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Poemas de José Manuel Oliveros

miércoles 25 de noviembre de 2020
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Como un oleaje de silencios,
como una marea impura e infinita,
llega a mí, mezclado y a ráfagas,
el inmenso caudal de la vida.
Para que lo acoja, para que busque
todas sus partes, todas las esencias,
y encuentre en el ancho laberinto
de voces planas, sin aristas,
los registros profundos del hombre,
en ese cúmulo de luces y experiencias.

 


 

Un ángel caído alarga la sombra
de un ciprés semidesnudo, aterido.
Las alas sin rumbo agitan los ecos
mientras avanza la noche embrutecida.
La memoria nos ahoga en el silencio
como un océano de espumas rebeldes
y olas cubiertas de restos invisibles.
Nos golpea con la dureza cierta
y sublime de lo imbatible.
Otros espacios sin luces nos dominan,
no se ocultan entre los sueños,
y también extienden sus dominios
hasta los límites del misterio. 
El alma es un péndulo que ausculta
cada rincón de nuestro cuerpo
en un eterno y eficaz movimiento.
Después nos habla, nos dirige,
y deja un poso de duda y ensueño.

 


 

El hombre todo lo envuelve,
miles de capas, millones de círculos,
y, en el centro, una voz infinita,
una simple palabra,
síntesis de ecos y constancias,
el duelo silencioso, la fría fuerza  
de un punto de luz que nos atrapa
y precede a la inefable ceguera.
Como el mar en su eterno oleaje
o el aire en sus profundas entrañas.

 


 

Hay espacios infinitos
donde el hombre se reinventa
para ser claridad en la noche,
voz delicada, luz extensa,
donde acude firme a la pureza,
al encuentro alegre con el alba,
libre, con alas de conciencia,
en un acto sencillo de palabras.

 


 

Nos espera una emboscada de estrellas,
un atajo de luz atado fieramente al aire
en el último instante, en el último rastro.
Tan fugaz como el tiempo será la muerte,
dueña de un pequeño espacio
donde secar los huesos y las simientes.
Al viento, la piel con toda su armadura,
las arrugas que forman las máscaras,
la tierra que cubre los cuerpos.
Todo se queda en ese pequeño ámbito
oculto, en los destellos de una llama,
en el lugar donde moran las luciérnagas.
Nuestra presencia no invade nada,
somos invisibles a los ojos del silencio,
puro deseo antes del límite.
Una frontera, un muro separa las lunas,
los crepúsculos de colores, la estable
condición de un faro rígido y misterioso.
El alma, sólo el alma, llevará nuestros restos
como una reliquia, como un presagio.
A solas con nuestra ínfima y etérea memoria.

 


 

Lo profundo es el límite,
la orilla sin más de la frontera,
el perímetro de las sombras
o el perfil que contaminó una tragedia.
Pulcro debe ser el silencio extenso
de las almas que se acercan.
Áspera la piel del aire prohibido
y duro el muro de las piedras infinitas.

José Manuel Oliveros
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