Apátrida
Apátrida, apestado,
sin suelo ni bandera,
sin suelas ni sombrero,
sin patria que te soporte,
sin dios y sin creencia.
Migrante, abandonado,
vagando por la tierra,
aturdido de palabras,
que el viento se las lleva.
Apátrida, sin techo,
ni ley que te proteja.
Tal vez, en tu pobreza,
nadie te hará culpable
de ser paria, sin alma;
no tienes quien te acuse,
ni nadie que te defienda.
Los ojos y las almas
del mundo que te observa
no quieren ver tu rostro
y apagan su conciencia.
Apátrida, olvidado,
sufriendo en la tormenta,
sin noche y sin la tarde;
arrinconado y solo,
borrado por la niebla,
cubierto por el polvo,
el barro y la inconsciencia.
Apátrida, ángel caído
envuelto en la inocencia,
colmado de palabras
en boca de cualquiera;
la angustia que te envuelve
es sangre y es promesa
de un mañana con sol,
que alumbre tu mirada
y borre tanta pena.
Desconfía de la rosa
Desconfía de la rosa,
no huelas ninguna flor,
ahuyenta la música del viento,
escapa del abrigo de los montes.
Huye del murmullo de las fuentes,
del silencio crudo de las piedras,
del canto armonioso de la alondra,
del agua descendida de las nubes.
Desconfía de la rosa,
no abraces las ramas del espino,
aborrece la brisa fresca amanecida,
apaga la luminosidad del mediodía,
el fuego encendido del crepúsculo,
escóndete en lo negro de la noche.
Desconfía de la rosa,
no te adentres en los límites del mar,
colúmpiate en la fuerza de las olas,
sumérgete en la espuma que te lava,
ocúltate en la arena que te cubre
y bórrate en la bruma que te envuelve.
Desconfía de la rosa,
no persigas gaviotas, huye
del silencio y temor de las tinieblas.
No atiendas a quien habla,
abraza con ternura los recuerdos,
escribe con nostalgia del olvido,
revive con estruendo la memoria
y escóndete en las sombras.
Piedras y sombras
(a Ciudad Rodrigo)
Piedras y sombras,
sombras y piedras.
Si quiero acceder a su interior
me ceden el paso siete puertas.
Si vuelo, cual cuervo pendenciero
o cual paloma y su sombra,
diviso una estrella en tierra,
las piedras la conforman.
Sobre las torres altas
y agujas que ensartan el cielo,
pudieran las nubes asentarse.
A sus pies, en su contorno,
sombras y piedras,
piedras y sombras,
quejidos y añoranzas.
Callejuelas doradas
con luz de los sueños,
fulgor de paredes;
oro y piedra, madera
y plata repujadas,
bronce y guijarros,
hierro frío, sin alma,
miradas de lechuza,
tal vez sentimiento.
Los pasos se pierden,
tropiezos y tinieblas;
sombras alargadas
y piedras de misterio.
¿A dónde fue tu gloria,
la esencia de tu vida,
la inocencia tímida,
aquella vivencia deglutida?
Piedras y sombras,
palacios y casonas,
como palabras deshabitadas,
como sueños sorprendidos,
trabajo de orfebres,
filigrana rebuscada.
Sonidos en el viento
de flauta y tamboril.
El verde apagado,
los pasos confundidos;
el batir de los sables,
los rezos y campanas,
las penas y suplicios.
En las tinieblas vanas,
dolores sentidos
y gritos de sangre.
Mazmorras y cadenas
del castillo vigía.
Guerreros ocultos
en garitas doradas.
Pasado disperso,
honor olvidado;
la paz fría de hoy
que añora el ayer.
Piedras calladas,
cañones apagados,
la gloria efímera,
el brillo fugaz
de tu aliento cálido.
Hoy, todavía, aún
conservas tu lealtad
a la historia tan fría,
tus promesas calladas,
tu valor y exigencia.
Y el gris de cada día,
el cielo plomizo
y las conciencias
de esencia gravosa.
El espejo del Águeda
a tus pies. Su reflejo.
Palabras y piedras,
dulzura con sombras;
recuerdos de condes
y duques dichosos,
y sueños de princesas.
La belleza difusa
y la gracia serena.
¿Dónde está tu presencia,
por qué tus silencios,
para qué tu agónica lucha?
Callejuelas sombrías,
pedrería de belleza.
¿Quién robó tu viveza,
tu nobleza ancestral
que desviste el sol
y te ornaba de fiesta?
Te cortaron las alas,
te esposaron las manos;
muerta está ya tu alma.
Quedan las sombras
sin palabras festivas,
sólo piedras doradas
que tu hambre alimentan.
Viven piedras calladas
y las sombras se mueven.
Piedras y sombras,
sombras y piedras.
Luna amarga de agosto
(a Federico García Lorca)
Descansa entre nardos, lirios y puntillas
en brazos sedientos donde un día soñó,
dibuja en las sombras rosas y claveles,
del pueblo andaluz que su voz cantó.
Lleva en las pestañas un fuego rojizo,
porta galanía, hondura y candor;
sembró por el mundo, pasión y poesía,
dejando semillas de dulce color.
Allá en su Granada —amor tan sufrido—,
en la noche amarga, su sangre sudó;
portaba en su alma cosidas las flores,
guardaba los versos que nunca escribió.
¡Ay, qué fastidio, que pena tan grande,
odios tan perversos y loca pasión!
¡Qué dolor, qué angustia y locura, brisa
traicionera que funde el corazón!
¿Por qué nos dejaste? Preguntan las rosas.
La Luna pregunta, ¿dónde fue tu amor?
Sólo las estrellas saben el camino
de esa madrugada con tanto dolor.
Preso te llevaron, fueron a apagarte,
derramando sangre y tinta de crudo sabor;
con los ojos ciegos, plomo de venganza
apagó tu lenguaje vivo, pero no tu voz.
Quizás por tu aura, por tu tono rojo,
o por el mensaje de tu agria canción
—borraron tu imagen, tus pasos callaron—,
o fuera resultado de tu inclinación.
Llora tu Granada, un silencio turbio,
quiere hacer eterna tu fuerza y tesón.
Aún hoy las campanas de tus torres altas,
declaman tus poemas, tristes con su son.
Pasados los inviernos
Pasados los inviernos
se aprende entre silencios
que no es lo mismo
caminar en la arena,
alimentar un sueño,
adorar el alma serena,
que poder volar sin alas.
Uno se da cuenta de que
las batallas no tienen vencedores,
que amar no presupone enamorarse,
que en la soledad no triunfa la indigencia.
Y empiezas a contemplar cada mañana
que los besos son el aliento de los ángeles,
que los abrazos son ataduras, no deseos,
que las lágrimas son perlas y diamantes;
que el pasado es un poema inacabado,
que el presente es el eco del ayer
y el futuro es una nube de añoranzas.
Una vez andado un trecho del camino
acabas por aprender y reconoces
que las rosas no son regalos, son canciones,
que la Luna es el ojo de la noche
y el sol es un corazón que ama la vida;
que los niños son promesas, los sueños
del presente mirando hacia el futuro.
Que todo crepúsculo es un fuego
con que se enciende el alba.
Terminas reconociendo, admites que
en esta vida es cruda la existencia,
que lo que tiene valor no tiene precio,
que el corazón no escucha a la razón,
que el perfume de las flores son sus lágrimas,
que jamás se termina de aprender
y cada instante tiene su lectura.
Que la tinta es más fecunda que la sangre.
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