Pausa
Noción corporal, respiración recóndita, lento ritmo existencial: ruinas del idealismo, fascinaciones de planicies y cordilleras. Estira el suspiro, mi pie hacia la senda, la quimera. Una lengua seca (mito idóneo) bajo las gotas de un remanente fresco: jugo de aquel gordo astro abandonado en el planeta. Semanas sin licores del cielo, sin cántaros y balcones, porque había una vez tantas cascadas por las que ascendía (pez-perdurabilidad) en sueños de peregrinación... Una novedad, o el regreso de lo importante y apreciado, quizá la nostalgia por los primitivos espíritus que fuimos. La sensación, constatación terrenal, certeza natural, caricia de un músculo, pues soy capricho, hombre e ilusión. El panorama se traduce ligeramente, cualquier beso-grieta-luminosidad en el muro. Las hojas de los árboles vibran (“me sentaré en una roca del jardín”), la tierra del suelo muda de tonalidad (“mi mano arrancará melocotones y geranios”). El arpegio monótono en el techo, aleatoria niña o niño en el árbol, el nervio antiguo como en una campiña. El firmamento se despeja rápidamente, con prisa: corremos la cortina y, recordando el horizonte, allá extendemos las alas. No nos iremos todavía; no nos defraudarán. Las nubes, al exponer esta maduración, recuerdan el verano; hay que respetar las medidas, las cantidades de lo que se ofrece, ya que somos bondadosos creyentes. Vuelve a salir el sol, expansión de una fisonomía: una joven sonriendo desde otro tiempo; la hipótesis más delicada, un sosiego pretérito. Ha cambiado, por supuesto, ha habido una variación en el ambiente, algo de inexactitud. Una naciente percepción en mis sentidos, tan visionaria o futura, nos va a acompañar por el resto del paisaje, una alegoría de fuerza y albedrío: no hay amanecer, sólo ojo y lejanía; no hay anochecer, sólo objeto y proximidad. Las florestas ya salpicadas de abundancia y contacto anatómico (no jugamos a la meditación, ahora es el declive, la gestación).
Colina del paraíso
Caramelos (diseño de un propósito, vislumbre) de las bocas en el reto de la juventud, asimilación sin un creador. Lamiendo la mancha emanada: un nuevo humano y filosofía para colorear = flores de fuego. Un cauce de pétalos y hojas (“es mi ofrenda”). Ahí y allá, semillas entre palomas, más y más brotes, reflejos-reflexiones. Labios contraídos en el sorbo. El reino del tamaño de un durazno. Apariencia como esta suavidad al tacto, el vello de la piel, pintando y purificando. Es que ese atardecer fluye por una arteria nueva, ya que el gozo es la armonización, el que engulle. Cómo el placer del cansancio me disuelve: mejilla, cuello, omóplato, cadera, rodilla, talón. Le hablo a la profundidad, tal corazón: “Litros de sangre en firmamentos”. Esfera de dulce rebotando en abdomen: convulsión debajo de un lucero, una coreografía. Claro que podría estirar mi idea a la distancia. Inclinación y pupila. Construyo la longitud. La palabra “trayecto” cuando hay que contagiar lo remoto. Ese aroma del tabaco sin quemar, antes de un gemido de alabanza. Qué será de ese himno erótico, el vicio olvidado, obscenidad en la ventana, la cama, ambos cuerpos. Porque sí, las melodías ilógicas al otro lado de la desaparición, y mi oído busca una resurrección: “Dogma y espasmo”. El vértice provoca un hueco, escapa el sol, la flama (nosotros) absorbe miles de noches. El fruto revienta en sonrisa de cerámica y se va con la corriente de este río, laxitud. Afinidad, veneno-verano, libertad. Orbitamos alrededor del huerto magno, donde un dios es un racimo, un animalillo, un huevo, un insecto, cualquier filamento, saliva, gota estomacal, germen, simiente microscópica. Una fuerza, auge, néctar, baile: impreciso al ser un pedrusco pensante. Le susurro al cielo, lo eléctrico de su ceremonia, su azul de homenaje: “¿Qué es lo que has hecho?”. La fecundidad lo rodea, lo invade, lo proyecta. Insoportable en el jolgorio de querubines: me conmuevo ante lo vivo, el inédito instinto.
