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Obsesiones, de José Manuel Pérez González
(selección)

miércoles 11 de junio de 2025
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“Obsesiones”, de José Manuel Pérez González
Obsesiones, de José Manuel Pérez González (2023). Disponible en Amazon

Obsesiones
José Manuel Pérez González
Poesía
2023
ISBN: 979-8860275966
97 páginas

Burlado

“Torotumbo”, dijo Miguel Ángel; “Tororoto”,
Pablo dibujó; y Federico, “Torotoro, ¡eh!”, citó.
Rafael hubiera dicho “Tororero”.
Yo digo heraldo, clown, digo burlado, digo:
Sorprendido sale el toro al encuentro con la gloria,
barre el albero como un radio imaginario,
los vuelos de la chicuelina y la verónica
le hurtan los muslos entrevistos;
cornea nocturnas riberas en petos y caballos;
la furia le empaña la pupila en el embroque,
banderillas; respira agotado, bravo
entra una y otra vez al trapo, aplausos.
Luego, silencio, expectación en los tendidos:
es el encuentro con la espada, la sublimación
de la muerte que busca como ciego.
El estoque abre a la sangre un estuario:
el toro ve páramos sin hierba, encinas mutiladas,
se arrodilla respirando frenético la sangre,
humilla la cerviz, confuso, derrotado,
y tiende su belleza convulsa, ovacionado.

 

Primavera

Largo tiempo la escarcha amortajó la aurora
flageló el invierno la desnudez del árbol,
fría anidaba la madera en su letargo,
hasta que la primavera reventó
y puso un traje verde el campo.
No amar la primavera sería no amar la vida,
falta de cordura,
mies que se negase a crecer en las espigas.
Yo tuve una primera cita en primavera:
ella se ofrecía desnuda como quien va al bestiario
y su boca daba sentido a lo que no decía;
parecía imposible
que los que miraban permanecieran ajenos al milagro
y, sin embargo,
son prodigios comunes en los enamorados.
No había en sus ojos ningún presagio
a pesar de que estaba en sus manos de porcelana,
claro como el anuncio de cuán engañosa es la vida.

 

Indecisión

Podría quedarme tumbado en el sofoco,
como los demás, echar la siesta,
pero la inquietud abre una grieta en el ánimo
y me acomete una añoranza
que no sabría explicar.
En la tarde se fragua una tormenta:
cuajarones negros, las nubes ocultan el sol,
el verano se abrasa en las alas de las moscas,
regatos sin agua, senderos sin hierba.
Alguien escucha la novela,
ese mundo que parece sugestivo en tanto tedio,
sueño continuo en que la imaginación se pierde;
frutos perentorios del estío,
los pensamientos, funestos, se obcecan
en mi cabeza y en mi vientre.
El verano traerá, seguro, más tardes como esta,
miro las cosas y las cosas me miran,
y las moscas se ríen de la inmortalidad.

 

Un grito

Se interroga sobre ese aullido
que habita su garganta y pugna por salir:
moléculas heridas bajo la línea del cuello,
un imposible grito, sin explicación,
justiciero,
terrible como la vida, fugitivo
como un pájaro en el plano cóncavo del cielo,
materia ardiente, espuma en la rompiente.
Con rasgos tan tirantes que se resquebrajan,
grita Montserrat, transfigurada,
grita, grita, grita...
Su grito irrumpe en los salones,
en la penumbra de las cosas muertas,
grita por las cosas perdidas.
Más que una necesidad, más que un deseo,
dedos que atenazan el cuello y asfixian.
Con la piel tersa, grita Montserrat,
articulando blasfemias inaudibles.
Es el suyo un grito que cabalga la demencia,
admite lo infinito, lo impresionante es ella.

 

La calma

Como un gran pez, rozando acantilados,
impulsado por alas que parecen quebrarse,
extremadamente silencioso, el albatros
se desliza por la rada, braceando el aire
como un nadador incansable.
Distorsionada y azul, su sombra se precipita
como un proyectil en el espejo del agua
donde el fantasma voraz del tiburón se tuerce
y se precipita contra el narval,
inopinadamente fósil con dos dientes.
Son imágenes brillantes, desnudas de sonido,
en arrecifes que el mar muerde, incansable,
tenazmente, con sus colmillos de sal.

 

La ciudad

El sol del atardecer estalla en el muro:
negros mármoles se inflaman con la agonía
del astro en eclipse que reflejan,
herméticos fantasmas de metal mutilan
la sucia estridencia en que la ciudad
se descompone.
Los vehículos pasan veloces,
parece que no hay nadie al volante,
nadie tras los cristales.
La ciudad desentumece sus tentáculos de pulpo,
por sus huesos recorren calambres persistentes;
como un monstruo,
incapaz de dormir por completo,
tirita, bosteza, se agita en pesadillas atroces.
La noche, aplastante, deja caer su angustia
sobre las avenidas, los parques, las azoteas.
Tiene alas de albatros y sobrevuela corazones.
Los relojes pueblan la oscuridad de sombras.

 

El suicida

Tras derribar la silla, nada le sujeta a la tierra.
Está atado, únicamente, al cielo.
Siente la noche en la garganta aprisionada,
el aviso aterrado de los nervios,
quema, ardiente, el pecho.
Un espasmo le hace patalear en el aire
y, luego, queda muy quieto
y se le apagan los ojos.
La noche se abraza al pálido suicida
y pone una cierta majestad en su cuerpo.
Se oye el ajetreo de la ciudad por la ventana
pero sólo hay silencio
en los pulmones del muerto.
Puede sentir la noche, intensamente,
como si el ruido de bocinas y motores en la calle
fuese, a la vez, una caricia y un reproche.

José Manuel Pérez González
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