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Cuatro poemas de Lolo Morales

domingo 26 de enero de 2025
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Del barro hacia la luz

Nacemos entre sombras, hijos del lodo,
esclavos de un mundo que nos devora,
un alarido enterrado en carne,
un trueno que lucha por la aurora.

¡Oh, raza caída! ¡Levántate ya!
El barro es tu cuna, pero no tu tumba.
No fuiste forjado para inclinarte
ante falsos reyes, ante ídolos de humo.

¿Qué es esa rodilla que al suelo golpea?
¡Es una traición al fuego que llevas!
Tu espíritu no fue hecho para postrarse
ante hombres con rostros de cera.

¡Rompe el altar donde arden mentiras!
¡Quebranta los grilletes del miedo!
El oro que buscas es sólo ceniza,
y la fama, un veneno en el viento.

¿No ves las cadenas invisibles
que te atan al peso de un dios impostor?
¿No sientes cómo hieren tu cuello
las sogas del credo, el dogma, el señor?

Tu vida no es moneda de cambio,
ni tu sangre tributo a sistemas de barro.
Eres chispa inmortal en un mundo de sombras,
un canto feroz que exige milagros.

¡Oh, raza arrodillada, despierta!
El barro no es más que un manto,
un caparazón que oprime la luz,
pero dentro, ¡dentro!, hay un relámpago santo.

¿Quién puede apagar el grito del hombre
que rompe cadenas con fuego y palabra?
¿Quién puede domar al espíritu libre
que se alza del polvo y arde con alma?

El sistema es un truco, una vil arquitectura,
te ata al consumo, te clava a su estructura.
Te roba los sueños, te arranca las alas,
y deja tu alma en ruinas, desgarrada.

¡Rompe ese espejo donde ves esclavitud!
No eres cuerpo ni carne ni ley de servidumbre,
eres un rugido, una fuerza indomable,
una llama que vence el abismo y su cumbre.

¿Quiénes son esos hombres a quienes veneras?
¿Quiénes son esos líderes de pies de arcilla?
¡Nada son! ¡Sólo polvo en el viento,
marionetas del tiempo que el cosmos humilla!

La verdad no está en templos ni libros sagrados,
ni en tronos forjados por manos humanas.
Está en tu sangre, en tu latido puro,
en el fuego interno que nada apaga.

El barro es materia, pero no tu esencia.
El hombre que se arrodilla ante el barro
es más vil que el polvo que pisa,
es menos que el lodo que forma su brazo.

¡Levántate, hombre, mujer, espíritu herido!
Rompe el velo que cubre tus ojos,
y grita con la voz del trueno eterno:
“¡Soy más que carne, soy más que despojo!”.

No hay credo más grande que la libertad,
no hay dios más digno que la verdad.
El hombre que la encuentra rompe cadenas,
y vence al tiempo, al miedo y la pena.

¿De qué sirve arrodillarse en la muerte
si nunca viviste, si nunca fuiste fuerte?
¿De qué sirve adorar lo que es finito,
si en tu pecho arde lo infinito?

El barro se rompe, pero tú te alzas,
con brazos de fuego, con ojos de lanza.
El barro no es dueño, es sólo un camino,
que lleva a la luz, al divino destino.

Oh, raza encadenada, ¿no ves la prisión?
¿No sientes el peso de tu sumisión?
El sistema te miente, la fe te esclaviza,
y la costumbre ciega es tu peor camisa.

Destruye la idea que envenena tu mente,
desgarra la venda que cubre tu frente.
¡No hay hombre digno de adoración!
¡No hay maestro que sea dueño de tu razón!

Eres espíritu, chispa indomable,
un torrente feroz que nada detiene.
Eres libre si en tu pecho rugen
las verdades que la historia contiene.

No temas al barro, que sólo es materia.
No temas al dogma, que sólo es miseria.
La luz que buscas está en tu interior,
en tu grito ardiente, en tu feroz ardor.

¡Oh, humanidad, elévate ya!
El barro no puede contener tu verdad.
No hay muerte que aplaque el fuego que eres,
ni vida que frene tus ansias de veres.

Del barro hacia la luz, ese es tu camino.
Rompe el mundo, quiebra su destino.
Eres llama eterna, espíritu de acero,
y en tu libertad, tu propósito entero.

Grita al cosmos, ¡soy eterno y vivo!
No más cadenas, no más cautivos.
El barro es polvo, y el polvo se pierde,
pero la luz que soy, ¡nunca muere!

 

La leyenda del fauno y el hada

Por las sendas de un bosque en un reino encantado,
donde el laurel y el mirto danzan en sombra y resplandor,
donde el viento murmura el susurro es sagrado,
se oye una flauta mística en antiguo clamor.

Oh, noche de orgía, canto y lira sonora,
la luna en lo alto tiembla con fulgor de alabastro,
y el fauno con patas hendidas, en su ardiente demora,
se acerca a la clara fuente, refugio y santuario.

Los dioses celosos contemplan desde el Olimpo sus voces,
de envidia prenden sus labios con el vino y la miel,
mas el bosque es su templo,
y se erigen sus dioses
en danza perpetua, en un frenesí cruel.
El fauno, de lujuria y alegría embriagado,
con cuernos retorcidos como ramas de roble antiguo,
con su risa impía, su mirar desatado,
persigue a las Erinnias en su juego ambiguo.

