Los niños sensibles suelen llorar a solas
Los niños sensibles suelen llorar a solas
esquinados en un ángulo del patio
mientras miran rodar el balón y nadie
les pasa la bola la ola la esfera redonda
del reloj en que jugar al fútbol con todos
Los niños sensibles suelen llorar a solas
coleccionan en secreto flores y mariposas
buscan con el corazón una niña rubia
y para tomarla de la mano delicadamente
y para beber sus lágrimas de niña triste
construyen andamios construyen
escaleras de caracol construyen tal vez
inmensos nidos de plumas blancas
Los niños sensibles suelen llorar a solas
no pueden ver el mar en los atardeceres
a veces sienten una profunda nostalgia
y no saben de qué yo no sé de qué
a veces digo se sientan en un banco
y se les queda la mirada como ausente
sin estar mirando a nada en concreto
no pueden ver el mundo con esos ojos
que miran todo como si vieran siempre
cada cosa en sus vidas por primera vez
Los niños sensibles corretean tratando
de llegar a la curva del repecho
donde todo el camino en adelante
se hace cuesta abajo y como por azar
encuentran una estación de trenes
y un tren esperando la orden de salida
pero no hay peldaños de escalera
para subir a la plataforma de los vagones
el jefe de vestíbulo ha cerrado
a la una del mediodía para comer
Los niños sensibles suelen llorar a solas
incluso cuando les llega la vejez
y entonces en la vejez se les ponen
los ojos brillantes les gotea lana
el corazón y tienen mucho sueño
dejadles dejadles por favor dormir
Son ellos quienes saben mejor balancearse
en el parque en los balancines de muelle
con las niñas de uniforme de colegio
cortar las rosas por el tallo leer
complicados manuales de disecciones
anatómicas versos de poetas clásicos
los discursos de Cicerón en latín
pero tartamudean con frecuencia
ante cualquier apuro se sonrojan
en sus peores momentos confunden
el sur con el norte la derecha con la mano
izquierda los nombres de los emperadores
con los nombres de los mártires cristianos
Los niños sensibles suelen llorar a solas
columpiarse a solas en la inmensidad
hacerse pequeños según van creciendo
según le van midiendo las alas al cometa
de la vida para que vuele más lejos
para que no se vea el final ni sople
fuerte el viento para que el vientre
del sol les temple a ellos los labios
para que los cometas puedan también
ir más allá de las nubes que cubren
el azul del cielo como un manto gris
Los niños sensibles suelen llorar a solas
mojarse las botas de agua en los charcos
llenarse de charcos los ojos llenarse
las piernas las manos la boca de charcos
de regreso sí llegar cojeando a casa
porque un clavo les araña la planta del pie
Los niños sensibles suelen llorar a solas
morirse a solas cuando les llega la edad
(De Al sur del norte, 1982)
Asesinado un Bambi se busca...
Asesinado un Bambi se busca
la última huella de sus patas
sobre el cuarzo la sábana
de plástico transparente
para envolver su cadáver
si dejó esperma orgasmo
marca alguna reconocible
con que enjuiciar el óbito
si acaso era comunista
anarquista masón infiltrado
en el bosque o simplemente
Bambi muchacho que recorre
en silencio las aceras
pues nada tiene nada lleva
las manos a la espalda
se detiene a ver anuncios
luminosos en las cornisas
y saledizos de las casas
golpea botes de cerveza
a la entrada semioculta
de un garito con portero
uniformado de una noche
donde mujeres desnudas
manos de pantera pechos
de piel tirante ofrecen
cálices saciados de mosto
para que el muchacho beba
A las puertas de la noche
un Bambi juega con las ramas
de los árboles juega
con la lluvia con sus patas
eh vendedor de marihuana
viajero de la autopista
eh pacifista de ensueños
qué lejos de casa y tú ladrón
de amaneceres muchacho
se llevaron mucho más al norte
mucho más al sur al este
las semillas de los campos
aquí sólo se cultivan las macetas
el verdor es un negro pensamiento
para que no puedas no entiendas
para que nadie diga que esta ciudad
incumple las normas corporativas
una mariposa disecada en la frente
no es nunca un signo de esperanza
(De 34 posiciones para amar a Bambi, 1988)
Otoño en el jardín de Pancho Villa
Cuando el otoño dora las hojas
de los árboles que el invierno dejará
desnudos, toda la tristeza
de nuestras vidas se asoma
a las verjas del patio
como si cesaran los rumores
de las fuentes, el ruido de la calle
hubiese dejado de sonar.
