
El lento agonizar del unicornio
José Manuel Pérez González
Poesía
2023
ISBN: 979-8861604031
101 páginas
Cuando eleva su vuelo el aguilucho
Cuando eleva su vuelo el aguilucho,
olas profundas erizan barbechos y prados,
se encrespan los rastrojos y mecen
al viento los trigos sus raquíticos tallos.
Los árboles fueron talados hace siglos
y, ahora, la desnudez de la tierra
se crispa a la ancha ala de la rapaz sombría.
Hace días fueron quemados los rastrojos
y negra ceniza es la menuda llama en la caliza.
En las encinas se escozan los novillos,
nocturnos, meditan el crepúsculo y el ruedo
y la escarcha les penetra la pezuña, casi acero.
Cual gavilán senil sobre el barbecho,
arica, ara, arrastra y tapa el labriego.
Rememoro, como si ya me hubiera ido,
la oscuridad preñada de tañidos
e inquietantes mugidos, la fascinación
del tordo en la jícara, la ripia en el tejado,
el trigo y el centeno, silentes de tan puros,
cebada y avena que se parecen a sí mismas.
No es cierto que Castilla sea un océano
No es cierto que Castilla sea un océano,
a menos que veamos maremotos en sus cerros
y andemos sobre arcilla en el Mar de los Sargazos,
más bien es cuero,
cilicio en la espalda de la Armuña,
gatuña dolorosa entre lentejas y algarrobas.
“Es ancha y plana como el pecho de un varón”
y hace a España invertebrada,
tierra y cielo,
cobijo en apariencia,
adobe y piedra heredados con la mugre
y el hambre que la cal confunde y hermosea.
Los labriegos trajeados miran de reojo el campanario,
mudo sempiterno, como ellos,
y esperan..., no sé qué.
Ceñudos, recelosos, en el pedestal de su tractor.
¡Oh, juventud! ¡Vete! ¿Esconderás tu amor
en míseros corrales y sórdidas callejas?
Partícipe de la cruenta fiesta
Partícipe de la cruenta fiesta, sujeto
al estribo, apoyado en el anca reluciente,
miraba el sanguinolento cuello del gallo
y calculaba si se rompería al siguiente tirón:
De la matanza tomó miedo el caballo,
que se espantaba al pasar bajo la cuerda zarandeada;
el gallo quedó decapitado y el quinto
que había arrancado su cabeza,
quedó inquieto, indeciso, ensangrentado.
Era hermosa la chica con cara de niña desprotegida,
con su mirada añil entre el desfile de caballos.
De haber podido demorarme en sus ojos,
hubiera sido fácil rescatar lo mejor de esos años
pero son días de matanza: muere el cerdo
acuchillado en el tajón de encina y es triturado,
convertido en chicha que envuelven amorosas tripas,
mueren los gallos en la fiesta de los quintos,
mueren las liebres sin hermosura en días de niebla.
Hay lagunas, huecos de frustración y ruina,
mi padre se queja, senil, al borde de la llama.
Un día de caza
Un día de caza en el Teso del Caballo,
la liebre abandona a su hueca,
aleve, cría muerta,
da una lección de filiofagia
y de supervivencia,
y provoca una alarma tan real como inútil al huir
por la Cañada de las Negras
al Jaral de Navahonda,
por el sendero que marcara
bajo el yugo el buey ausente.
Tan pura, tan breve, tan...
No lo sabría el galgo lengüilargo en la carrera.
Ya nadie vigila al tierno lebrato sin vida
o visita su sueño perenne de equívoco peluche,
ni la hormiga, ni la sombra,
ni la lombriz dormida.
El hielo la respeta y empieza cada día tan en ayunas.
La distancia matiza el recuerdo
La distancia matiza el recuerdo
del cuerpo entregado bajo el dosel de ramas;
en la noche vieja, oscura y helada,
dulce obscenidad rezumaban los negrillos.
