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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Dos poemas de Puertos, de Santiago Risso

lunes 24 de mayo de 2021
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Hospital

Zurita:
El mar del Callao está picado.
Las olas revuelven incontenibles garfios, bateas, escafandras
y demás pecados mortales.
El tono muscular del paraíso
es gris vespertino
lejos, lejos, lejos
“Lejos, —no son— esas perdidas cordilleras de Chile”.

Zurita:
Ayer visité Vigil, y toda luz de esperanza
se hizo añicos. Un centro de rehabilitación.
Niños, ancianos, niños, ancianos. Todos
—los que podían—
con las manos juntitas en pos de esperanza.
Y zas, me estrello contra el piso de lo imposible.

No puedo escribir arañando el dolor.
Cómodo frente a la pantalla —también gris— del computador.
Lo que pasa en mi puerto, esta ciudad de bisagras
y puertas que rechinan, no es más que dolor. Inmenso
como la proa de un mar inverosímil
en su abrazo mortal. Perú, Perú, al norte de
tu país. Todas las naciones son nombres comunes.
Pues las mismas montañas de Chile avanzando
se detienen en un Perú de abismos incontenibles.

Zurita:
Ayer visité Vigil. Y luego me vanaglorié con tus palabras
hacia mi Prosa de Nueva York. Y ahora —de seguro— repetiré,
reptaré el plato de la miseria esperando palabras tuyas, laudatorias, a este poema que escribo
con gran incontinencia azul.
El paraíso es una chuita de patas naranjas
con alas mutiladas en el horizonte sempiterno.

Zurita, poeta:
Lloré ayer una sangre que no es mía.
El dolor, la pesadumbre de encontrarme poeta
en un puerto perdido. Aquel puerto del Callao
baña las aguas de Valparaíso. Y todo es lo mismo. Palabras como Hartazgo, Ardor, Injusticia
son ambulantes en las calles saturadas
de pútrida brisa marinera.
Cómo no agarrar un poema.
Leerlo a todo pulmón
y resolver el mundo en una caricia.
Pero la poesía no sirve para nada.
Un poeta y su puta caminan extraviados en las calles del puerto como si fuese
Nueva York. Ése es otro poema.
—Aquí están extraviados—
Aquí el puerto existe en el maretazo
de unos ojazos que calzan la omisión de la felicidad.

Zurita, hermano:
Ayer visité Vigil. No hice shoping. No hice luz
a las buenas costumbres de jironear. Agarré un periódico roído
y al abanicarme, en el frío, congelé el vuelo de dos mariposas
que visitaban el Hospital. Intenté cegarme, amoníaco por aquí,
por allá. Ya tú lo habías hecho. No era necesario redimir al mundo.
Era imprescindible Zurita. Cambiar de una vez.
Escupir en la cara a quien te jode, a quien jode al mundo con el abrazo de los puñales circenses de la fanfarria.

Zurita, Raúl:
Te guardo en este poema como un revólver
con el gatillo de la esperanza en la poesía.
No todo se ha perdido Zurita. Aún es sostenible
la perfección del abrazo sincero. Caen máscaras
de hielo y las bisagras explosionan. Sonidos abundan
en los puertos, el mar da coletazos a todo movimiento imperceptible. Ayer, como te dije, Zurita, visité Vigil.
“Qué tanta vaina Risso, ya cuéntame de una vez”, observó con la mejilla bronceada Zurita. Y yo quedé solo
en el pabellón.

Z:
Ayer visité Vigil. Un telegrama, un email, una palabra.
Tan sólo una letra. La última, por favor:
Imploro a la poesía que de una vez resuelva el dolor. Lágrimas de Dios en barlovento
se alzan en vuelo, remontando pasos perdidos, ajenos.
De una buena vez Zurita, te diré sin balbucear,
directo, como una cachetada a tu mejilla incendiada.
K.O. a tus palabras poeta. No hay ninguna posibilidad:

Zurita:
En el Callao las bisagras no avanzan.
No hay puertas que se abran. Es gran mentira todo.
Ayer visité Vigil, y vi niños, bebés,
como mi Pierpaolo o mi Gianfranco,
hijitos míos de mi corazón,
un tipito con la testa de sueños infantiles hasta la frente.
Y arriba, la cabeza en diagonal,
como escapando de un mundo injusto.
Otro tipito, bebé viejo, no Lao Tsé,
sino en Vigil. Aquel Hospital
de “Rehabilitación” donde amé más a mi esposa.
Paola lloró frente a un periódico mural.
No comprendí ese dolor hasta ahora Zurita.
Ya no prendas fuego a tu rostro.
Este “poema” no vale nada
al escuchar el pasillo de los quemados.
Al enterarme, Zurita, que un niño,
con la ternura y la belleza de mis hijos, señala travieso con muñones
a la fogata que hace aDiós
a sus manitas.
No tengo perdón Zurita.
He escrito este poema
y te lo enviaré por email
con mis dedos talqueados
de eXtrema finura.