De repente pasa un automóvil
pintado de amarillo o se detienen
unos niños a trazar grafitis
en la madrugada, y nos sentimos solos.
De repente nos sabemos
solos, inmensamente quietos
junto a la fuente de piedra
o los muros de la propia casa, en medio
justo de la rotonda con flores
que se mueren. Cualquier banco
es bueno entonces para descansar
en el jardín de Pancho Villa
tardes como esta en que sestea
un sol penúltimo sobre los cristales.
(De Otoño en el jardín de Pancho Villa, 2011)
Imposible saber de quién son esas manos
Imposible saber de quién son esas manos,
dónde estuvieron antes de estar ahora
quietas, inmóviles, como acaparando para sí
todo el silencio o a la espera de alguien
que venga, las mire, las vea, junte sus manos
con estas manos, sus dedos: finos, perfectos;
las uñas de nácar. Imposible, sí, tocar
sin acariciar estas manos; verlas
y no querer ser reconocido, recordado
por ellas, dormirse en su suavidad
sin asperezas, sin contrastes ni frío
que nos aparten súbito de esas manos.
Imposible no querer que nos quieran,
nos busquen, nos halaguen, dibujen
para nosotros campos con árboles, ríos,
la inmensidad de una playa sin nadie;
detengan el tiempo en nuestras mejillas,
simplemente al tocarnos, esas manos.
(De El tipo del espejo, 2010)
La chica del cuento
Ella era Caperucita Roja vistiendo la seda
De un pijama blanco, algo más baja, sí,
Que la muchacha del cuento y más menuda
Su silueta. A ti te gustaba acariciarla
Entre la ropa y poner orden en el desorden
de los rizos de su pelo. Ella era rubia,
enteramente rubia, casi albina; una mezcla
curiosa de chiquilla y de mujer perfecta
con largas piernas, los ojos claros y esa
melena dorada como el color del trigo
cuando lo agita el viento. Tú desandabas
el camino de tu vida para encontrarte
entonces con ella, tocabas a todas
las ventanas con los dedos para llamarla,
dejabas mensajes de amor en los buzones
de las casas y mensajes de socorro
en el grito de las ambulancias y las UVI móviles.
Ella era quien sonríe en la foto de grupo
de los cumpleaños, quien tecleaba
torpemente en el ordenador su nombre,
quien salía de casa todas las mañanas
para ir al hospital y ponerse ropa de enfermera.
Pero, sobre todo, cuando te llegaron un día
la vejez, los dolores y el insomnio, ella
era la chica del cuento que leíste una vez
a una muchacha rubia en el banco de un parque.
(De Margot en la Plaza de Castilla, 2013)
El rojo de sus labios
El rojo de sus labios es el rojo de un cuchillo clavado en la garganta y el mismo color rojo de sus medias de cristal desnudándole las piernas. Es el rojo de su bolso de piel a juego con el rojo de los zapatos de tacón alto, los botones forrados en cuero rojo de su traje sastre y las flores del foulard que luce al cuello.
El rojo de sus labios es la sangre roja de la luna, la sangre que empapa los capotes de los toreros en la plaza de toros una tarde de domingo, la sangre de los decapitados por el hacha del verdugo en el cadalso y la de los asesinos que matan a navajazos a sus víctimas por sorpresa. Es el rojo de las guerras y del mor que se mastica con furia en la boca hasta hacerla sangrar por las encías.
El rojo de sus labios es el rojo de un incendio y el rojo de las llamas reflejado en los ojos de los animales del bosque que huyen del incendio. Es el rojo de la cresta de los gallos prisioneros en las jaulas de una granja de animales, el rojo del hierro que se funde para hacer acero y el rojo de los semáforos en rojo de las calles.
El rojo de sus labios es el color que prefieren los suicidas y el color de la hemoglobina de la sangre que huelen los tiburones a varias millas de distancia en una gota de sangre perdida en el océano.
(De El rojo de sus labios, 2013)
Betty Boop nunca sonríe
Betty Boop nunca sonríe, no asoman a su boca
de fresa los dientes manchados de rojo. Parece
incluso que Betty Boop fuera muna, una flapper;
ya lo ven, que no tuviera voz propia en la vida
con la que hacerse notar. ¿Cómo pensar en ella
si resulta sólo un bonito dibujo en una cartulina?
Betty Boop luce sus adorables piernas infinitas.
