta lujuria que aqueja
a Clío —la de alfabeto
senil y Apolo coqueto—
la turba, escuece y apendeja

(pobre de ti, vulva hereja).
“Ven, Jacinto, sé discreto”.
“Sí, señora, voy completo”.
Y harta de nalga y molleja,

Clío —la de triste flama—
de nuevo con cuerpo helado
y sesera somnolienta,

otea aquí y allá sedienta,
da tres pasos con pie de hado
y revive a Apolo en cama.

Rubén Gil Quiñónez
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