 

Prosa de Nueva York

Dora Espinoza es la fotógrafa. A ella le debo esta prosa; a ella, conocer Nueva York en la imagen, en fotos que me llevan a la vida en dicho puerto.

Aprendí a querer el perfume que lleva el dolor…
La melancolía de vivir en este mundo sin una estúpida razón.
Fito Páez
Porque no hay una felicidad absoluta, pensaba. Apenas se nos da en fugaces y frágiles momentos (…). Porque toda la vida es un perpetuo desencuentro, y alguien que encontramos en nuestro camino no lo queremos cuando él nos quiere, o lo queremos cuando ya él no nos quiere, o después de muerto, cuando nuestro amor es ya inútil; y porque nada de lo que fue vuelve a ser, y las cosas y los hombres y los niños no son lo que fueron un día.
Ernesto Sábato (Abaddón El Exterminador)
La aurora de Nueva York gime… nardos de angustia dibujada.
Federico García Lorca

Hay ciudades que de pronto,
de noche a mañana, sobre la bulla, suelen cantar. Otras callan de golpe, porque no las volveré a escuchar
o quizás, porque nunca,
en ningún recoveco de mi memoria, supe de ellas.

Aquietadas en el olvido……siempre estuvieron tapiadas
a mi oído.

Mejor hablar de urbes que martillan
mi memoria, Buenos Aires ayer,
en el hemisferio sur, bandoneón, tango
y cumparsita que no complacía a Borges
y ahora Nueva York, con blues, jazz,
con Charlie Parker, pájaro entonado
por Cortázar en El perseguidor,
calles diminutas con talento
de hormigueantes hombres
y rascacielos opresoramente paradisíacos.

Nueva York como símbolo de fracción
en cada letra y ritmo de este poema.
Nueva York, vista a través de un televisor a color,
y un filme de viejo que manifiesta
la pequeñez de los individuos
en la gran metrópoli “de la libertad”.

Acabo de revisar un e-mail,
que rápido como el corazón acelerado
de una paloma cruza el océano.
Palpitó hasta mis anteojos:
se trata de Dora, una fotógrafa
compatriota del bajo Manhattan.
Ella estuvo pisando, bandeando
con ternura el 11 de septiembre
el hundimiento de las Torres Gemelas,
aquel día en que aviones de línea
impactaron el orgullo de los diminutos hombres. Una maravilla moderna, de un plumazo de avión,
se convirtió en pretérito bizantino.
Dora pretende dar una exposición fotográfica
en la Católica, de nuestra Lima, la horrible.
Y en su cartapacio trae historias de hombres, hombres que hablan y opinan sobre mujeres. Nos dice en su veloz correo electrónico
que Abraham Goldstein tiene 104 años, profesor de Leyes, nacido en el estado
de Connecticut, donde vive
retiradamente mi tío Arturo,
¿Acaso no estarás buscando marido?, le preguntó.

Luego de un largo viaje por Europa, Dora empezó
a trabajar en una imprenta del Flatiron Building.
Ed Clark, vecino del lugar
y amante de mujeres orientales
pintaba, muy viejo verde, su sensualidad
manifiesta a través de grandes lienzos
esbozados con fálicos escobillones
(los mismos que servían para asear ventanas
por sudacas en una Torre Gemela).
Ciego, y rodeado de un centenar de ardillas domésticas, que preguntaban
al unísono qué veía más allá, Steve Cannon
daba clases de literatura
y a Dora le enseñó un inglés utilitario
como diría mi samak Mbare Ngom,
PhD and teacher of foreign languages
in Morgan State University of Baltimore

