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Tres poemas de Andrés Felipe Sanabria

lunes 11 de marzo de 2024
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No de los reflejos que se van

La felicidad en la felicidad misma.
El libro que más amo.
La asiduidad de los relámpagos.
El origen onírico de la noche en la literatura.
No de los reflejos que se van,
sino de las formas que no se pueden contemplar.
Ser el pescador Santiago es tener la moral impalpable.
Más que leer El viejo y el mar,
el lector se pierde para siempre en el desafío indomable
de los rezagos turbios en que el presente
ya es una herida que se niega a terminar de sangrar.

 

La maqueta infinita

Los minutos más leves
la hora más incierta
la locura más inverosímil
en tus ojos
de un puerto que se inunda,
de otros labios que me hirieron
y dibujaron tu figura de atardecer de colibrí…
¿Dónde están las montañas que no fueron?
¿Dónde las distancias insospechadas?
¿Dónde el perfume de la quietud?
Alabo el tatuaje de la muralla china
porque tus labios no se han borrado en el tapiz de las cenizas
y yo
aún recibo el silbido perdido de la luna
aunque creo
que no debo seguir…
Debo detener tu potente precipicio.
Lo que me legó la maqueta infinita de tu sórdida virtud.

 

Y vuelva a estar por aquí

El escritor miente.
Lo acepta.
No puede negar que sabe dónde está la perplejidad del demonio.
Es su propia fe.
Entierra su obra antes que aparezca.
Es la nitidez de la oscuridad.
Consume todas las frutas prohibidas.
Es la degustación de la perversión.
Se toma hasta la última gota de agua antes de que se lo lleve la inspiración…
Y vuelva a estar por aquí…
Si no puede borrar su sombra
antes de que otro latido de su corazón
lo anticipe.

Andrés Felipe Sanabria
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