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Cuatro poemas sentimentales

miércoles 17 de septiembre de 2025
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Albores

Amamos.
Despertamos al sueño todos, algún día.
Nos unimos al ágape
de los dedos míticos, las paredes albinas.
Aprendemos sigilos, terciopelos, notas,
casi todas las aves nos parecen espejos
y la mano se vuelve de la lenta esmeralda,
inercia de los bosques amarillos.
Sin saberlo
creemos escuchar a las hondas semillas
saludar a los huesos
o dar con el discurso de los árboles.
La juventud irrumpe y se despliega
con las alas de un bosque, se vuelve poderosa.
Nos besamos con los labios nuevos,
casi eternos, diría
y una tarde de bruces
con la piel de hojarasca
el cuerpo nos devuelve al esqueleto
de la torpe semilla.
Nos decimos entonces: los versos son inútiles.
Ya no quedan albores tras la cima de estaños.
Las mañanas se llenan de los mismos insectos,
subterráneos jinetes cabalgando en los páramos
como aviones maduros con las alas podridas.
Y al afán se le olvida el trabajo del alba.
Al amor le parece que el alcor no recuerda
el rumor procedente de las rosas desnudas,
de los pies en el aire y el gran Sol de la orilla.
Que es aún poesía la estación de los párpados
y su aurora se escribe cada tarde de umbrías.
Que hemos sido, somos y seremos
aquella luz, gran luz.

 

Pupitre

Aún recuerdo el final de las páginas
de aquel libro de pasos.
Hablaba de un poeta y un país dolorido,
sesgado por el rayo.
Aún recuerdo los versos que sabían a céfiro
cuando el ayer venía de parte de las letras
y llenaba tu voz un coro de semillas.
Corazón de Machado.
Al Sol de par en par en ti, por ti
poema en la ventana
midiendo la caricia de los ríos,
los alientos nevados,
la rica geometría de los árboles.
Que estabas en mi sien desenredada
allí donde pelean las mazorcas
por el verde asombroso
o el pan muestra el empeño de los soles
en la espiga encarnada.
Allí donde, tarde o temprano, la mirada crece
imán de girasoles
y el tibio aliento llega de la nada
para hacerse colmena,
sillar del edificio que palpita
como un bosque carnoso.
Que estabas en mí, para las tizas
en pupitres sin clavos y pizarras descalzas
de paredes al viento.
Por eso te sentaste al final de los versos
con los ojos pausados y el mar en los bolsillos.
Y te escribiste tú.

 

Madre

Recuerdo un primer verso con tu nombre
asomando a unos párrafos
como una palabra tierna que se sabe del mundo.
Al trasluz vagamente
una tarde de vientos observar a los ángeles
saludar en el páramo
y pensar en sus alas o mirar a los brazos,
a los últimos árboles
y llenarse de versos o de ramas llenarse
sobre un ancho cuaderno de balcones y párpados
o jugar a ser sólo un pedazo de aliento,
una risa, una espora en la piel de la Luna.
Que lanzaba un guijarro (el arroyo lo sabe)
como un breve poema por los largos albores
para ver sumergirse un silencio cualquiera
en un mar de palomas.
Madre.
La memoria me cuenta
que tu arboleda vive en los relojes
deshojando minutos
y visita los muros de afiladas ventanas
y los dedos ausentes
o descuelga los teléfonos con palabras húmedas.
Que tu aliento perdura y se vuelve la espiga
que incomoda a la nada.
Que germina sin tregua como el lirio en el vaso
y en sus ígneos reflejos se adivinan cometas,
poemarios del techo con la letra ligera
entre cuatro paredes, cuatro páginas negras
y el buzón del invierno se abarrota de pájaros.
Tuyos, Madre.
Porque en todo habitabas,
todo en mí se escribía.
Y aquel viejo poema
deambulaba en tus hojas con el mayo en los labios.
Siempre, Madre.
Porque todas las flores me salían del pecho
como un ruido de abejas,
de latidos tintados
recuerdo un primer verso con tu nombre.
Cada verso.
El verso.

 

Lorca

Leo: García Lorca, Federico,
paradero infinito, treinta y ocho años,
treinta y ocho pasos sobre el viento,
poeta, dramaturgo, músico, constructor de alas.
Se adentró con los ojos tardíos
en la patria del sueño.
Ayer mismo sus brazos se volvieron canarios
del celoso horizonte.
Federico García Lorca
fue el poeta de todos,
un poeta de océano.
Fue Miguel y Gabriela
en la casa del céfiro.
Fue Machado, Vicente
y fue Dulce, Unamuno
y el Guillén de la rosa
más sutil, más profunda,
más cercana a los huesos.
Fue la isla de Pablo
y las manos de Alberti,
la piel de Juan Ramón en las espigas.
Un amigo asegura
que ha dejado una lágrima envuelta
en un paño de oro,
una serena esquela para el día.
Y un puñado de libros, de alambiques eternos.
Federico no ha muerto, se durmió poesía.
La colina lo cree.
Y la sangre hecha púrpura
de un puñal de amapolas.
Mañana, a la hora del alba,
cuando el verso eche ramas
su voz regresará junto a las páginas
de carnales palomas.

Aarón Andrés
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