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Cinco poemas de Carlota Figuerola

lunes 15 de abril de 2024
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Las mujeres somos ceniza

Las mujeres somos ceniza,
pasajeros
parpadeos de luz, montañas de agua.
Las ventanas nos enmarcan el rostro y las miradas;
los días
son veinte mil ventanas contra la frente,
con rejas azules.

Juguetes de nieve
cristales en los pies, luciérnagas blancas
… y poco más.

Las mujeres somos sillas de paja
pintadas de rojo,
ovillos de lana,
bufandas de entretiempo,
manos llenas de aire. Sobre el torno,
arcilla: barro y agua.
Las mujeres somos cómodos zapatos,
cosquillas en los ojos
y poca cosa más.
Ojeadas de silencio
desde la sombra débil de un frutal, algunas tardes
de verano, nubes de lana.
Las mujeres somos de hilo y somos de red,
somos fruta y semilla
de inexistencias.
Y somos de luna,
de luna fría y blanca,
al igual que un sorbo de leche al borde de los labios.

Somos tesoro de mendigos, somos miseria
de reyes.
Las mujeres somos ceniza,
ceniza de papel fino y de esperanzas
de tantas olvidadas esperanzas…
Ceniza de seda clara.

Pero algunas veces, pocas, es cierto,
somos ceniza rebelada.
Ceniza de buena madera, ceniza noble,
que no dispersa el aire, ni el rocío ablanda,
ceniza que alza la cabeza y que tiembla,
se crece con el viento, y como lava
va cubriendo hasta la luz. Y que desvela
truenos a su paso de fiebre y fortaleza.
Que llega, que late,
y entre lágrimas
se deja los sentidos. Que despierta
aires de lucha, de búsqueda, de vida.
Algunas veces sí, también, las mujeres somos batalla.

Pero ceniza al fin, conformada o candente,
las mujeres somos ceniza
de tantas cosas nuestras
que ardieron sin dar fuego.

De corral o solitarias,
todavía,
demasiadas veces, las mujeres
somos ceniza miserable.

 

El candado de plata

Abriste aquella puerta que ni siquiera
sabíamos que existía, que ni siquiera
osábamos mirar.
La abriste de repente, de un manotazo,
sin pensarlo.
Todos los momentos benignos,
las sirenas y las claridades del amanecer,
como pequeñas luces,
que pervivían aún
en los rincones invisibles del recuerdo
de mi techo de luz,
escaparon de repente. Yo
no pude hacer nada por atraparlos,
por detener tu golpe,
para frenarte la mano.

Y
la llave perdió su brillo para siempre.
Entraron todos los monstruos de la calle,
los de las horas oscuras,
las inefables bestias. Y todo fue tragado
por las tinieblas.

Abriste aquella puerta, la última
que guardábamos cerrada,
la del candado de plata. La que nunca se toca,
la que trae la violencia,
con mirada de fuego, con palabras de guadaña,
la prohibida.

La que, una vez abierta,
ya nunca puede cerrarse.

 

A veces, el amor

No siempre es dulce el amor, ni sabe siempre amar.
A veces es débil, acobardado y pobre,
duele,
cuando no encuentra cobijo en ningún corazón.
A veces terrible,
escandaloso, feroz, como ventoleras del norte
o tormenta de octubre.
A veces el sexo adormece toda ternura,
y otras
tan sólo es un copo de mentiras
con máscara de bronce
y palabras de libro
de una gran, gran ceguera.

A veces el amor ni siquiera es delito,
ni siquiera es violencia, ni siquiera es dolor,
sólo es un enorme abismo sin sangre ni respuesta.
A veces el amor ni siquiera es infierno.
A veces sólo es de ida,
no es nada
si no nos devuelve un reflejo
en la otra mirada.

 

Por tu espacio traidor

No puedo acostumbrarme a la soledad alterna,
a esta que deja tu espacio cuando tú haces mutis.
Siempre
justo después de que empiece a viciarme
de tu asistencia tan ínfima y mezquina
y de esa extraña soga que me oprime,
mientras espero, sumisa y sometida,
que vuelvas a sanarme.

Constantemente me hace sufrir
ese espacio fragmentado
que queda entre la ausencia y la presencia ingrata.
La angustia que se instala y la arritmia del corazón
me van diciendo que nunca habrá certeza
ni costumbre que me lleve a descansar tampoco.

Y así navego,
con un paso dentro y otro fuera,
sobre la cuerda floja
por tu espacio traidor.

 

Rosas del desamor

Contigo no tenía rosas,
contigo no había música.
¡El amor estaba tan huérfano!
Sólo
piel con piel,
manos con manos.
Estaba hecho de palabras,
palabras y caricias.
Ángulos muertos y paréntesis.

Cuando estaba, el amor,
jugaba en un jardín vacío.

Ni cafés, ni paseos de noche
bajo las farolas,
ni el sol sobre nosotros.
A tu lado,
nunca hubo regalos
con papeles de colores,
sólo miradas, promesas invisibles.

Y no era suficiente.

Y cuando las flores nacieron,
el amor ya no estuvo.
Habían muerto las promesas
que nunca tocábamos,
para que no se convirtieran
en cenizas entre nuestros dedos.

Se terminó el nosotros.

Cuando estuvieron las rosas,
cuando estuvieron los obsequios,
sólo eran de desagravio,
una amarga mentira.

Fueron las flores más tristes,
que morirán matando,
rosas sin sentimiento,
rosas del desamor.

Carlota Figuerola
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