Cannon regentaba la organización
“A Gathering of the Tribes”, una casa de locos
en el bajo Manhattan,
donde alquilaba una pieza
a un poeta californiano y una hermosa
muchacha, delgada, rubia espiga,
de enormes y tristes ojos azules,
dedicada a la prostitución.
Hogar con rincones, postales, periódicos, álbumes, discos, libros… y un piano
que nunca compartía sus acordes.
A Steve Cannon convenció Dora en abrir
una galería de arte en su mansión de piano. Meses después, piano a un lado,
comenzó la renovación
y otro ambiente invadió la ex casa
del poeta y su puta:
de todas partes del mundo aterrizaban
artistas: escritores, pintores, poetas, escultores, fotógrafos, actores, músicos, bailarines, filántropos que pagaban bien, very well,
a una negra, pechos agitados, striptisera
de pezones acorazonados.
Steve no puede ser mejor feliz:
la de pezones acorazonados, todas
las mañanas le lee el New York Times,
y le sirve un café caliente
y su pieza favorita de jazz.

El proyecto de Dora avanzó
y atrapó con su cámara
y almacenó en su portafolio
a hombres interesantes
como el italiano Edzio Walter,
el mejor restaurador de arte en Europa.
Él se mudó al departamento de Dora
y a la dueña no le gustó.
Dora, en invierno, se mudó a Harlem, donde Lars Westvind le rentó un closet. Lars y su familia, los únicos
blancos del vecindario,
Lars era un artista
con edificios también blancos,
renovados, limpios.

Leo, ahora, El Comercio
y la poeta Carmen Ollé escribe una reseña sobre la novela Blues de los sueños rotos,
de Walter Mosley, hijo de padre negro y
madre judía. Un personaje, Atwater Wise,
viejo cantante de blues, incesta con Chevette,
joven alcohólica que por su experiencia incestuosa llora todas las noches.
El incesto se repite en ella como pan de cada día.
Ella quiere empezar a vivir. Sola en Nueva York.
Y pasa la noche con Wise, que por negro
no pudo ser nada. Y ahora, lo es.

Dora va a una fiesta en Tribeca, un joven le ofrece un trago. Y lo conoce:
“Christofer Bell, tablista, vida loca, drogas
y siquiatra de fin de semana. Chris volvió
a su California, y me dejó su departamento.
Salí del closet y pude estirar mis pies”.
Glenn Fouch, viejo amigo, muy querido de Dora,
se compró una casa móvil y la llevó
al Sur de los Estados Unidos,
pasando México, Glenn, luego de girar
por el mundo, de amar la aventura,
los animales y mitos salvajes, el aire puro, amó locamente a Dora, y ambos se llevaron
a Machu Picchu. Después Dora
regresó a Nueva York y disparó fotos
por diestra, siniestra y revés:
foto a James Corcoran, coleccionista de arte,
en su lugar favorito La aguja de Cleopatra,
donde su pasión de años es apilar cajas.
Luego Gary Stevens, crítico de teatro, Broadway, leyenda, monólogos, y alguna celebridad.
Lee Klein es poeta, grande, alto, habla gritando,
le pregunta, le grita a Dora:
¿Cuándo me tomarás las fotos?,
Yo soy el más grande poeta de Nueva York
”.

De 17 a 104 años, uno por cada año de edad, Dora tomó fotos.
Viajando por España conoció
a Dietrich Loezer, le disparó en un café
de Cancurreo, Ibiza, fue la entrevista más larga.
En los años de la Segunda Guerra Mundial Dietrich, soldado alemán, joven, tímido, volvió
a su villa para realizar el sueño de encontrar
a una muchacha linda y casarse. Encontró
a muchas, todas las del pueblo: viudas, solteras, viudas, casadas, viudas, divorciadas, viudas, jóvenes, viudas, viejas, viudas.
Todos los hombres del pueblo habían muerto.

De regreso a Nueva York fotografió a Anthony Barton,
muchacho despierto aunque soñador, ojos brillantes:
“Me siento en la cima del mundo
y me gustaría que me tomes la foto cerca de algo que represente la cima del mundo hoy
en día… La Estatua de la Libertad”.
La isla de Elis aún no sufría la maretada de las torres naipes.

Dora viene al Perú a exponer fotografías de hombres.
Yo acabo de ver una foto del viejo Harold Bloom,
Él atribuye a Shakespeare la invención de lo humano,
la vida humana como reflejo de un producto artístico.
Ya no está Cortázar ni Parker ni jazz. Veremos las fotos de Dora,
un poeta y su puta buscan pensión
en la sonrisa de un viejo maldito llamado Harold Bloom,
judío y profesor en Yale,
de Nueva York.
Un poeta en Nueva York.

Santiago Risso
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