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Batalla, por Francisco Miguel Vera Cervera

lunes 7 de diciembre de 2020
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I

Oh mundo, impetuoso mundo,
todo en ti es Lucha y Batalla,
violencia voluptuosa, fatal Guerra.
Las gotas de lluvia
estampándose contra el suelo yermo.
El aire sucio y oxidado
pujando contra la sangre
y contra el sufrimiento
por destrozar los débiles pulmones.
Los labios pegados
con Amor, Lujuria y Muerte.
Las palabras, moribundas y ofuscadas
del predicador errabundo.
El amanecer. La ira. El éxtasis.
Las mariposas. La inutilidad. Los ríos.
El antropocentrismo. La belleza.
Las fuentes. Las balas. Las caricias.
Las lágrimas. El vacío. La noche.
Todo ello es una inevitable sentencia
que se afirma y reafirma ante la Lucha,
unos días pulcra y furtiva,
Otras sucia y repugnante.
Corrupta, en varias ocasiones,
intachable, en todas ellas.
Injusta, la mayoría de las veces,
necesaria, a cada instante.

 

II

Como Héctor, que caminó hacia Aquiles
conociendo su fatal destino.
Así enfrenté yo la Noche.

Tomé todas mis armas
y despedí a quienes no vería en mucho tiempo,
a mi esperanza, mi egoísmo y mi fuerza.

Como Héctor, frente a Aquiles
alcé mi espada y mi miedo
ante aquella última, eterna Noche.

 

III

Moriré yo, mucho antes,
de que esta Guerra acabe.
Arderá el Sol hasta consumirse y
esta Luna llorará su muerte hasta secarse.
Y yo moriré, y tú, mucho antes
de que esta guerra acabe.

 

IV

Cuando el Sol apuntaba hacia el infinito
me he visto observado por el silencio.
Me he escondido entre mis viejas alas
y he caminado hacia la triste aceptación.
He gritado a la nada, y he escupido al Infierno,
que siempre decía estar de mi lado más oscuro.
Y allá, allá entre la ceniza y la ciénaga
he implorado a Dios, y he renegado de mi Destino.
Me he desnudado de mi dicha y mis virtudes
y he arrancado el ojo que reposaba tras mi cráneo.

 

V

La sangre es dulce cuando es movida por la cólera.
Rápida y elocuente recorre cada esquina
del espíritu corrompido por la rabia y la clemencia.
Desde arriba las estrellas se ríen de la homicida,
y se retuercen, deformes, hasta ser insoportables.

Esta Noche he roto cinco astros y nueve espejos
esperando más de sesenta años de mala suerte.
La luna se me ha mostrado amarga
y la Belleza me ha escupido a la cara.
El ingenio me ha abandonado mientras reía,
y la sabiduría me ha golpeado hasta dejarme inconsciente.
Y yo les grito, a todas mis virtudes, desde la distancia,
y las humillo, y les lanzo piedras de cuarzo y barro,
y les pido que jamás vuelvan si se atreven a marcharse.

 

VI

¡Saciaré mi Odio inconmensurable
por lo mundano de lo sensible!
Beberé ebrio de las orillas,
chocarán las aguas frágiles
con lo malsano de mi aliento risible.

Drenaré el veneno de mi sangre
por ríos de lujuria indecible,
y me acogerán en sus curvas
que se dibujan impúdicas por el valle
hasta desembocar en el mar
de mi espantoso declive.

 

VII

Aún busco la Belleza, fugitiva y eterna
en cada esquina que no me atrevo a mirar.
La tierra marchita, las luces,
el humo negro de la guerra
que lanza injurias al pulcro cielo.
La noche enferma, el amor,
las flores vivas y amarillas
que se nutren de mi odio putrefacto.
El frío, la sangre, el Dolor,
el clamor de difuntos, la armonía
que siempre divaga entre escalas menores.
Aún vive todo aquello por lo que vivo.
Resplandeciente. Magnífico. Puro.
En la misma altura de antes.
Para los mismos ojos        
que no merezco.
Pero es difícil ser Poeta
en un mundo donde Dios ha muerto.

(Estos poemas constituyen la segunda parte del libro inédito Aisthesis, titulada μάχη, Batalla).

Francisco Miguel Vera Cervera
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