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Seis poemas de Luis Fores

miércoles 14 de abril de 2021
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Abrazar el todo

Ángelus de días en balbuceo.
Auguraba la vida su avalancha.
Infancias bajo el prodigio tras la estela de Antares.
Un ventear los valles con la luz del alba.
Un ascender las sendas con los cascos del centauro.
Montículos de pan en los calveros
que fueran hogar para el oro del agua.
Esta hora de plenitud sobre los charcos es una pasión que respira.
Ríos adentro bajo el plomo de diciembre
hacia el náufrago sueño de los barcos.
Alturas de otro origen los atrios de la noche.
Nieve roca silencio en las crestas del más acá del mundo.
Cuerpos sonoros que escapan
a la futura estampida de los mapas.
Sagrado es el destino de cárcava bajo la tormenta.
Infancias bajo el prodigio aprendiendo de la cetrería.
Sagrado es para la crisálida abrazar el todo,
abrazar su desvanecerse…

De El libro de los cenotafios

 

El fotógrafo

Felino ojo del expolio.
Devoto obturador del desamparo.
Vivir a la caza de pájaros dormidos
en el nido invisible de las cosas…
Silencioso en su danza es Proteo. Miente
siempre a la pupila su luz alterada.
Una tela difusa de conceptos
líquidos baña las formas en caleidoscopios.
Sendas con pisadas en falso
que resbalan
bajo una lluvia imprecisa acumulando
sin razón imágenes amotinadas
en las sinapsis del miedo.
Bóvedas de consciencia
bajo el bosque del mundo
en movimiento…

De El viaje, una mirada

 

Premonición

Hogar de lo manso
sobre prados de viento.
Aún llueve no lejos
el miedo sobre las flores de raíles.
Cada ráfaga de las máquinas lanzadas
devuelve el azote de un devastado “nunca más”.
Se estremece la piedra y los cuervos.
—Si otro destino —se dicen— nos hubiera sido asignado…,
si hubiéramos podido retener fuera del tiempo
la promesa que las noches dejaron bajo llave
en los días de dicha para ser custodiada por los siglos de los siglos.
—Si hubiéramos podido, antes que cualquier ratero de rosas
la amase bajo cuchillo para ser violada.
—Si hubiéramos removido el dolmen, el velo de agua que acoge levemente su fuego, la lápida bajo la lluvia de los días para atrevernos a recoger por fin la cosecha de lo que no logró retenernos sobre la estela de las olas…
Habríamos podido aprender más del fracaso
con otra forma de entusiasmo.

Bandadas de cuervos ahora
sobre los campos de barbecho…
Y en la cabaña del estanque turbio,
tras el muro de fresnos que detiene las auroras,
sólo un viejo borracho en su delirio.

De Ágrafa memoria

 

La guerra

Campo de lealtad…
lo que importa del espejismo
en la apacible borradura del vivir
acepta sangre de emperadores.
Loas al mascarón en letanías de derrota.
Más que el linaje sin cuna tensan el arco
los humildes títeres de la voracidad.

Ráfagas hacia el vapor del mediodía
no anuncian la indolencia del cadáver.
Somos la exaltada bandera de la aurora
que ha de arriarse sobre la cumbre del deseo
para que el buitre siga mudo
en su banquete.

De Los oficios del fuego

 


 

No es gesto el fin cuando la mirada enmudece.
Un sordo océano de voces ya no serán palabra.
Se hace hecho la ausencia y en su lento fuego somos consumados.
Acogemos la errancia como el signo de un mundo más vasto
donde la memoria ha de atreverse
a abandonar su voluntad de permanencia.
Ascensión o caída. Ambas nos abrazan.
Quedamos en lo otro sin la máscara que fuimos.
Quedamos en la evanescencia de lo puro que no sabe.
Enmudecemos en lo otro como horizonte
que se abre a lo que ya no es,
y en eso nos habitamos como hueco
nutriendo una forma de esperanza,
una arquitectura de sueños perdurable.
Y aceptamos…

Así era
antes de que la sangre conquistara
la ingravidez del grafeno.
La escritura con la que hacemos memorable
nuestra leve travesía.
Como dioses desbocados
por la violencia de lo invisible en la guerra de la vida
una sola ambición se es.
Cerrar las heridas del miedo.
Cegar las cuchilladas de Chronos.
Restañar el iris de lo real
en los trizados relatos de la máquina
para una vida invivible.
No fingir más
las orillas del grito. Ser espejo
de fragtura en la ficción
definitiva…

De Chan. Mirada zen

 


 

Con hambre altiva al paso
ante sus mandos hielan
el aire en formación castrense.
Son monjas yihadistas que olvidaron
la ternura del negro en los espejos.
Madres en ceguera
que al mar el día arrebataron,
y la sed de sangre y la sospecha anocheció
entre cañones para abrasarse en Dios
hasta el olvido…
Como una infancia fantasma entre las manos
sostienen el acero de los kaláshnikov
para ganar algo de espera en la liturgia
antes de ser lodo en fuga
hacia perdidos paraísos.
Bajo un burka de conjuros carcelarios
las larvas del vacío anidan
en sus cabezas de combate,
ponen huevos de ceniza
donde se cierran al miedo las salidas.
Entonces, cuando ya todo es instinto
solo de bandera ardiendo,
los gases tumefactos de la Nada
ensombrecen con los golpes de su paso
el mudo tambor del mundo.

De Bancos de niebla

Luis Fores
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