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Cinco poemas de Carlota Figuerola

lunes 27 de mayo de 2024
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Desvélame

Duérmete sobre mí,
que la lluvia se acerca
y junto a las cortinas
se desliza una larva
que columpia, letárgica,
las translúcidas células,
y el aire derrama esencias
de verdes azahares.

Ciérnete sobre mi vientre,
me necesito cierta,
saber que no me vela
un sueño de tiniebla.
Estírame el deseo
como una sombra elástica
y créceme, reptando
por la bruma dorada.

Respira, hasta que el vaho
de tu aliento se inflame
y golpee mi piel
el aire más enérgico;
quiero tomarlo en mí
y dormirme en las ansias,
que tu gesto y tu peso
me cuenten que soy fuego.
... A veces me rehúye
la tierra que me sustenta
y me agobia el peso
de tanta incertidumbre...

Desvélame sin miedo
lejos de medianías,
debo saber que soy,
que camino, que velo;
que no devengo el sueño
de aquel niño sin tierra,
ni el recuerdo sin peso
de una lágrima vieja.

Tiéndete sobre mí
y respira, y jadea,
necesito tu cuerpo
para saber que soy cierta.

 

La más dulce violencia

No soy nadie de noche,
sola, bajo la luna llena.
Qué soy cuando no puedo perderme en sus ojos de océano
íntimamente profundo.
Quién soy sin el lazado infinito de sus brazos,
sin la columna erecta, romana de su torso,
augurio de humedades.

Quién soy.
No soy nadie ni nada, más que un frágil cometa
que brilla porque sí, involuntario y neutro,
perdido en el infinito, sin esa mirada
que lo haga casi eterno;
sin noche que lo acoja,
dándole ese sentido tan complejo de vida.

Quién soy sin la voz de agua del río y música,
la avidez de sus manos,
y el embate de su labio de suave morder,
que precede
la certera embestida de penetrar hechizado;
sin el airoso impulso, atrevido, preciso.
Sin la fuerza
que habita entre los sólidos muslos,
en su sexo.

Quién soy sin su vientre contra el mío,
la más dulce violencia...

Sólo
una parte imprecisa de un dios débil, asustado, dividido,
en un paraíso partido.
Una lágrima fría que no llega a caer.
Una llama al final de mi vientre, que no arde ni calienta.

Una raza extinguible soy, sin él, sin su néctar de vida,
que regala a mis sentidos, exclusivos temblores,
certeza de humedades.

 

Piel contra piel

Piel contra piel no fuerza a la ternura,
la deja brotar como una fuente amable,
las historias de ayer son una vieja barca
en la arena ancorada.

Lo que no llegó a puerto ni a tierra
alguna y se quedó en el intento,
no pesa en nuestras horas, ni es cereza
en el labio. No es hostal, ni lugar
de paz bajo algún cedro.

Sólo, muy tarde en tarde,
un pensamiento, un aroma en el aire,
que nos traerá, cada vez que se gire,
el viento, como un fugaz destello.
Ceniza en el recuerdo, piedra ya para siempre,
fósil en el silencio.
Una palabra, una mirada, un gesto de piedra,
una inútil semilla perdida en la memoria.

Sólo las manos abren camino y plantan el árbol
que regala a los sentidos frutos rojos,
que arraiga y desmenuza la nostalgia.
Piel contra piel es un mar de belleza.

 

Sin ningún nombre

... Y me olvidé del cine,
de las tardes de domingo
con la música extraña de los setenta.
La gente girando con ojos entornados,
el verano sin prisas.

Y la nieve en la piel eclipsó la del alma.

Tantos eneros, octubres,
la luz de otras miradas,
tantas tardes calladas sin ningún nombre,
dónde se perdió el juego.
Y después del olvido otros nuevos silencios,
y voces más pesadas borrando los silencios.

¡Tanta paz inventada para ganar las guerras!

... Me olvidé de las noches,
sin miedos ni nostalgias.
Y las lágrimas nuevas borraron las viejas.

 

Como un hombre cualquiera

Quizás ni me miraste.
Como nube de humo
entre una blanca niebla,
pintabas a resguardo
tus parajes oscuros.

Con un pasado ajeno.

Tan extraña a tu cuerpo...,
una entre mil memorias
impresas en el cajón de tu retina,
yo era una hoja al viento.
Pero como profecía
presentí el porvenir:
una historia conjunta
de lluvias y de flores.
Fue un cometa fugaz
que sin porqué ni cómo
me llevaría a seguirte,
con el sol detrás de mí,
lunas nuevas enfrente.

Pero tenías un nombre
y yo lo deseaba.

Empezaste a existir
en un día cualquiera
de un agosto imprevisto.
Quizás ni me miraste,
pero tus ojos silentes
eran canales de luz.
El pincel en la mano,
una pose imprecisa.
Tranquilo, inédito,
como un hombre cualquiera.

Con mis ojos en el corazón
te marchaste otra vez
hacia la inexistencia.
Pero tu nombre es mío,
......tanto,
que ahora ya no te queda nada...

Era verano, lo recuerdo muy bien.
Tú me diste la mano,
creo que sin mirarme.
Como un hombre cualquiera.

¡Quién nos lo hubiera dicho!

Carlota Figuerola
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