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Poemas de José Manuel Pérez González

viernes 8 de diciembre de 2023
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El sentido de las cosas

“…y creo que la hormiga es perfecta”.
Walt Whitman

Me encojo, reacciono igual que la madera
que presiente el filo brutal del hacha
que la desgaja y ofrece a la aspereza de la llama
o al aspaviento cruel del crucifijo;
cuando me lastiman o veo correr la sangre,
soy un árbol desnudo en el cenit dorado del otoño.

Me erizo igual que el tallo de la espiga,
que el espinazo descarnado de la res,
que la piel en presencia de algo bello,
que un perro si le amenazan con un palo,
que la cresta del gallo al cuchillazo,
y me agarro con raíces profundas a la tierra.

Me nacen corazones y amo como si fuese algo,
sublimando el cariño, avergonzado de amar tanto,
agrietándome la voz en el abrazo y en el beso;
amo con filo de espadaña, a punto de cortar
con la palabra, y si pudiera, si supiera,
querría poner al amor nombres sencillos.

Me asombro de cómo la amapola se deshace,
frágil y roja, y me asusto como el niño al grito
cada vez que alguien mata. Entiendo menos la vida
cada día pero sé que está ahí ¡indefensa y desolada!;
veo el odio, el terror y la codicia y, aunque
trate de entenderlo, no lo entiendo.

Quisiera nombrar todas las cosas y me ahogo
sofocando el llanto y me descubro sin lágrimas,
sin ojos, me descubro hombre y me estremezco
en la catarata de sangre derramada de la historia
y creo que la hormiga es perfecta y la ignoro,
y sé que el universo nos ignora.

 

Y, finalmente, el sinsentido

Capas y capas de cebolla, de ansiedad,
labios dispuestos sin entusiasmo al beso,
besos devoradores, maternales, irrenunciables.
Sedosa y verde es la piel de la almendra,
frío y sangriento, el yelmo de Amadís,
cruel, la mimbre sobre la mano en la escuela.
Apago estrellas con agónicos soplos,
palpo a tientas la noche más vieja
y braceo como el suicida en la niebla.
Una mancha deja tu beso, Freud, sobre la boca,
reestrayéndome, desviscerándome,
cada verso es una biopsia de neuronas.
Soy un niño que se ha encontrado hombre,
estoy aquí pero podría no haber nacido
y, ya que vivo, podría reírme de mí mismo.
Cada renglón es un camino tortuoso
y, antes de acabarlo, he muerto de nostalgia,
sin saber si este es mi drama o el de otros
el que tan laboriosamente cuento o vivo.

 

Los recuerdos

En el desamparo de la postrera noche,
con la ternura con que la llama lame,
como una mano que el muslo acaricia,
pasan los primeros días de enero.
Los cazadores van en mano, abiertos,
los galgos esperan el salto de la liebre;
chopos y encinas sostienen pinganillos
y una rama se desgarra con estrépito.
De noche nos sentamos a la lumbre,
la niña dice “el agua ha hervao” y reímos;
con un perol de loza, la madre vierte agua
en la bolsa de goma que burbujea,
se hincha y amenaza “estrumpirse”.
Luego, quedo solo, la lumbre mortecina.

 

Segadores de antaño

Heroicas hoces se abrieron a la luz
y cayó el espacio, metálico y humano,
al sesgo, sobre el filo de hierro.
En rudo golpe se encontraron brazo y trigo.
Castilla enorme, enormemente desolada,
se abrió sin fin, patética, sin sombra,
multitud humilde de terrón a la pezuña.
Infinitos surcos se juntan
en el vibrar de la calima:
calor eterno, infierno de sol a mediodía,
sin agua que calme la sed.
Sudorosos, arriñonados, cegados por la luz,
los segadores lanzan la hoz mutiladora;
la mano insegura, aún en los dediles,
garfio atenazado a la miseria,
se aferra a las míseras espigas; la albarca
tosca, el pantalón gastado, la piel renegrida,
la tierra infinita. Tierra, tierra, tierra…
madre dura, tierna amante, tierra cruel.

 

Años

Primero fuiste ameba cimbreante,
ritual de sangre en claustro oscuro,
barquito de madera tras la nada
sobre el cauce ambivalente de la infancia,
años de ortigas y fragante yerbabuena.
Traumático y sensitivo pensador de lagartos,
al tiempo que paso el tiempo, miopizando.
Dilapidaste tus mejores años,
como si hubiese sido invierno por mil días
para el árbol, y tú fueras un árbol.
Obsesión de ser mar y, tras el mar,
barro, congoja, agobio que amuralló los años
sin detenerlos. Años de pueriles proyectos,
años de morir poquito a poquito.
Tantos que borraron amigos y recuerdos.

 

De esta zoolátrica locura

Del lagarto la alucinante boca,
la uña rota del novillo,
el ojo sidéreo e hipnótico del gato,
la lengua roja y llameante del galgo,
la crin y el olor del caballo…
Andan en mis versos necesitados de cordura,
trastocan las consonantes de la asfixia,
me enardecen con ferocidad atragantada.
La lengua del galgo se incendia ante mis ojos,
arde el pelo del caballo en las estrellas
y en los cuernos del toro flamean teas.
Hermosos animales que me aman y me hieren,
animales a los que mato y quiero,
pues mi herida tiene el tamaño de su muerte.
El galgo, cuyo ojo transita
la araña de febril paso,
ahorcado en el dintel, abre la boca
al torrente sombrío de crisantemos
que teje el otoño con hilos de seda.
Oscila, siente frío, tirita,
arquea el espinazo a la caricia,
asombrado ante su propio silencio.
Mudo espera las patas del insecto laborioso,
los pasos del dueño que decidió matarlo,
la respuesta en el vértigo del viento.
El caballo golpea la tierra con sus cascos,
como lo haría un martillo sobre el yunque;
húmedo el belfo y la piel mojada,
la noche vierte estrellas sobre sus crines;
por Valdelabade, entre centenarias encinas,
como espuma entre el mar y la arena,
montura de algún estraperlista o bandolero,
bestia apeada, jamelgo de un vaquero.
Braman los añojos en el corral
su bronco mugido, de desafío y requiebro;
hay rastrales de pezuñas en el suelo,
huellas de nocturnas peleas;
sus bramidos anuncian la aurora y asustan
porque la noche lo agiganta todo.

José Manuel Pérez González
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