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Cuatro poemas de Margarita Pintado Burgos

viernes 15 de noviembre de 2024
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Obsesión

¿Cómo manejar las piezas de este día
para dar con el poema?

¿Cómo me deshago de todo
lo que no sirve?

¿Del viento que se mete y trastoca
mis cimientos?

¿Del miedo que borra
todo atisbo de comienzo?

¿De la idea inútil de tus ojos
incendiando otro cuerpo?

Hay un fuego que no quema,
no reseca ni deshoja. Corre
un agua muda que moja y reivindica
lo que se nos sale de las manos
para llenar el corazón.

Escribir es desear. Hurgar
en la sustancia de una forma.
Potenciar su relieve. Abrirle los ojos
a esa obsesión. Aguantar presión.
Escribir es
llegar a ti.

Someterte a mi deseo hasta
que sea tu deseo. Escribir es desear.
Llegar a ti.
Escribir es desearte. Potenciar
la obsesión, su relieve. Hurgar
la idea, abrirle los ojos a una forma.

Desear es escribir
ES
aguantar una obsesión.
Someterse a la sustancia es
desear presión.
Aguanta..........................Escribir

para acentuar la sensación de tus ojos
incendiando este cuerpo
y no otro.

Escribir es
un agua muda
que moja y reivindica
lo que se nos sale del poema
para llenar el corazón.

Escribir es
llegar a ti.

 

Niebla

Me gusta manejar de prisa
cuando la niebla duerme todavía
en el regazo oscuro de la montaña
que se alza dura y hermética
junto a la carretera.
Avanzo mientras volteo el rostro
para llenarme de cierta eternidad.
Salgo de mí, soy experta en salirme
de mí, me despeño para elevarme,
dejo todo atrás y voy a llenarme
las manos de niebla de montaña
para verme, ahora, desde arriba
tan pequeña, tan fuera de mí,
la cara de lado buscando lo nunca
extraviado, lo que siempre
simplemente no ha estado.

Es verme y entender
que soy quien soy.

Regreso y exhalo al fantasma.
Alguien toca la bocina
justo en el instante en que la luz
extingue de raíz toda la niebla.

 

Tide pools

Voy con mis hijos a los “tide pools”
que en español ostentan el nombre de
pozas de marea. Es junio. El sol brilla
sin quemar, la brisa nos da su beso
frío y seco, el cielo es casi tan azul
como el azul del mar.

Nos inclinamos sobre cada charco
que prometa algo. Yo siempre vengo
preparada para la sorpresa y el milagro.
Después de pasar varios días en casa,
deseo ver la vida pequeña, la vida casi
invisible que siempre trabaja mientras yo
duermo, como, amo, juego.

Mis hijos son expertos detectando
movimiento, identificando y palpando
cada una de las criaturas que hallamos.
Hay que observar con cautela y con fe.
Hay que querer ver. Yo tomo fotos
de las huellas, las marcas que la vida
deja sobre toda superficie que aguante
la impresión, el peso de la forma,
la pulverización de la sustancia
sobre la materia.

Me pierdo en mis ideas, en la porosidad
del coral, en el murmullo de la espuma,
en los caracoles que me quiero traer a casa,
pero que decido dejar en paz.

A lo lejos una fina capa de limo verde
cubre una superficie rocosa. Mis hijos
se lanzan sobre ese irresistible verde chillón
que les tiende una invitación. Se deslizan
con una alegría tan pura, disfrutan la caída,
la sensación viscosa debajo de los pies.
Ahora el mar golpea y una ola nos empapa.
Milo celebra este acontecimiento girando
en círculos. Ahora ambos esperan
impacientes al próximo estallido.

Miro a mi alrededor. Tanta vida.
Tanto por lo que vivir. Sé que el mundo
arde. El viento, a veces, acerca sus cenizas.
Pero hoy hemos venido a ser testigos
de la calma de la anémona, de la bondad
espinosa de la estrella de mar, de la destreza
del cangrejo siempre listo para la mudanza,
de toda la belleza que se fragua sumergida
y que parece la más fina escultura tallada
por la misma mano que todo lo sostiene.

 

Lo que me rodea

Trato de hacer poesía con lo que observo.
Después de leer un poema de Wallace Stevens
sobre un arreglo de flores, quise intentar algo
parecido, para tomar vuelo.

No busco imitar al gran poeta, aunque quiero
que me salga un gran poema. No es terapia
tampoco lo que busco. Pero me gustaría trazar
una salida, una ruta. O quizás lo que busco sea
“simplemente” hacer literatura narrando
la escasez que me rodea.

Una vez enfrentado en la página, el vacío
revelará su potencia.

Entiende, lector, que mi banalidad es pura,
entiende que mi fe se alimenta de lo pequeño,
de la duda del ojo que, sincero, se desnuda.

De modo que me siento y decido empezar
con tareas sencillas como describir eso
que yo siento me acompaña o vigila, por ejemplo:

la cortina transparente movida por un viento
que siempre me sorprende, sus flores blancas
alardean de una luz que ahora yo hago mía.

Detrás están las ramas pegadas a la cerca,
sus manitas verdes desesperadas ante el viento
que arrecia.

Frente a mí hay un espejo, su marco blanco
me contiene y me agrada. Me sorprende
la amabilidad con la que recibe mi reflejo.

Mis pies descansan en un mueble verde menta
que compré ayer para inaugurar la habitación.
Es suave y parece más caro de lo que es.

También está la lámpara de piso que compré
en Goodwill por cinco dólares, barata y elegante,
no sabe interactuar con los demás objetos
que ocupan mi lugar.

Por último, está el jarrito de cristal con las rosas
de papel que elegí. Son falsas y hermosas, color
melocotón. Cuando las veo reflejadas en el espejo,
en armonía con el mueble verde menta y las cortinas
que mueve el viento, me lleno de cierta paz.

Todas estas cosas pretenden ser la suma de mi yo.
Por eso escribo sobre ellas. Para que sepan que aquí
la que manda
sigo siendo
yo.

Margarita Pintado Burgos
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