Y allí, la más bella, cual musa de mármol y fuego,
con el cuerpo etéreo, de aliento febril,
el Hada de mirada profunda y delgado ruego,
surge entre sombras, de un éxtasis febril.
Al son de la lira y la danza infinita,
las musas, las Erinnias, en misteriosa unión,
entrelazan sus voces, y el fauno se agita,
en la sed del amante y la ambición.

La armonía, como néctar, fluye en río sagrado,
las siete musas danzan en órbita astral,
y el fauno, libando el vino dionisíaco y dorado,
alza su copa al éter, en un tributo ideal.

Amor y odio en un torbellino, eterno y ardiente,
se entrelazan en este aquelarre de sombras y luz,
y en el viento ondea la risa irreverente,
mientras susurra el mito que nunca verá la cruz.
Con furia y ternura, la mano del fauno se alza,
en busca de ella, el hada, esquiva y gentil,
y en un giro de astros, en una ronda de danza,
las estrellas se funden en un abrazo febril.

Es aquí donde el Olimpo se siente humillado,
envidioso de esta euforia y mortal frenesí,
pues en la espesura, cada dios queda eclipsado
por el himno antiguo de vino, fuego y jazmín.

Oh, las liras resuenan, el fauno danza enardecido,
las musas le siguen en su ronda final,
el Hada ríe, indómita, en un éxtasis vencido,
y el bosque entero es un altar triunfal.

El arte, el verso, el ritmo en eco perpetuo,
tallado en las sombras de un edén ancestral,
oh, danza del amor y el odio discreto,
que evoca al fauno y al hada en el ritual.

Así, en la leyenda, en el canto y la sombra,
pervive la fábula que Homero contara,
en la tierra profunda y en la magia que asombra,
donde el fauno y el hada son el eco que nunca se acaba.
Soy el fauno indomable que, errante y deshecho,
con un grito que hiere al mismo monte y cielo,
declama su nombre y su duelo en mi pecho,
como rugido de fiera o cascada en desvelo.

Oh, musa dariana, oh palabra de fuego,
eres cántico y golpe, eres miel y puñal,
te busco en la noche, en el vino me entrego,
y en cada verso te alcanzo, mortal e inmortal.
Así me retuerzo de amor, de deseo,
soy criatura salvaje, soy himno y pasión,
cuando el beso del hada en la noche poseo,
me enciende la sangre y pierdo la razón.

Mas si ella traiciona, me arroja al abismo,
a la locura herida de un amor destrozado,
mi voz es un eco de oscuros himnos,
y mi furia es la mueca de un dios ultrajado.

Me contorsiono en el suelo de la selva infinita,
mi cuerpo es un templo quebrado de ambrosía,
mis cuernos se alzan en esta amarga cita,
donde el vino es veneno y el amor agonía.

¡Oh, dioses que escuchan desde alturas celestes!
¡Envidiadme el delirio, envidiadme el amar!
Que no hay alegría, ni dioses, ni gestos,
que vivan tan hondos como mi gozo mortal.
Oh hada, etérea y cruel, que a mi pecho se ciñe
como anhelo sagrado, como espina letal,
cuando en tus brazos caigo, mi ser se deslíe,
en ambrosía y locura, en un goce infernal.

Por ti canto, por ti bramo y me entrego,
yo, fauno audaz, que del mundo soy dueño,
cada hoja es mi manto, cada raíz mi fuego,
en el amor que me consume y me lleva al sueño.

¡Locura y ardor! ¡Cuerpo y espíritu un canto!
yo, el fauno indomable, en esta tierra anclado,
mi destino es amar con un fervor sacrosanto,
y en el odio y el dolor, ser eternamente amado.

De mi pecho nace el verso que nadie olvida,
con ambrosía y coraje, con fiebre y temblor,
soy el fauno que danza en la noche encendida,
soy eco y deseo, soy furia, soy amor.

 

Soneto a un amor fallido

Escuché tu adiós, amor de antaño,
como el eco de un canto desolado,
mas en mi pecho, viejo y desgastado,
no hallé tristeza, ni lloré tu daño.

Evoco el ayer, tus labios de engaño,
y ese fuego en mí que fue apagado;
la traición, un puñal no esperado,
dejando un hueco donde hubo un año.

Mas hoy, al saber que ya no existes,
no hay dolor en la muerte de tu huella;
es alivio lo que mi pecho asiste.

Y una voz callada, sutil centella,
ríe al final, como vengadora triste:
“A quien ama, siempre espera una estrella”.

 

El vuelo del poeta

Ya miro el horizonte, sombra lenta,
se acerca, como el viento en el ocaso;
la vida que he tenido, paso a paso,
esa joya que el tiempo sustenta.

Infancia fue tesoro en piel sangrienta,
amor, el oro de un suave abrazo;
juventud, llama en fuego sin retraso,
la vejez, paz en alma soñolienta.

Ahora es el momento, en este viaje,
de contar los regalos que me dieron,
legado que en mi obra dejo y traje.

El cuerpo, polvo, estrellas me ofrecieron,
y en vuelo a lo infinito haré anclaje:
seré huella en el viento que me hicieron.

Lolo Morales
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