No es Helen Kane sino la pícara Mae Questel
que canta como Helen I Wanna Be Loved By You.
Yo siempre la veo con zapatos de tacón alto, esos
aros de oro que encajan en el lóbulo de las orejas
y en las muñecas como el anillo del hula hoop;
el pelo ondulado y sus pestañas largas, gigantes,
capaces de magnetizar a cada parpadeo hipnótico.
Yo sueño con Betty Boop y su vestido ceñido
a las caderas, el corazoncito que adorna sus ligas,
sus torpes movimientos mientras camina, estira
hasta el cielo los brazos cuando se despereza.
¿Es el diablo que nos enamora poniendo cara
de niña? ¿Es un ángel que anuncia un perfume?
(De La soledad de Mickey Mouse, 2017)
Yo te amo en silencio
Mientras que el Ibex treinta y cinco cae,
yo te amo en silencio. Entre el primer
plato, de cuchara, y el bistec con salsa
roquefort, rozo con mi pie descalzo una
pierna tuya con finas medias de cristal
de lunares. Cuando escribo de ti, te tengo
encima de la mesa, invento a mi capricho;
y me atrevo —entonces— a tocar sin miedo
alguno tu piel; pero todo se va si de pronto
yo abro la ventana, el viento desordena
mis papeles. Si el Ibex treinta y cinco cae
arrastrado por Tokio y Nueva York, París
esta mañana amanece con niebla helada
en el bulevar de Clichy, Las Capuchinas;
y ahora en la plaza de España de Madrid
disputan la rama de un árbol dos palomas.
Mientras que la Bolsa en el mundo cae
dos veinticinco enteros, te amo en silencio.
(De Como necesidad, el silencio, 2020)
Hoy leo a Pedro Garfias
“Sobre el culto césped
el triunfo de una espiga”.
Pedro Garfias
Sin saber por qué, hoy leo a Pedro Garfias, y lloro sobre una gran roca, y mido la distancia de mis pasos, y se va perdiendo mi voz. Poco a poco, me quedo mudo.
Cuando le grito fuerte al silencio, a este silencio conmigo; me responden cien letras en cursiva, itálica, bastardilla..., corriendo por un renglón de mi escritura, y si quiero poblar la soledad, asoma una espiga creciendo sobre el césped.
Esta música mía no sé si llegarás a escucharla ni sé si haremos juntos barquitos de papel para el agua de un estanque, pero yo camino por el río y vuelo en las alas de los cometas para niños, como una bola polvorosa reducida a ser apenas nada.
Sin saber por qué, hoy leo a Pedro Garfias, y me resulta un poeta muy lejano, ahí perdido en el margen de sus libros que amarillean y en el llanto de sus poemas escritos en Madrid, Sevilla, en Eaton Hastings, Oxfordshire, México. Tal vez —pienso— todo en la vida acaba siendo parte de un mismo exilio —y del olvido.
(De Para que me leas en noviembre, 2022)
Así somos, gente que oye llover
Así somos, gente que oye llover.
Llenamos los pañuelos con el agua,
sucia y salada, de nuestras copiosas
lágrimas, dedicamos demasiado
tiempo a espantar incómodas palomas,
arrancar malas hierbas del jardín.
El amor nos duele profundamente.
Nos imaginamos como Robinson,
damos un grito como el de Tarzán
en la jungla, con Mowgli coincidimos
perdidos en El libro de la selva.
En el patio de butacas de un cine,
comemos puñados de palomitas;
en los bancos del parque, vemos nubes
arriba de nosotros en el cielo
con las formas de un caballo, una mano;
con el vaho de la respiración,
escribimos “tristeza” en el espejo
del lavabo. Así somos, sólo gente
necesitada de muchos abrazos,
caricias, multitud de ajenos besos.
Nos baja de los ojos la ternura.
Insomnes, damos vueltas en la cama;
casi inapetentes, nos alimentan
la nada de unas galletas, un flan
de huevo, natillas, unos suspiros
de monja mojados en chocolate:
nos encantan los buñuelos de viento.
Así somos, gente que oye llover.
Nos bañamos desnudos en el mar,
cogemos cangrejos con los reteles
en el río una tarde de verano.
Como esta tarde soleada de hoy
mismo en la que nada sucederá
nuevo que no hayan visto nuestros ojos.
(De Qué largo es el día con sus silencios, 2024)
- Diez poemas de Manuel Lacarta - miércoles 6 de agosto de 2025


