Poema del maricón migrante
“Amor, yo sé que quieres llevarte mi ilusión...”
¿Quieres café?
Lo mandaron de mi país,
el de aquí no sirve...
“...si te llevas mi alma, llévate de mí también el dolor...”
Hay tanta necesidad de abrazo en los ojos. Las manos se crispan en caricias que nadie quiere.
“No puedo ser feliz, no te puedo olvidar...”
Mira, este es mi pueblo...
“no se puede tener conciencia y corazón...”
Muestra la foto,
pero en realidad busca mostrarse a sí mismo,
su infancia,
lo que la distancia le ha quitado.
“Alma mía, sola, siempre sola, sin que nadie comprenda...”
¿Ya te vas?
Regresa cuando quieras.
“No te detengas a mirar las ramas muertas del rosal que se marchitan sin dar flor...”
Escucha un sí indiferente,
seguido por una vacía expresión de gratitud.
“...tengo las manos tan desechas de apretar que ni te puedo sujetar...”
Bola de Nieve sigue cantando.
“Si me pudieras querer...”
Hay tantos si condicionales en esta vida que quitan el aliento,
cortan el pecho,
bombardean las bases del alma...
“... es mejor el verso aquel que no podemos recordar...”
Oye la puerta cerrarse,
se mira desnudo en el espejo,
entre las sábanas sudadas y arrugadas...
Arrugas, en la cama, en el rostro, en el alma...
“Si yo encontrara un alma como la mía...”
Pude ser tanto, dar tanto, se dice a su imagen en el espejo...
Se esfuerza por sonreír...
“fingiendo una existencia siempre llena de dicha y de placer...”
Las manos se crispan, una vez más...
Temperatura, distancia
Nueve grados.
No hay viento,
sólo esa leve neblina fría,
conformada por el vapor de las palabras dichas demasiado rápido.
No hay viento.
Los árboles se amodorran
entre estridentes luces artificiales,
los alaridos de las ambulancias
y el olor que emana de las coladeras.
Nueve grados.
Se empaña el cristal de las ventanas.
Tus ronquidos / mi insomnio.
Nueve grados que se hacen ciento ochenta.
Hiperestesia
Verily, love is death, and death is life to come.
Frater Perdurabo
El atardecer explota en un rojizo terroso,
como la flema que tosen los tísicos moribundos.
Abrazado a un cráneo amarillento
roo mis propios huesos.
Una gran rata albina muerde mi agusanado cerebro.
Un sapo salta dentro de mi vientre,
hace borbotear mis asustados intestinos
cual marmita de bruja.
Sospecho que no hay mucho más tiempo.
La escucho venir
entre el viento seco, el polvo omnipresente
y el ladrido histérico de los perros.
No, no es la muerte.
Nunca se escucha a la Silenciosa,
a la Compasiva,
a la Amada.
Oigo la insoportable marcha de la vida
que se acerca
en su vulgar estrépito.
Vértigo (ascendente en Capricornio)
Mis dioses no responden;
quizás porque estoy tan lejos del mar,
tan cerca del cielo.
He ascendido tanto...
Jirones de mí han quedado por el camino.
Nada hay a mi alrededor,
salvo estas rocas sueltas bajo mis pasos
que ruedan hacia los abismos.
He ascendido tanto...
Las nubes no me dejan ver.
Hay una luz blanca, neblinosa.
Encandila,
.......ciega,
.............duele.
He ascendido tanto.
No puedo respirar...
Lo he cambiado todo por esta altura,
por este vacío,
por esta luz muda,
enceguecedora...
Y ya no me quedan pies para el descenso...
Susurros
Te vas,
siempre te vas.
Te vas yendo.
Arena negra que se escurre entre mis dedos,
espejo hecho trizas contra el piso
por una ráfaga de viento desnudante.
Mientras,
cubierto por mi pátina de tristeza,
quedo
esperando correos que no llegan
y cuyo contenido ignoro,
pensando que algo ocurre y me lo pierdo.
Hay en mí algo de Tántalo y de Sísifo,
un goce sombrío con cosas que nunca pasan,
una sutil y fútil
aspiración a algo que transcurre en otra parte.
Un raro presentimiento de que
como en un revolotear de cuervos
dentro de una cueva
suceden cosas que no percibo
y que irremisiblemente
se van,
siempre se van.
Se van yendo.
Como tú,
inasible hálito de luz temblona
que juegas dentro de mi pecho,
donde quizás se guarden
mis ariscas alegrías,
mi vida toda.
Ánima sola
Mi epitafio podría ser:
murió por tantos no.
Nadie sabía cuántos no puede soportar alguien,
hasta que me mataron.
San Sebastián
Al principio los no
eran dardos emponzoñados, esporádicos.
Se clavaban en una carne temblorosa,
dejándola anémica, asténica, asfodélica.
San Bartolomé
Pero los no-saetas
se multiplicaron tanto que abrieron grandes surcos en mí,
me arrancaron la piel,
exponiendo mis nervios al aire rancio,
a las sarcásticas carcajadas,
a las miradas conmiserativas,
a los estúpidos “tú puedes”,
a unos nauseabundos “ten paciencia”
que terminaron de desollarme.
San Esteban, protomártir
Ya sin piel,
expuesto del todo,
indefenso,
los no caían como piedras,
rompiendo los músculos,
quebrando los huesos.
San Caralampio
Lapidado, sin poder moverme,
ya no más que un amasijo,
los no ensartaron lo que quedaba de mi cuerpo
y corrieron con él en diferentes direcciones,
descuartizándome.
San Lorenzo de Roma
Asaeteado,
sin piel,
la carne y los huesos hechos pulpa,
en fragmentos,
no fue suficiente.
Los no se hicieron llamas:
fui reducido a cenizas en una fogata enorme de no.
Purgatorio
Sin cuerpo, los no prosiguieron.
Se hicieron una montaña,
ahora la voy escalando
siendo un ectoplasmático soplo de cenizas
que los no intentan dispersar constantemente.
En la cima de los no,
no había nada más que mi condena.
Todos los martirios fueron míos
sin merecer la santidad.
Ruindad final:
los últimos no incluso borraron mi recuerdo.
Como cualquier cristiano muerto en la arena
de esos sin canonizar,
nadie guarda siquiera mi nombre, mis escasos méritos,
mi insaciable sed de algún sí.
Y ahora, en medio de estos patéticos y tibios fuegos
me desvanezco en un purgatorio de insignificancia,
siendo no yo mismo.
Ya no hay paraísos
.....No hay
............No
Golondrina, migrante
Estas alas diminutas han cruzado océanos,
este cuerpo mínimo ha desafiado huracanes.
No todos se atreven a huir del invierno:
muchos prefieren la escarcha
al cambio.
Tú,
avecilla insignificante,
escogiste seguir al sol.
La nieve arrasó el nido donde naciste
y ahora revoloteas
entre dorados atardeceres
que no te reconocen,
que nunca conociste antes.
Tu vuelo grácil hace más ligero al aire.
Vuelas tan rápido
que no se distinguen las lágrimas
con las que limpias el camino.
Son bellos estos árboles,
pero no son tus adustos pinos.
Son deliciosas estas semillas,
pero no es el sabor que tu madre ponía en tu pico,
en un tiempo cálido,
en otro mundo.
Nadie reconoce el tanto esfuerzo
que han hecho tan pocas alas.
No dura siempre el mortal frío.
Quizás algún día regreses a tu nido.
Quizás haya otras primaveras.
Quizás...
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