¿Le disparo otra vez?
le pregunté a Fabián.
“Como quieras”, dijo
en su acento alemán.
Maxi chillaba con cada gatillazo
sin adjetivos. Aculaba en su calabozo
regresaba si veía mi mano
retrocedía si aparecía el cañón.
Las municiones amarillas y naranjas
quedaban dispersas en el suelo como
piezas de mi Turista en Disneyland. Hace tantos años con mis primos
no lo jugaba.
Sólo mi madre podía sacarme de mi papel de torturador:
¡Maxi! ¡Maxi!
es hora de comer
y luego de dejarlo ir
seguía preguntándome si era mi forma
de mostrar ternura en el espectro opuesto
de un beso
de Ferenczi.
Dan las dos y media
mi frente enmudece
voy en cuarto de primaria
y no quiero acercarme a la puerta de la escuela.
Todos los días de lunes a viernes
pasa el señor canoso, barbudo, en el Tsuru blanco
espera a que esté descuidado para subirme al coche y a nadie le importa
que no es mi padre.
Sucede hace más de un mes igual que en el capítulo:
un psicópata roba a una niña de primaria a la salida
diez años encerrada y ahora lo idolatra.
La serie se llama Lo que callamos las mujeres.
Dan las dos y media
mi frente sudorosa enmudece
voy en cuarto de primaria
y no quiero acercarme a la puerta de la escuela.
Mi papá marca y no le contesta
mi hermana marca y suena ocupado
mi hermana marca hasta gritar en el buzón de voz
yo marco y la llamada no entra.
Están todos en la casa de Atlixco
(ella ya no cuenta como excepto
hace mucho que no está).
Llegará a las seis:cero tres de la mañana
cuando mi papá esté tan pedo que no le salgan las lágrimas y nosotros aparentemos
dormir por obligación.
Llegará sonriendo, peda
“Sí, que se levanten todos”
le dirá a mi papá
“vengo de cogerme a otro”.
Pero yo prefiero recordar que hace mucho no está
mi papá, mi hermana y yo
le marcábamos a una muerta.
Ayer
compré un libro que no puedo leer.
Hablo su idioma, es decir, está escrito en el mío
y quiero pero sé bien: no debo repetir que no está escrito
en el mío. El libro tiene una teoría
muy interesante, seguramente
para hacerme parecer muy interesante
ante los gustos de mis señores padres.
Al salir de la librería, sin embargo
caminando por Reforma hacia mi coche
me he dado cuenta de que su lenguaje se me escapa
no allende del Atoyac sino de mis fuerzas
redondas para aprenderme la teoría que no me explica.
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