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Poemas de Emmanuel Ortega Tobón

viernes 21 de marzo de 2025
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Dedicado a mi amiga Luisa Fernanda Pemberty.

Soles negros

Cansada y triste, gris como las tormentas de octubre,
Allí nací, afligida por la nieve que cubre el mar.
Mis pies se fundieron, cansados, en el asfalto,
Sin vida, existía mirando veinte primaveras
De soles negros.

Sin oráculos, la luna guía el timón
De mi barco, en el desierto.
Viví nadando, enseñando
Con ensoñaciones de la cultura y la physis
De los presocráticos.

Vi el eclipse desaparecer,
El follaje de estrellas marchitarse,
Sin despedirse.

En esta árida montaña,
Observé el cosmos y la nada,
Y sobreviví cantando:
“Soy tan amada y temible
Como el cielo, el mar de fuego,
La sombra de la primavera
Y la última estrella en invierno”.

Vivo muriendo en los aromas del bosque,
Sacudida por las palpitaciones de las olas.
La música del viento penetra en el crepúsculo,
Las tinieblas de la noche abrazan y derrumban mi ser.

Mi carne gorgotea y sucumbe
Al éxtasis de no saber volver a Ser.
El alba incendia mi memoria,
La belleza y el horror tejen
Este teatro de turbulentas sensaciones
Y deleites musculares
Que hormiguean y colorean las fibras
Del alma, la carne y mis letras,
Que desfallecen ante el paisaje
De ver el universo reflejado en un estanque.

 

Ciclos

Ciclos de abismos son la levedad de los sortilegios de pasiones malditas.

En verano, mis ojos dorados son un torbellino de vértigo,
Extraviados en la inmensidad del océano sin fin,
Donde la luz de la luna se desangra en la oscuridad.

Soles negros en primavera anuncian
La noche sin estrellas, un velo de tinieblas que cubre el cielo funesto,
Y la tierra se convierte en un cementerio de sueños.
En otoño, un abismo vertical sin aurora,
Donde la luz se desvanece en la nada,
En el silencio de los bosques que crecen entre las grietas,
La muerte se cierne sobre todas las ciudades y presencias.

Y en invierno, una turbulenta luz de estrellas
Se funde en el beso del abismo infinito,
En la eternidad del vacío.

 

Pasa el tiempo y queda el fuego

Déjame ir, las lunas se desvanecen,
Y los intervalos del amor ya no crecen.
La memoria persiste, aunque sólo tristeza florece.

En el viento que me acaricia, te siento,
Penetrando en mis huesos, aunque mueran las células
Que me sostienen este carnaval donde soy un arlequín.
Déjame ir, amarte es el peligro de la pluma,
En noches de luna con insomnio que cubre y consume.

La oscuridad es la luz que ilumina la trémula,
Tus ojos y palabras fueron el sendero que me guio,
Al vislumbrar la herida que nunca se cerró.
Cosquillas que produjeron tus besos me hicieron conocer
El paradisíaco abismo.

Déjame ir, desprecio la cobardía de quien ama callada,
Atada y a escondidas creyéndose libre viviendo en jaula de oro.
La vida es una y amo hacerle frente a todo lo que me desafía.
Aunque con locura fenece y me encuentre a la muerte.
Déjame ir, pues amarme es locura que requiere,
Sensibilidad poética y no dudas que apaguen mi fuego húmedo de noviembre.
El eco de tu presencia me lleva a los renglones donde se esconde la llama que late entre la niebla
El tiempo se desvanece e indicios del alma quedan.

Emmanuel Ortega Tobón
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