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Poemas de David Monteira

lunes 23 de junio de 2025
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Intramuros (Manila)

Remonta en un globo de helio
la luna sobre Manila;
rompe la luz por la axila
su profanado epitelio...

Recita un terco evangelio,
y en las acacias oscila,
la brisa densa y tranquila,
acompañando el sepelio...

Atónito en su hornacina
contempla un ángel de yeso
un río de luz mezquina...

Ceden los muros a un peso
de claridad mortecina
e inconsolable suceso.

 

No acompañes mis pasos

No acompañes mis pasos a la puerta
que ya ardieron los puentes y maderas,
y ha abandonado el pueblo de las fieras
la paz de la república desierta.

Si me encontraras, no unjas con la incierta
nostalgia de apagadas primaveras
el perfume que dejan las primeras
flores de abril sobre la tierra muerta...

Y nunca, aunque te llene la garganta
un surtidor de alegres ruiseñores,
de anémonas y dientes de león...

y grande sea el vigor que te levanta,
publiques la verdad de tus amores:
la verdad no interesa al corazón.

 

Átika

En la hora gris, visitamos las ruinas de Átika,
las piedras humeantes bajo puentes de aurora,
los desiertos palacios donde galopa el silencio,
y se emborracha la muerte.

En la hora triste, recorrimos la ciudad de Átika,
las calles donde la mañana tiene la desnudez del llanto,
las plazas donde yacen amontonados cuerpos,
los bosques blanquecinos que se mezclan con el humo.

Subimos a la muralla para contemplar las ruinas del cielo,
el fuego incoloro de la aurora sobre la ciudad de Átika,
para no sentir el hedor insoportable
de las caballerizas de la muerte.

Caminamos sobre el adarve,
contemplando los arrabales de Átika,
el horizonte vasto y retrasado,
retrocediendo ante la fanfarria de la muerte,
por el que desfilaban sin ruido los ejércitos.

Dormimos sobre la muralla, en la ciudad de Átika,
para poder contar con exactitud los huesos
y deleitarnos con la luminosa danza del fuego,
para arroparnos con la frazada de cálidas estrellas.

A la mañana siguiente, abandonamos la ciudad de Átika;
descendimos sigilosos de lo alto de la muralla
para no perturbar el descanso de los muertos,
reunimos nuestras blancas monturas
y nos alejamos de sus gruesos bastiones;
regresamos a casa sin volver la vista atrás,
llorando en humillante silencio.

 

Siempre juiciosa rutina

Por la rutina cambiamos saludos con la nostalgia,
a ella sola debemos el hábito de las cosas,
a ella abiertas ventanas frente a incansables paisajes
donde se pierden las horas sobre cañadas desiertas.
Es la criada juiciosa, objeto de nuestras iras,
que plancha la ropa vieja con un amor silencioso,
y sirve la sopa tibia que siempre es mejor que nada
donde se moja el mendrugo de la aceptable tristeza.
La confianzuda criada que a nadie en verdad importa
zurce los agujeros con mesurada alegría,
recoge discretamente los vasos de alguna fiesta,
y cierra postigos sordos a la llamada del viento.
Cuando el invierno resiste entre paisajes inmóviles,
empuja con una escoba las sombras de la tristeza,
apunta el dedo impasible hacia el final de la noche
y mata en el gorrión verde todo incurable deseo.

 

Niña con muñeca

El eco no arrastra las dunas para que llores, oh niña,
para que estalle en tus manos la pólvora del invierno,
para que limpies los labios de goma de tus captores,
mientras la orilla arenosa desliza vagas promesas.
Siempre las luces del puerto recuerdan a despedidas, siempre
que miras hacia poniente son pálidas las ciudades
donde se fingen los besos y tu muñeca está triste,
está callada y hambrienta, tiene en el pecho de trapo
la flor de una herida abierta...

 

Paseo en barca por las orillas del sol

Hoy hace trescientos años que se inventara el amor...
¿Recuerdas?
Los cisnes en el estanque erraban bajo el reflejo
del ondulado palacio...
¡Pues claro que lo recuerdas!...
Las carpas soñaban horas
tristes robadas al sueño,
mientras el remo anunciaba el óbito de tambores,
y consumía el poniente la punta gris del cigarro,
y el corazón de la noche era más grande y cercano,
y entraba en su tirolina la luna sobre la tarde,
cuando moría el amor
que apenas se había inventado.

 

Mimos callejeros

Compone la estatuaria
voluble de las aceras,
con el visaje insinceras
figuras de una plegaria.

Trasciende la milenaria
brisa de mil primaveras,
entre estas aves viajeras
de vocación sedentaria.

Un diente gris de carcoma,
al hueso que el hambre arroja
incontinente se inclina.

Y así estos dioses de goma
presienten la paradoja
de su humanidad divina...

David Monteira
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