Noches como un perro rascándose una oreja
para Álex
Llegamos y tenemos cerveza a nuestro nombre.
El barman nos enfría dos rubias bajo llave.
Invitan a chupitos; redime el pacharán
la suciedad que nos presume.
La noche se hace corta.
Naufragan las ideas:
una obra que nunca escribiremos
ha surgido entre las luces
y una generosa cantidad de botellines.
La cerveza borgiana
Estoy meando. Enfrente sólo
un fondo negro
(tal vez la pared es el olvido).
Escucho el bullicio de la tuna
cantando La Flaca. En la mesa
las obras completas de Borges.
Mi cerveza está fría todavía;
¿y si todo es un sueño?
Mensaje en botella rota
Mis suegros tenían
un trabajo. Ahora cuidan
a los padres de otra gente.
Mi novia soñaba
con cuentos de princesas
y ahora tiene
pesadillas.
Yo creía en la esperanza
—ahora también, es sólo
que estoy algo cansado—;
el hoy presenta
negligencias, heridas
curadas con salitre.
Pierdo el hambre en este mundo
de lobos y carneros,
de odio acumulado
en grandes almacenes.
Será que no hay escapatoria
y yo me estoy volviendo loco
escribiendo este poema.
Será que me han violado
ya en la cárcel
y me he vuelto majara
maldiciendo en una esquina.
Será que todo el mundo
se hace el sordo
y esta carta no sirve
para nada.
L’amour est bleu
El amor es azul, es el blanco de tus ojos,
el carmesí de tus labios, tu tez acaramelada,
tu cabello incinerado. El amor está en tus brazos,
el amor está en tus bragas, en tus flujos vaginales,
en nuestras futuras canas. El amor puede doler
cuando estás lejos. El amor puede llorarse
y atreverse a estar furioso,
pero como es de colores (de una gama que va
del rubio de la cerveza al blanco y negro),
sabe siempre a Noche Vieja.
El amor es más bien simple; se encuentra en los intersticios,
en los detalles superfluos, en todos tus orificios.
Sobre todo en el silencio; en tus gemidos.
Yo lo llevo en los bolsillos
y rebosa si me agarras de la mano.
Lo he guardado en los zapatos
por si un día me vuelvo triste
y me pesa el caminar.
Rutinario acto de impiedad
Deshabitas el suéter ceremoniosamente;
forma parte de un antiguo ritual.
Cuando llegas a casa, si ves que estamos solos,
no dudas ni un instante: aprietas el botón
............y el sostén desaparece
dejándome rendido y retratado.
Me quedo sin palabras.
Te ríes de ese acto de impiedad.
Conversas de algún tema
que trato de seguir arrinconado.
Estáticos, armónicos ante mis ojos,
no me dejan pensar. Te escucho
pero no puedo hacer nada.
Levanto la cabeza; tu risa de diablilla
me desconcierta aún más.
Me pides que te escuche
y al borde del colapso
mantengo la mirada.
Te agachas y tus pechos
se muestran a la altura de mis ojos.
Intento atraparlos, casi convaleciente.
“Nada de mordisquitos. Hoy te has portado mal”.
La risa de diablilla se vuelve a dibujar en tus fauces
y juegas a que no me los regalas.
“Ya no me quedan fuerzas. Me vas a volver loco.
Como sigas así, lo escribo en un poema”.
- Cinco poemas de Alberto Martín Pérez - miércoles 22 de enero de 2025


