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Poemas en prosa de Isac Masís Garro

lunes 31 de marzo de 2025
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Oblicuidad peligrosa

Pobre mujer, hermosamente aprovechada, enamorada de esta celebración. Edulcorante y melodía sobre albor. Ha sido depravada estéticamente en la juerga pop. Ella, con la sensación de la serpiente en su vientre, me ha descrito detalladamente la configuración del órgano-cultivo del duende de la innovación. La carne crecía entre la hierba rosa de un cuento inmaduro (sonrisas de amigas, paseos en vacaciones) y los gorriones de una curiosidad de experimento o ensayo de inocencia. En ese momento de expresión, para calmarse, para tolerar el descubrimiento, separó sus piernas y se sentó, al escupir el bombón de su boca (vainilla en saliva), en el cuerno del unicornio, la mascota, la piñata. Me ha hablado: “Una bomba ha subido al cielo”. Yo, sintiendo asco y lástima, la he doblado y, como mano diurna al aire nocturno, la he enviado en forma de pájaro. Más tarde, reflexionando y extrañándola, queriendo recuperarla, he adoptado/robado un nido generoso: al otro lado, al otro tiempo.

 

El mañana teórico

El dolor físico, esa alteración de la nervadura, construye, pieza por pieza, una conciencia de amatoria ignorancia. Todo tiene que ver, para los anatómicamente modernos, con la percepción en vanguardia de la cópula. Pero el sufrimiento palpable, pues somos naturaleza, reproduce una persistencia de mutación. Cada vez que un ángel llega al mundo, un templo filosófico de fáctica arquitectura se alza inmediatamente para preguntarle: ¿Quién te ha enviado? ¿Por qué lo han hecho? La mujer, el género A; el hombre, el género B: no existen, dice el/la esterilizado/a. Las bromas, del elemento al conjunto o viceversa, son de nuestro dios [satisfacción]. Bello mensajero llegado, haz que la ley del orden, antianarquía, sea cuestionable para una homogeneidad. Cualquier princesa en su excitación puede eructar un milagro masculino. Cualquier príncipe en su demostración puede eyacular una tesis femenina. Sumatoria originaria = evolución sublime.

 

Macromesías

¿Cuánta invariabilidad del conocimiento moviéndose en la luz? Un minuto más del tacto cronológico pausando mi palabra. Acaso una superficie de consciencia, eso soy yo, misántropo ilusionado. Escuchándome en el fuego. No una antorcha, sino una diminuta flama en la idea de una temblorosa semilla, miedo de duda. Mis dedos dancísticos de los días calmos —aquellos— en mis parábolas. Servirá, incluso antes de que llegue a vuestra casa [antropocentrismo en el vacío], para alumbrar la esquina de la escalera en la que, dimensionando el shock, nos tragamos los unos [subiendo] a los otros [bajando]. Dar un poco de calor, entre la madrugada de la devoción no bebida, al cuerpo atormentado, explorado por la materialidad de su química. Calentar la mísera comida, estimulación compuesta de carnes mitológicas, figuras mitómanas, verduras de vergel por el engaño del credo. Mis ojos, en oraciones de corrección, van multiplicando abismos de incredulidad. Los vierto, al voluminoso parpadeo, en mi láctea esclerótica de paz (por la que marchan ustedes). Mis labios van besando las presentes bajuras de las futuras llanuras por donde galoparán, o trotarán pausadamente, caballos de las modernas ideologías con musculatura pretérita sobre el creyente. Mi oreja debajo de los cielos por un subdividirse de prodigio, aceptando auditivamente una bacteria divina que enfermará mi mundano librepensamiento, apetito que refuto viendo y no creyendo en mí. ¿Cuánto he indagado al saborear el pensamiento en la aflicción? Un minuto menos en el lapso de fuerza, la rebeldía de resucitación, porque en bronce golpeo el esternón del escéptico.

 

Omnipotente

Mi padre ha salido (anteceder: meridional) voluntariamente de noche, ayer o antier, y ha retornado (proseguir: septentrión) obligatoriamente durante la fermentación del amanecer [reflexión como técnica] para decirme: “Mis manos no pueden sacudir las rocas. El firmamento se salva alejándose en la gradualidad. Me emancipo”. Su explicación es innecesaria. Lo he visto mover montañas de retorcida masa de exhibición. Lo he observado empujando millones de costas de refulgentes toneladas en kilómetros plasmados. Para olvidarse de su confusa suerte, me ha contado una fábula de su juventud, la antigüedad de caótica quietud, cuando, a orillas de un golfo-triángulo isósceles, se bebió un exorbitante mar. Lo conserva aún en su estómago [perpetuar la saciedad]. Increíbles cantidades de megagramos de sal con los cuales sazonar los alimentos de miles de hijos. Cree que tiene un hoyo, la herida (flujo-lanza) en su pared estomacal. La puerta por donde sale su diseñador en forma de enano para perorar, empleando su verbo de charlatán, ante la creación de su extensión orgánica / que agarro con los dientes. Mi progenitor me ha explicado los peligros, cautelosamente subjetivos, que hay entre los cielos altos y los cielos bajos. La diferencia entre ambos, las consecuencias que implican los dos extremos, conceptos banales ya olvidados. Desconsuelo de la morfología de borde en los primeros, y opresión de la nulidad del arco en los segundos. Tanto los unos como los otros están, temporal o eternamente, encima del globo ocular: buscando, en su desesperación, el equilibrado plano del rostro que examino en el rumbo. Luego de haber dormido, ha concluido al despertar. “Ya no tengo manos, pero las rocas, en aquellos barrancos tergiversados, se apartan expresándose solas. Van cayendo al pervivir coladas en los cirros. Forjando hematomas de paraíso”.

