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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Poemas de un pasillo diurno abierto, por Pedro Javier Castañeda García
(inéditos)

miércoles 20 de octubre de 2021
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Mamá Roma

Rebuscando los siete pechos
de aquella Roma iniciática.
Las colinas que levantaron
el ánimo empantanado
desde antiguas intuiciones
aún descalzas.

En ascensos con pasos secos,
con manos llenas de plazas despiertas
por desplegar
entre el manto ciudadano
aún sin repartir.

Después, con alegría tejida
entre cimas que se abrazan,
desde Quirinal hasta Aventino,
distrayendo los cansancios
con miradas de azotea cómplice,

Y ahora, sin prisas en el Campidoglio,
que esculpe silencios de mil historias
en danza circunstancia…,
hasta la sala vacía, pero llena
de su mirar feroz y tierno,
la Loba capitolina
siempre en lactancia plena,
refundando
cada presente que le confiemos
en secreto filial.

 

Cualquier mar

Volverse al mar
a descalzar desmesuras
de tanta intransigencia rota
y poder escoger sus pétalos
más transparentes.

Entrar al mar
con nuestros adioses secos
y poder anegarse hasta el olvido
de labios caducados.

Tirar al mar
las armas desplegadas
y ver naufragar sus alas
sin los versos del Céfiro

Robar al mar
su alma de péndulo echado
y calzarse de agua borradora
tras tanto bostezo internacional.

 

Amicitia

Un soltar
y deslizar los jilgueros
por rutas lubricadas
de un harmonio dulce.
Un manillar a dos púas
que contraría los pesares únicos,
para oírlos más planos
al tránsito de un respiro
guasón.
Y encallarse uno
en un zigzag final
de fulgor sin visera,
con las muescas del tiempo
sobre el postre ondulante
que nutre esa amistad dulce,
bien calzada en pulgares musicales
de un Prokófiev en conserva.

 

Pelota común

Por una pelota
con pedal de oro
derretimos los tiempos
cual curva doméstica
sin final aún ganador.

Por una fidelidad elástica
sin premio seguro
digerimos almanaques
que ondean sobre nuestros respirares.

Por una pelota ajena
con manivela dócil
estiramos el alma abismada
hasta otro mini-cielo verde,
hipotecado en casa.

 

Sin árbol familiar

Cuántas raíces has de pisar
hasta elevarte en árbol
desbordado
por cuerdas mudas
de tanta caricia perdida.

Esa nube carnal de nudos
que no se saludan nunca
por desviarse en paisaje
sin cosquilla familiar.

Esa repetida copa miope
que sorbe un tiempo
sin calambre:
la indiferencia cuántica.

Pedro Javier Castañeda García
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