XXXVII Premio Internacional de Poesía FUNDACIÓN LOEWE 2024 Saltar al contenido

En un país extraño, de Felipe Viñals
(selección)

lunes 24 de julio de 2023
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Después del diluvio

La tormenta tiró el gajo colosal
esa noche. Arrancó eucaliptos
de raíz, eran gigantes, y su ruido
al caer retumbaba como truenos.

Desata ahora el sol un halo
vaporoso de cada brizna.
La piel del gran tronco, cuarteada
brilla con rocío,
lustrosa de resina.
De cerca, sigo a las hormigas
carpinteras, que lo roían
en secreto, como carcoma.

Los pequeños pinos,
antes invisibles
en la madeja verde, son ya
promesa cierta de un bosque.

 

El arte de la calandria

El arte de la calandria
es una cosa sutil,
pareciera violar
un secreto de otros,
digo del
muitú, el chajá, o pijuí
o burlárseles
(de ahí que en inglés sea
mockingbird).

Es mi placer ese canto
en la rama más alta,
nunca igual a sí mismo:
glosa de un eco
intuitivo, sin fin (en tupí,
guyra ñe’engatú,
que quiere decir parlanchín);
hasta que una nota propia
asoma como por azar,
y copiándose a sí misma
se vuelve original.

 

Esta taza al alba es inexplicable

Taza al alba, una fina cota
de sombra irisada fuga
tus bordes y aristas;
y en el abra incierta de ahora
te diluye, abruma.

¿Sos blanca, o hay poros
de tiempo que transen con luz
y ceniza la porcelana?
Así te abstraen, inexplicable.

Otro instante, y ya perfila
un brillo tenue el bocal,
pero lo oscuro aún llena
la taza.
De ese modo despierta
cada cosa a la diferencia.

 

Niebla

Y esto también es niebla, charca
en la que al agua se le imbrica
molécula
a molécula el alga, tal cual
escala el musgo cortezas
de robles, estatuas
de Diana o bustos
patricios,
da igual.
Esto también, intentar
un espejo en el agua quieta
apartando el barro.

Esto también es vacío.
Las raíces en haz ¿esperan
en su latencia ser loto
o, seccionadas, mueren?

Porque al hollar del paso
replica ya el bulbo, en mi hijo
camina de espaldas
el niño que fui.

Bajo los párpados, como alevinos,
se agitan los ojos;
y lo que ven ahora o verán
cuando se corte el hilo de plata
¿quién puede saber si es la nada?

 

Un regreso de Ulises

Al centro de la habitación estoy remando.
Espuma salobre en el bauprés,
guía el pontón la huida hacia un armario,
se sume el oleaje en el parquet.

Tras esta puerta sentí la muerte:
la Cruz del Sur, en el plafón
no orientó siempre,
y en la noche turbia
giraba sin sostén, centrifugando.

Huir al centro entonces,
porque no hay fuga posible
hacia los radios
y el fin es el origen: ese espacio donde
mis padres pusieron una cuna.

Si es límite y mundo
este cuarto de niño,
que sea también itinerario:
en la orilla volveremos a estar juntos
aunque la casa haya sido
derribada hace mucho.

Felipe Viñals
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