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Cinco poemas de Víctor García Bernad

miércoles 23 de junio de 2021
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Tentación

La industria del cariño
es la piel de dos amantes
cometiendo un error.

Cuerpos que se desgarran
como papel de cocina
en cuartos ajenos al tiempo.

La industria del cariño
es la equivocación fatal
que dura un instante,
pero que en algún rincón de la cama
roza la eternidad.

 

Testigos

El día que todo esto acabe
suave seguirá siendo la noche
del alma triste y corrupta.

Tus ojos verdes besarán
un aire de biblioteca estéril
y tiempo que se ha perdido.

Y yo podré ver aquellos
caminos en flor de primavera
tan lejanos e imposibles.

Me harán creer el mañana
y yo lo creeré sin dudarlo
por sentarme cerca de ti.

El día que todo esto acabe
caerán sobre el mundo las miradas
de aquello que se ha ido.

Cuando estallen los vasos
de un Brugal añejo, más podrido,
se acabará la inocencia.

Saldremos y no habrá nada,
no habrá niños llenos de ternura
debajo de litros y golpes.

No habrá gritos al mañana
suplicándole al Sol que arregle todo
para que sea un mejor día.

Y suave seguirá siendo la noche
que me guíe hasta mi cama
cuando no pueda vivir.

Tú continuarás mirándome
demasiado lejos.

Publicado en la antología poética El día que todo esto acabe (S-Mal Poesía, 2020).

 

Historias del casco viejo I

Los bares también cierran,
borrachos de música,
y la gente escupe gritos en la calle.

Dos mujeres lloran
al sacarse los ojos
por la risa de un amante en fuga.

Alguien debería decirles
que su príncipe azul
ya estará en el piso del camarero.

Que lo haga otro.
Son horas de alarma y café.
Debo encontrar un taxi.

 

Hace mucho tiempo

El ayer es la mirada azul
de una niña en la terraza.

El ayer es la idea juvenil
de levantarte a pedirle fuego.

El ayer es el triste adiós
que nunca podrás darle.

El ayer es yermo.
Páramo práctico
para individuos del montón.

Hoy
sólo palabras
de otros tiempos desordenados.

El ayer es la vergüenza
que sentimos
justo antes de morir.

 

Márgenes

Una farola baña mis tierras de secano
porque a las afueras sólo llegan ojos tristes
y camioneros heridos por la carretera.

El agua no cae sobre la espiga por el cierzo;
aquí, en el desierto urbano, donde no llueve,
pero la ciudad le da una tregua a lo salvaje.

Esa tregua que yo le pido por las mañanas
al viento que azota hormigón, carne y asfalto.
Esa tregua que piden los muñecos del autobús.

No. No habrá paz en las afueras, cariño.
Hoy no.
Tampoco mañana,
porque huele a madrugada industrial.
Siempre.

El amanecer grita y se comparte tabaco
en una fila de obreros que van en ayunas
esperando que el polígono pague la cuenta.

Alguien escucha rock del viejo mientras yo miro,
desde la verja, y asumo todas las arrugas
que las pupilas grises intentan regalarme.

Hace mucho tiempo que las niñas se marcharon
para caminar de luto entre los edificios.
Hace mucho tiempo que nadie sueña con la ciudad.

No. No hay sueños en un campo que suena a motor en marcha.
No. Aquí la vida no va en serio.
Aquí todo es una mala comedia.

Por eso me sentaré a esperar.
Sólo eso.
Esperar a que el viento se lleve lo que he dejado en estas
mis tierras de secano.

Esperar a que el cierzo
borre mis últimas palabras.

Víctor García Bernad
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