Pasaron algunas horas juntos,
pasearon por la ciudad que los miraba
y se despidieron con un beso
rápido, casi maquinal.
Ella tomó un autocar para algún sitio
y no volvieron a verse;
la gente parecía amable y la felicidad, posible.
O, quizás, fue al revés:
fue él el que se iba a la ciudad
y ella la que le acompañaba a la estación;
la gente era hosca y la felicidad, imposible
Aún estoy aquí
Aún estoy aquí y ya son recuerdos
las cosas que hago y lo que vivo:
la liebre, la yegua, la poesía,
el desesperanzador paso de los días,
la renuncia al moreno genital anfibio,
el sopor aplastante en la rutina;
el lazo que une el brazo a la cintura prieta
el corazón presto, inseguro,
inquieta fiera en busca de refugio
que no halla el hilo que devana la madeja.
La tarde tiene el filo curvado del hastío,
la obligación penosa del mutismo;
el sol tuesta muslos y vientre de la amada,
que está ahora, probablemente,
acostándose con otro,
sus vaqueros azules colgados de una silla;
no hay final previsible a la tortura,
a esta inútil y permanente refriega,
y cuenta cada día, como un barrote más,
como un día menos.
Me dirijo a la lumbre
Me dirijo apenado hacia la lumbre
y no hay lumbre.
Me esfuerzo en resucitar el poema
y no hay poema.
Simbolizarlo en el folio blanco
y no hay pureza.
Quiero ahogar mis contradicciones
y no hay lógica.
Despertar el amor y embellecerlo
y no hay amor.
Se llenan las bocas de herrumbre
y saliva,
costumbre de mentir que enmascara
la pena.
En las ominosas laderas del Baldío,
los pastores
agonizan sin prisa, ateridos.
Se dispersan
las fanegas con tristeza
que en palabras absurdas se convierte.
El reloj
El reloj absurdo se resarce con retraso de la medianoche
en el terror nítido que ingrávido busca emocionado,
donde no quedan vestigios de fantasmas
y los libros y los juguetes ordenados
al silencio confiado desafían
en cincuenta metros
de dominio.
Qué sutil, Dios.
Tan sutil como poco útil
al que padece y resulta que no es
exhausto, exacto a cada uno. Infamado por
la llama y no responde a lo que de él se espera, y no
llega, aunque la llaga supura con prístina tristeza en su almadía.
La sirena
La sirena muge estridente.
Luego, muere.
El tímpano me hiere, malvada,
con su aullido,
me observa, avieso, el vigilante
y llora, duele mi corazón
con un dolor antiguo.
Como crótalo, ofidio, se dispara
a mi esplendente cuerno
que se deshace en polvo
sobre el asfalto de la calle,
caliente y sucio.
En la curva profunda de la teja
se nutre el musgo, frugal,
con restos de tierra,
los tejados ocultan pasiones y miserias.
No llegará la aurora
No llegará la aurora, ni estarás en mis brazos,
grávida y tibia, cuando llegue la hora.
No veré llanuras en tus ojos cuando te acaricie
y nadie habrá junto a mí cuando te mire.
Habrá estupor y ruidos sin silencio, disparos
y un funesto resplandor de tanque, bomba y fuego,
y el sol, siempre en su patrio cenit,
nos irá cociendo.
Las ciudades tendrán coberturas negras
y un final a fuego, como Sodoma y Gomorra.
Y habrá hastío y odio tras el hastío y el odio
y, tras el miedo, más miedo.
La muerte recorrerá sus lares
vaciando barracones, hediendo a alcohol.
Sangrienta demencia será lo que veas,
destrucción y hambre, peste,
muerte y exterminio, y luego hedor: Apocalipsis.
Hipocampo, hipogrifo, hipocentauro,
inmolados por la bicorne bestia, el minotauro,
unicornio ejecutado por tricornios,
arrastrado por la tetracorne yunta castrada.
Y luego nada. Nada en mi flamante bola de cristal.
- Honed, de José Manuel Pérez González
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