Hasta que te encontré
Al maestro Frank Fernández
Anduve y anduve entre trinares de aves,
visitaba aquel campo como si un compromiso
con los sonidos me extasiara.
Amaba los arroyos también por la cadencia
de las nubes o ramas susurrantes llevadas en su espejo.
Ligero era el concierto,
“suave y fuerte”, si corría lento o chocaba con pedruscos,
el mismo sonido tal vez lo escuchó en algún sitio
Bartolomeo Cristofori,
o por ventura otro paisaje similar
fue presentido por Chopin,
¿o serían inventados por el mismísimo Apolo?
Creí ver a mi Calíope sonreír
cuando llevaba al poema los encantos aquellos
—aunque amo a Walt Whitman, mis versos son rítmicos,
hasta un tanto bailables—
Las cuerdas de la vida me halaron a este sitio
donde no he vuelto a disfrutar aquel paisaje.
Languidecía cuando me llevaron
a la última velada de Ernesto Lecuona,
que me trasladó a aquel sonido “suave y fuerte”
del lugar que me extasiaba.
Y no hubo más trinares hasta que un día
apareciste tú.
Ibas de aquel teclado que trasladaba la vida a su sonata
trayendo alguna vez la Misa Solemnis de Beethoven
o Wolfgang Amadeus Mozart en cualquier sinfonía,
hasta que nuestra musa nos tomó de las manos
y aquel día que nunca dejará de existir
hizo que fueran una misma presencia
la música y mis versos escoltados por las voces
de Denys Ramos y Clarita González
Continuidad eterna
El mundo era un jardincillo
donde los lirios se entrelazaban con las margaritas
y parecían pedir que me empinara
para adornarme el cabello corto y lacio.
Tan leve corría el aire que las mariposas
más que volar afloraban.
La abuela me leía
el poema de la abeja, la colmena y las flores,
luego la perra Milinda me seguía
hasta el mamoncillo debajo del cual
yo partía las almendras.
Sin apenas darme cuenta
ya no tenía que empinarme
para que las flores me adornaran el cabello,
entonces el mundo pasó a ser una escuela
reproducida en cada árbol,
en cada viaje, corto o largo,
también en filosofía, torpeza, envidia.
Fui venciendo, en cada colegio, las materias,
algunas con las notas más sobresalientes,
sobre todo en aquellas sobre pérdidas humanas,
constantes adioses y perennes dilemas.
Presagio
Sumergida estaré en las aguas quietas.
Ahora mi río es una dócil fuente.
Navegaré siguiendo su corriente,
para cambiar mi albur no existen tretas.
Me place reencontrarme con estetas,
es esta mi verdad más contundente.
A qué engañarme, no soy inocente,
ya viví mis espléndidas facetas.
Mantuve un manantial de sentimientos
del que sólo me quedan los cimientos.
No reniego de todo lo perdido,
más bien doy gracias por lo que he vivido.
Ya no arrullan mis aves al poniente,
con sosiego me abrazo a este presente.
- Tres poemas de Carmen Serrano Coello - miércoles 27 de agosto de 2025


