“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Canto de amor a César Vallejo

lunes 13 de diciembre de 2021

César Vallejo, miliciano del alba

César Vallejo, miliciano del alba,
camarada del tiempo y de la aurora,
hijo predilecto de los pobres del mundo;
de pie, sobre el pedestal de la historia,
estás mirando pensativo a tu pueblo.

Oh, cautivo de un alba pura,
aún ves cruzar largamente
a los obreros y campesinos
que, humildes, bajan de los cerros
acariciando su hoz y su martillo.

Los observas chacchar acundushados,
la milenaria coca, alivio de sus penas,
en los cuatro vientos que cruzan
la iglesia, el campanario y la guairona.

César Vallejo, korequenke lastimado,
amigo del cóndor y del puma;
desde lo alto del Killa Hirka,
estás mirando la vida que sube
quengo a quengo, desde el Huaychaca
hasta las pampas de Algallama,
redoblando cantarinas penas.

Hoy, que la lluvia y el viento,
aún existen a la altura del hombre
y tú miras a tu pueblo desde el orbe.
Erguido sobre nueve monstruos
que pastan sus ansias en Chaichugo,
escribo para ti este canto solemne.

César Vallejo, amauta imperecedero
que coronas de laureles a tu patria,
entristecido ves pasar a los Paco Yunque
de tu Santiago de Chuco,
rumiando sus lecciones anhelantes,
y acariciándola gozosos
igual a su dorada cancha,
en su alforja y su morral.

Más allá, observas a los Humberto Grieve
con todo su encono y su maldad,
patear el tablero de la ley y la justicia…
Qué hacer, hermano mayor,
dónde correr, dónde ponerse,
mientras que los niños humildes
sin haber desayunado todos
se aferran únicamente
a su lápiz y su papel.

César Vallejo, peruano universal
de todos los tiempos,
amarrada está la vida en un pañuelo.
En tanto, te oigo mirar el horizonte,
excelso en tu figura de genio
y en tus ojos finos de cuervo.

Ay, camarada eterno
de la tristeza y el dolor en los confines…
Todavía hay muchísimo qué hacer,
hermano shulca, desde el alba
de los tiempos hasta la heroica
faz del mundo, que sonora se levanta
al resplandor abierto y puro
de los azadones en los surcos.

¡Oh! Tú que hiciste de la fe del hombre
tu bandera, para enarbolarla
en el corazón enhiesto de los justos
y bañarlos de la sembradora luz
de tu palabra hecha verbo,
permíteme este canto en sus arredros.

¡César Vallejo, camarada eterno!
¡Sustantivo y hombre! ¡Verbo y hombre!

De pie, aún miras pensativo, a tu pueblo.

Santiago de Chuco, 16 de marzo de 1988
Escrito con ocasión del cincuenta aniversario de su muerte.

 

Elegía inconclusa a César Vallejo

Lo recordará tu gente,
hermano César:
¡ayer, hoy y siempre…!

Naciste piedra y flor de suncho
en una meseta andina
que ya era pueblo
(para después
ser verbo y sustantivo
pleno de luz en los hogares),
aun cuando tus huesos fidedignos
salían a llorar de corazón
en su materia prima.

Y fuiste entonces:
universo y persecución gemela de los astros
a la velocidad unánime del tiempo,
cuando el amor aún era trabajo
y era trabajo
vivir luchando por la vida…

Ya sabías sin embargo:
Del catafalco ensangrentado en su mortaja
y de tu patria hirviente en su destino.

Y sabías del pan que muere atropellado,
del dolor de los zapatos,
de la luna danzando en los sepulcros,
del color de la amargura;
y sabías del tumulto tropical de los incendios,
del corazón y sus pasiones,
de la marea social de la tragedia;
y sabías del obrero luchando por la madre España,
del campesino luchando por tu patria,
de la romanza de la vida.

(Oh padre Vallejo que subes para abajo
Oh padre Vallejo que bajas para arriba).

Nosotros aquí en cambio:
Estamos aprendiendo a soñar por la esperanza,
estamos aprendiendo el canto y los dolores,
estamos aprendiendo las ardidas voces.

¿No oyes, acaso, el gemir de nuestros pasos
dos a dos con nuestras sombras?

Un día te fuiste fustigado de humanidad
mirando el porvenir de tus hermanos,
desde lo hondo de tus ojos:
como héroes bárbaros,
como bardos semidioses,
como peones luchando en sus faenas,
como albañiles en sus reivindicaciones…

Desde entonces tu pueblo
sale a cantarte en sus fatigas
y más que nunca te amamos
los poetas del hambre, tus hermanos:
Porque eres la insurgente agonía
El sangrante dolor encabritado
Y la hermana tristeza en lo más dulce.

(Oh padre Vallejo de cielos y de infiernos
Oh padre Vallejo hacia los puntos cardinales).

Cochabuc, 1985.

 

16 de marzo

Si escribo César Vallejo, digo: ¡Poesía!
Humanidad entera, vida, compromiso;
pero también, dolor humano a porfía
digo, enarbolando mi espíritu insumiso.

Por eso, naturalmente orgulloso escribo,
acerca del cholo universal del milenio
que moldeado en oro y barro pensativo,
nos legara a todos su verbo y su ingenio.

Porque siendo del Ande su lírica natura,
aquí en Santiago de Chuco está su cuna;
su verbo, su palabra y su recia bravura.

Y en París, bajo los castaños, y la luna
de la Ciudad Luz del Arte y la Literatura,
aún su gloria y su pena vibran una a una.

 

A pesar de la muerte no has dormido

A pesar de la muerte no has dormido
Y es para ti la tumba un espejo
En el cual miras el mundo adolorido
Quizá aun frunciendo el entrecejo

Todo desde ahí abajo lo ves alucinado
Aunque sigues siendo anacoreta
Mas para ti el estar allí guardado
No mella en nada tu alma de poeta

Pues afuera se acrecienta el invierno
Y tú adentro enciendes tu canción
Oh, quién dijo, se le apaga el corazón

A quien su canto en vida lo hizo eterno
Tan sólo haciendo cielo del infierno
Y a la humanidad amando con pasión.

 

Retrato mínimo de un poeta

Nació hombre verdadero con el amor en los labios,
con la palabra ardiente y viva a flor de piel y alma.
Tenía siempre una, cien y mil páginas en blanco
en donde a cualquier hora solía plasmar la vida.

Fue luz y sombra su prosaica y lírica existencia
y más que oída su voz fue por muchos ignorada.
Pues donde había dos o tres en fulgor de Poesía,
estaba él con su verbo en ristre, siempre erguido.

Mas cuesta arriba o a campo traviesa a diario iba,
juglar moderno, su enrojecido canto predicando
por caminos abruptos, ciudades y humildes pueblos.

Así, la fértil tierra lo engendró en el sideral vientre
de este mundo para que, apasionado, el tenaz silencio
hablara de repente, a través de su noble enseñanza.

Krzyszto Dyosz Daddho
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