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Cuando la muerte sorprendió a Fassbinder, de Carina Sedevich
(selección de Gabriela Rosas)

viernes 4 de marzo de 2022
Carina Sedevich
Carina Sedevich (Santa Fe de la Vera Cruz, Argentina, 1972). Fotografía: Laura Bellomo

 

“Cuando la muerte sorprendió a Fassbinder”, de Carina Sedevich
Cuando la muerte sorprendió a Fassbinder, de Carina Sedevich (Tanta Ceniza Editora, 2020). Disponible en la web de la editorial

Cuando la muerte sorprendió a Fassbinder
Carina Sedevich
Poesía
Tanta Ceniza Editora
Buenos Aires (Argentina), 2020
ISBN: 978-987-86-6059-2
76 páginas

Kárhozat o La condena

El hombre conoce el filo del cuchillo que le raspa la cara
por el sonido espeso y gris. Cae la lluvia sobre el bar
y la mujer que canta dentro tiene el pelo húmedo.
Cada película del húngaro es una caja de música.
Los diálogos son innecesarios, pero en un momento
alguien dice: “todas las historias son de desintegración”.
El protagonista vacía la copa de un trago y yo me ahogo.

 

Bronisława Wajs

Un sol como el que Papusza quería
para limpiar la tierra y los pulmones
de las criaturas, sube. Entonces
recibo tus palabras como si pronunciaras
otro idioma. —¿En qué lengua te escribí
durante años?— Muevo los labios
como la gitana al negar sus versos.

 

15 de mayo

La mañana de ese día estuvimos en New Plymouth,
seis horas hacia el oeste, junto al mar de Tasmania.
El cielo era casi blanco sobre el Fitzroy Park.
Nos paramos en un puente para ver nadar los patos
y compramos sándwiches y sidras a unos franceses.
Para la foto nos sentamos en el pasto gris.
La botella en mi mano se ordena con el horizonte.
Detrás de nosotros conversan dos viejos y unos
mirtos oscuros parecen inclinarse para siempre.

**

Mi vecino está desnudo y come, al otro lado
del patio, en su cocina. Es alto y joven.
Llega el perfume de la manteca blanda
sobre la miga de la tostada tibia.
Mientras la piedra de los astros muta,
como el lecho de un río se deslava la noche.

 

The Duino Elegies

Se escucha un grillo, perdido, y ese canto de agosto
del benteveo, todavía frío. Camino
hacia el ciprés ceniciento en el fondo del parque
igual que todas las mañanas. Según Rilke, ese
árbol que podemos contemplar, de nuevo, cada
día, nos resguarda del comienzo del horror.

 

And all I loved, I loved alone (Poe)

Después de mucho tiempo, llueve. El agua alcanza la tierra
con la gravedad de una visita en el patio de los solos.
No me alegra el resplandor de la naranja en el vértice
del plato —a mí, que amaba el agua—. Ahora, él estará lejos,
despertando a sus hijos, sin necesitar pensar en nada.

 

José Watanabe

Como en un campo helado corre el ruido de la noche.
Pocas figuras dispersas en un tiempo plástico, que
se extiende como por reacciones químicas. Un
silencio apenas salpicado. Preferiría, como el
haijin, no tener que escribirlo. Pero estoy sola.

Carina Sedevich
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