
París Berlín Roma
Pedro Alcarria
Poesía
Ediciones Vitruvio
Madrid (España), 2025
ISBN: 9788412978582
98 páginas
En qué ciudad morir, en qué poema
Si alguna vez apesto a cobardía
tras años sin arder en puertos francos,
será porque he perdido las palabras
hundidas hasta el fondo de este cráneo.
Tendré que reventarlo entre las órbitas
con la violencia de Cristo en el templo,
escalparlo, desarbolar la cruz de los días
—trazada en las lindes de la memoria—
y erigirme otra cruz de luz.
Pero esa luz en qué ciudad vendrá a morir,
en qué poema escarbará mi escombro.
El poeta busca inspiración
Porque en noches absolutas
el poeta busca inspiración
pero es temprano en la mañana sin espacio.
Porque el deseo pregunta qué boca robar
pero prueba suerte en cada bocanada.
Porque es un violento ejercicio de abandono
pero un ritmo extraño que se desnuda.
Porque canta la desesperación de perder
pero la canción salvaje no sabe nada.
Porque el poema es mi amor sin palabras
pero es de nadie y nace sin sonido.
Porque estoy repitiendo su imperio implacable
pero me levanto desarmado y solo.
Porque sin el poema estoy ciego
pero de la mirada alucinada de otro.
Porque hay armas afiladas de inteligencia
pero no hay canción de carne entre hipótesis.
Porque estoy sentado en el miserable centro
pero en medio de la nada el secreto es un rayo.
Porque arremeto con sed airada
pero se me deshace en plata sin espuma.
Porque ofrezco mi lengua
pero mi lengua no basta.
¡Porque no soy yo! ¡No es a mí!
pero el trabajo exige el fallo luminoso.
Exige la canción.
Führerbunker
Hay un niño que condena a los demás
con su traición en el abismo.
Siempre acaparando la triste luz de los búnkeres.
El vértigo de su voz sin escrúpulos
se despliega desarmado en el espacio,
en el rumor de las calles que por azar
transporta una débil maldición,
sobre un fondo enloquecido de canciones marciales.
Desde el charco de sangre que se irisa y dialoga con el sol,
hasta el ruido blanco que a escondidas recita su amargura.
Preámbulo o fragmento de placer carbonizado,
posesión inaccesible en el templo de ayer.
Ironías que se convierten en la retórica de un dolor real,
en una cámara de tortura habitada
por el enfant terrible del megáfono,
de pie sobre la silla de dentista,
gritando al mañana,
que se enciende y apaga en un salvaje ballet,
bailado por el corazón mecánico
Roma, si yo hubiera sabido
Roma, si yo hubiera sabido que eras su dueña,
recordaría los ojos que una vez dijeron el oro
del poema.
Aunque con los años el poema ya no me importa,
incluso si adoptó un contorno y fue la imponente piel
que cubre este mundo de ruinas y vestigios,
en un lugar perdido del futuro.
Dijiste que era una bestia sufriente,
que acechaba entre las iglesias amontonadas,
rugiendo verdades con el cabello erizado
y el falo incandescente igual que un muñón.
Que era un frío tren sentimental devorando los raíles,
declamando su verdadera densidad metálica.
El poema estaba vivo entonces y obsesionado
con la idea de desgarrarme los ojos.
Laten los frescos de las paredes
teñidos de verde por el moho.
Late el poema teñido por un recuerdo
y flota sobre el recuerdo un instante.
Luego se hunde bajo el cauce de todas las cosas
repetidas, simétricas, nubladas, muertas.
El poema te advierte del abismo
El poema te advierte del abismo
antes de reunirse contigo bajo el caos.
Pues no hay lugar ni tiempo para el valor
y te atraparán vivo con mil nieves.
Mejor perfeccionar la entonación,
mejor ahora que el objetivo es discutible,
que estás compitiendo por la miseria.
El poema va a ser el árbitro de tu tribulación,
él te ayudará a calcular las dimensiones,
él te ayudará a horrorizarte.
Un paseo por el Louvre
Es el error fatal de abrigar esperanzas:
Siempre que voy al Louvre a iluminarme
me asalta un ataque de furor.
No perdono la belleza
que es como una perra cariñosa
saltando de alegría a mi lado.
Y querría apalearla hasta la muerte,
por un repugnante juego de la inteligencia,
por el trino ambicioso de mi corazón.
Y me pongo a contar fábulas idiotas,
de las que no tengo fotos ni pruebas.
Todo para que el asno ascienda.
A menudo me arrepiento,
—sala tras sala del Louvre—
de este arranque atrabiliario,
de esta flor de mi crimen,
de estos estúpidos augurios.
Maldiciendo por los pasillos del museo,
enfermo de esperanza.
El grito
Paralizado por el grito neurótico de la ciudad,
el poeta busca inspiración para destruir su mente.
Sonríe infeliz empapado de alcoholes,
o de silencio entre prohibiciones,
o de la lógica del amor sobre todas las cosas.
Con frases que son como cicatrices.
La palabra es la úlcera del silencio,
un liberador pecado contra el ruido.
Y la única conclusión es que todo es inusual
y que todo se repite y no cesa.
La historia se adapta a la ola de asfalto
y el mismo secreto que guardaba el mar
sonríe cianótico rodeado de escombros.
El poema es un intento compuesto a pedazos,
da igual cómo suceda podría ser de otro modo.
La muerte revelará su voluntad en los detalles,
en la conciencia quemada por el signo.
La ciudad gritó por miedo a la revelación
y no habrá leyes que limiten la violencia
de la cicatriz, el día que la mirada se fije.
Pero aún el poeta se alimentará extenuado,
en el erial inmenso de su mente.
Preciso para que el sol, alfa constante,
se ponga entre lamentos y exclamaciones.
Berliner Mauer
Sólo los condenados a muerte son mis hermanos.
Para explicarle el ruido opresor a Berlín,
para exponerle la verdad del ser,
no basta con desnudarse ante los muros.
Hay que atravesar sus suburbios,
donde las hormigas nos juzgan a la salida de las fábricas,
saltar las empalizadas, cruzar los eriales
y las barricadas que abrazan las autopistas,
y todo lo que traza marcas de ira en los arbustos.
Hay que desistir de hacerse entender
en esta fiesta de siervos que declina.
Berlín es el rayo urgente en el aeródromo,
un paseo en bicicleta bajo el peso
de la condición humana.
Obstáculos, prohibiciones y excursiones dominicales.
Canciones en la roca,
reservorio de música en los túneles.
Insomnio del ideal desvanecido,
del signo depravado.
En los trenes U-Bahn, aplastados por su equipaje,
los viajeros se besan unos a otros
todo el camino hasta el hueso.
Berlín es el territorio del otro.
Sólo los condenados al olvido son mis hermanos.
El verso percute contra el muro
con incapacidad dolorosa.
Cualquier valor, cualquier victoria,
crece como hierbajo entre las grietas
- París Berlín Roma, de Pedro Alcarria
(selección) - lunes 28 de julio de 2025 - Seis poemas de Pedro Alcarria Viera - lunes 1 de noviembre de 2021