Mayúscula
Una roca inmunda daña un cielo limpio, desinfectado, nuevamente virgen (lo incalculable, el género de la materia). El trastorno, la humanidad, una miseria hermosa. El anular del niño señala hacia las altitudes. Desastre, provocación y procreación. “Las deidades diurnas caen de lo más alto”, le grito. Toneladas y kilómetros: montañas-la curva, llanuras-la recta. Devasta la invención, producto de manos ilimitadas, aquellas que tantean mi pómulo, mi nariz, mis labios, lo verídico, fibra, hebra. Cierro los ojos, contemplo cuadrados-puertas, círculos-ventanas. Gradas al balcón. Construyo una pradera esquemática donde coloco a mis hijos, los ángeles. Extiendo una manta en la que me acuesto. Determino líneas en imaginaciones ajenas, faunas y porcelanas, cuernos de ondulación sentimental, únicamente briznas, el concepto de las alas, alabanza en dislocación. Corpúsculo reproduciéndose, formando un factor, entrañas, un órgano o ley de idea, esta que presento con cariño, lección, censura: “Inmiscuirse en la gran caída, el todopoderoso bovino”. La cabeza de uno de mis retoños se acomoda en el hueco-paradigma de mi pecho = arcilla, estatua, expresar el pastizal. La punta (aguijón, niñez, un solo diablo) de cualquier estrella raya el término “vespertino” y provoca una herida profunda (cúmulo, lo cognitivo) en la criatura: ídolo y belleza. Ya los distinguiremos, pues héroes expulsados (entre cirros y vísceras y romances) traen el mensaje: “El futuro o el tabú cósmico en mi boca, la absoluta abstracción”.
Doctrina
1. Ángeles exhibicionistas esparcen el vino + baldosas y bálsamos + el título “YO REINARÉ” + ¿rosa o tulipán? + narcótico + cumbre y titán + ombligo + ritmo de los arrumacos de los vagabundos alados más animados, los méndigos divinos que se comportan como dibujantes para poder abocetar el sistema reproductor de los hombres. Dicen: ¡Bebamos el jugo alcohólico y alimentemos una a una a las mujeres! 2. Composiciones por las que marcho según la hemorragia de la aurora: ríos de pureza, rocas blancas en praderas, afinada flora de ornamentación, caballos apacibles y cultivos fértiles, dóciles aves sobre vergeles, cabañas llenas de leche y miel. 3. Pensando en analgésicas estrellas que se refugian en fetiches anímicos, decorativo al manual de un engendrador maximalista. Cambiando el matiz del celaje (tangible, abre la boca) que se vierte a través de un conducto no corporal, un masculino-simetría-lengua innegable. Exprimiendo la nebulosa del capullo que brota genuinamente de la maravilla, del despliegue fisiológico de una higuera: insignificancia, lágrima de una pubertad universal. Un recubrimiento de ambición para un contenido de ensueño = el despertar de un organismo femenino. 4. Tonalidades malvas y luminarias, desde la inspiración del inventor hasta la irradiación de lo ocular, la eclosión, el resplandor, la quema del último edén, la musicalidad producida por una praxis certera de la funcionalidad del diafragma, el ingrediente nativo, la fundación, o la ambigüedad orgánica, visaje del pequeño viñedo, por algo mineral, algo inmutable, accediendo a la posteridad, uvas fermentadas (reflexión de un soñador), introduciéndonos en la nitidez del vino, cuyo chorro es el motivo de la alegría, la sinceridad de los ilustradores-holgazanes de gloria, la diafanidad en la consideración de los trazados de nuestros amados cachorros de tigre antiguo (¿nos amputará la pierna?). 5. Una región habitada: aquellos deleites bajo los mamíferos carnívoros. El cielo y el nutriente, el jardín y el útero: efímera y benigna hembra, mutilada divinidad. 6. Al señalar a los ángeles depravados, conocemos el dedo pulgar que se cubre del líquido seminal del superdepredador. La mordedura es lo perpetuo de su éxtasis, un gusto degradado en nuestras compañeras jóvenes: colmillo inconmovible y fe somática, como una huida, una exhalación, la paz escarlata de Dios y sus primates.
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