 

Fotografía

Fluido caliente, bendición desde la ubre de la vaca, según vocablos entre campos de geometrías de mirasoles. Proliferación de células en la hierba de la aritmética de aquella colina. Embriones de calcomanías en los años tiernos. Fantástica radio emitiendo el regalo. Maquillaje de la faz en rememoración. “I Talk to the Wind”, King Crimson, 1969. La res del ensueño y el ternero en el pasto. Espiral de humo de tabaco y bebidas carbonatadas en los minerales, arreboles del corral (he sido carmesí). Mandarina en mi barbilla, descenso, embrión mío, tuyo, nuestro, crepúsculo del gajo que muerdo en la penumbra en la que yacemos. Ácido desoxirribonucleico, amplitud modulada (AM) de la estación radial y un cigarrillo Marlboro en los labios femíneos. ¿Adónde hemos ido? Ángulos de óptica relativos y, expresión sobre declaración, ¡cuánta liberación habremos visto caer de lo alto! Nos inmortalizamos en cada párpado soñoliento. Romántico bochorno al oír la escala de la flauta + análoga utopía. Coca-Cola que baja por el esófago. Conjugación del abrazo: distracción. Mira: el río, la vena con potencia al óleo para este último domingo con cobijo de serenamiento. ¿Cómo seremos en el jardín del porvenir?

 

El rapto

Ciudades de neón, tragos eléctricos en la barra del reino de las últimas luces. Prepotentes, orgiásticos, todos en el Edén, sobre el Atlántico. Preciosismo moral, juerguistas de indiferencia, pues estilísticos impulsos de los pedagogos de la alegría nos convienen en demasía [de cabeza y sin mirar atrás]. Domados en métricas de obstinación nihilista, recorriendo con ambición sendas imperecederas, encima de bosquejos de hilaridad con actitud imprudente. Venus orbitando el pezón, belleza vuestra. Adjetivos herméticos, un desvirgar. Mensajes hacia el posmoderno. Se desliza la futilidad. Palmeras metropolitanas succionadas por gafas circulares. Hipérboles de movimientos, ritmo del demonio en terrazas de mansiones de fantasía, de acuerdo con el objetivo del trance. Este tulipán que rodea el cuerno curvo saliendo del hueso craneal. Empíricos manoseos en altozanos de imaginación, espejitos reflectantes. Glúteos y mejillas. Mira cómo mi lengua de tigre me lame los bigotes. Muéstrame tu amor, muéstrale la víbora. Rosa califórnica tatuada en ese pubis, inspiración intrínseca, para ustedes, chicos, chicas. Orgullosos en la bacanal contemporánea. Bouguereau al final de la columna vertebral que se asoma sobre la vida. Ellos y ellas, los no abortados de un singular dios, orinan nirvana en retretes de huertos, cordero en vinos, alfombras de lana. Riachuelos mezclados con líquidos de carnales, flores y meteoros en muertes. Adoradores de la divinidad siguiente.

 

A mi imagen y semejanza

Debo crearte, eso le digo. Desde cero. Sin nombre. Tengo que parirte luego de concebirte en una de mis ideas. La explosión de una flor: la esquirla de una bomba amarilla. El fluido de un sol: de carne es aquel que camina. Creces en la lejanía, allá, muy remotamente, donde te pueda ver con prudencia y donde tú no puedas distinguirme. Al otro lado de unas montañas que alzaré con mis manos. Seré una mancha, la ambigüedad de una estrella terráquea. Elemento desconocido, eso será lo único que me representará. Pero yo te observaré con nitidez, estudiaré cada detalle tuyo. Después, posterior a la maduración, me acercaré y te invitaré. Te murmuraré: “Ven conmigo”. De la mano te traeré. Señalaré mi hogar y te anunciaré: “Ahí vivirás”.

 

Mito del paisaje

El milagro madurando suavemente en la hipotética adultez: fuimos su aspiración. El recuerdo de los jóvenes borrachos cantando las florestas del antiguo mundo, adolescentes en éxtasis en aquellas pozas construidas en los relieves y las épocas. Se escaparon en el atardecer, bajo la bendición de una deidad juerguista que susurraba “os bendigo, hijos míos”, para rodar por los corrales llenos de bovinos, los bosques de enigma, siempre hacia abajo, como si descendieran a los sueños, resbalando por los costados de los montes, hasta los riachuelos, la ilusión, el suave flujo del agua, el regazo de la corriente, una promesa congénita. Aquella sabrosa segregación de mi cerebro, semejante a un narcótico que me enseñaba que la vida era un mágico fenómeno, me embriaga aún más y yo solamente deseaba seguir existiendo en esa sorpresa intacta. Enamorados de improviso, sentíamos el indicio de los nimbos en nuestros pies descalzos y, varios kilómetros más allá, hallábamos caminos falsamente abandonados. Al final, llegábamos al pueblo en el que viviríamos (“para jamás regresar”, gritaríamos), en el que nos acurrucaríamos en las piernas de las brujas, en el que nos deleitaríamos en los prematuros goces: valles de 1998, cielos de 1999, hoyos blancos, celestes sonoros.

Isac Masís Garro
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