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Tres poemas de Canciones de la dictadura, de Ezequiel Borges

miércoles 17 de febrero de 2021
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“Canciones de la dictadura”, de Ezequiel Borges
Canciones de la dictadura, de Ezequiel Borges (El Taller Blanco Ediciones, Ediciones Exilio y Editorial Sociedad de Amigos del Santo Sepulcro, 2020).

Canciones de la dictadura
Ezequiel Borges
Poesía
El Taller Blanco Ediciones, Ediciones Exilio y Editorial Sociedad de Amigos del Santo Sepulcro
Bogotá, 2020
ISBN: 9789585302105
46 páginas

Caminar

Lo que descubres
cuando caminas con los otros,
gentes que vienen
de todos los rincones de la ciudad,
gentes que quizá
no se parecen a ti,
es que caminar
no solamente
es un ejercicio de libertad,
sino que caminar
es una forma
de reconciliación social;
por utópico que parezca,
los que caminamos
codo a codo
también
nos encontramos
en la misma calle del tiempo:
por una vez,
nos mezclamos
sin explicaciones:

aquella negra sexy en leggins
y la abuela española
envuelta en una bandera venezolana,
por una vez,
caminan juntas,
gentes que nunca
habían caminado al mismo tiempo,
la chica de los dreadlocks
que, probablemente, canta en una banda de reggae,
camina junto al muchacho de la barriada 23,
que canta hip hop,
las prostitutas de Sabana Grande
caminan junto a las señoras
del Country Club,
los generales retirados
caminan junto a los malandros,
los curas caminan
junto a aquellos
a quienes han confesado,
las exnovias,
las exesposas,
los exmaridos,
todos los que fueron pasado
y creías
que nunca volverías a ver,
caminan
junto a ti,
el mototaxi,
la señora del quiosco del periódico,
el tipo que vende discos compactos quemados en la esquina,
la supermodelo venezolana
que descubre una pasarela en plena avenida,
el indigente que intenta venderte revistas viejas,
el que cuida el estacionamiento
del Centro Comercial,
una que se llamaba
Sofía y que tenía los ojos marrones,
los niños que se roban los mangos
y corren a montarse en sus bicicletas,
todos aquellos que hacen unas colas imposibles,
bajo el sol
o la lluvia,
un Guardia Nacional
que se cansa de esperar
un poco de agua,
y, de pronto,
ve a sus propios hijos,
del otro lado de la barrera,
una señora en silla de ruedas
que pide una piedra,
alguien que grita:
somos más.

Todos ellos
no caminan solos,
por una vez
la ciudad,
Caracas,
les pertenece.

 

El exiliado

Mi exilio comenzó
anteayer
cuando me di cuenta
de que a las tiendas
les habían quitado los nombres.

Ahora cuando entras
a una tienda a comprar un par de medias
marrones, azules
o negras,
te venden unas maletas
para viajar a quién sabe dónde.

Nunca te venden lo que se supone
que te deben vender;
de más está decir
que te venden las maletas
para el viaje
pero no el boleto,
el ticket de abordaje.

Aunque brille el sol
y te sientas como una naranja,
y los pájaros canten junto a ti,
nunca escaparás.

Es el exilio perfecto,
sigues aquí,
no te has ido,
compras las maletas,
tienes la voluntad de irte,
quizá quemaste tus naves
pero sigues en el mismo sitio.

No te mueves.

Es el exilio perfecto
porque estás en una isla
y ya no tienes nombre.

Sólo le puedes escupir al sol
o a la lluvia,
una y otra vez,
mientras el tiempo se deshace
y la brisa acaricia
tus sueños quebrados.

 

No te rindas

No te rindas
porque no hay nadie
más
detrás de ti,
eres el último
y el primero.

No te rindas,
por favor,
este es tu mundo,
esta es tu ciudad,
si todos estamos
perdidos
o muertos,
por qué no luchar.

No te rindas,
donde quiera que estés,
si alguna vez
tuviste un nombre
en esta ciudad,
te pido
que no te rindas,
el tiempo
y las ganas
nos darán la razón.

No te rindas,
si estás en China
o en Oceanía,
en Miami
o en México D.F.,
en París o en Madagascar,
no te rindas
si todavía recuerdas
tu nombre
bajo las estrellas.

No te rindas,
por favor,
tienes muchos amigos
todavía
de este lado del mar,
recuerda.

Si sólo recordaras
no estarías tan solo
o tan sola,
allá en Lima
o en Barcelona,
en Nueva York
o en Buenos Aires.

Nunca olvides
de dónde viniste,
tú,
no te rindas,
porque nosotros
los que quedamos
en este mundo,
no nos rendiremos,

nunca nos rendiremos.

Ezequiel Borges
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