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Poemas de Silvia Moscatel

viernes 3 de octubre de 2025
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Nacida del vientre ajeno

Me parieron muchas.
Las que tejieron con huesos la cuna,
Las que cantaron mi nombre
Antes de saber si lloraría.
Tuve madres con manos de piedra,
Con ojos de cueva.
Madres que sangraban sombra
Y me envolvieron en su duelo.
No tuve leche, supe del hambre.
No tuve trenzas hechas con amor,
Pero sí rezos que buscaban salvarme.
Cada mujer que me sostuvo
Traía una grieta y en esa grieta
Yo florecí como espina.
No hay una sola que me nombre.
Soy hija del eco. Soy hija del viento.

 

Rezo para acunar la sombra

Cada noche le rezo a una sombra
En la esquina de mi lecho.
Le armo cuna con palabras,
Le trazo párpados en el aire.
Le arrullo.
Mi pecho se inflama
Aunque no haya succión.
Mis manos tiemblan,
Cargan un cuerpo de luz apagada.
Rezo por miedo
A que el olvido lo borre.
Quien no parió
También canta nanas.
También cuida la ausencia,
La envuelve en mantas y la mece.

 

Método para deshabitarse

Dejar la piel junto a la ropa,
Colgar los gestos en la percha,
Los ojos en un rincón del espejo.
Ser apenas un rastro de aire,
Vaciar de recuerdos.
Desarmarlos como casas en ruinas,
Madera por madera,
Ventana por ventana.
Que no quede techo donde cobijarse.
Que no quede techo.
Aprender el arte de no estar.
Practicar la ausencia en pequeñas dosis
Hasta que nadie note la falta de palabras.
Respirar como si no se respirara.
Cerrar los ojos y fingir que el día no existe.
Habitar la pausa entre dos latidos,
El silencio entre dos notas,
La grieta entre dos pensamientos.
Y si acaso alguien insiste,
Si acaso alguien pronuncia un nombre
Que alguna vez fue tuyo,
Aprender a deslizarse en los rincones.
No decir adiós.
No hacer ruido.
No mirar atrás.

 

Otoño

El otoño llega sin pedir permiso,
Como un gato que se estira en la ventana
Y se queda ahí, mirándote,
Haciéndose el distraído mientras todo cambia.
Primero son las hojas, claro,
Porque el otoño es así, se mete por los árboles
Como un viento con ganas de desordenarlo todo.
Las hojas resisten un rato,
Pero después se rinden.
Después viene el frío,
Pero no el frío de los inviernos enojados,
Sino el frío que juega a meterse por las mangas,
Que se cuela en la nuca
Y te hace encogerte un poco,
Como si el cuerpo supiera algo
Que todavía no te contó.
El otoño es un domingo a la tarde que se estira
Como un bostezo interminable.
Es esa sensación de que algo se está yendo
Pero no sabes bien qué,
O sí lo sabes y prefieres no decirlo.
Es el olor a tierra mojada,
A garrapiñadas asándose en la vereda,
A libros que se abren después de mucho tiempo,
Con ese perfume de palabras dormidas.
El otoño tiene esa manía de hacerte mirar por la ventana,
De dejarte pensando en nombres que creías olvidados,
En cartas que nunca escribiste,
En lugares a los que ibas de chico
Y que ahora existen sólo en tu cabeza.
Y entonces llega la lluvia,
Porque siempre llega,
Con sus gotas lentas que resbalan en los vidrios,
Con su murmullo de secretos antiguos,
Y de pronto todo es gris y naranja,
Como una postal que alguien dejó tirada en el tiempo.
El otoño es una despedida que no termina,
Un adiós que se dice en voz baja,
Como para no despertar a los recuerdos.
Y sin embargo,
Hay algo hermoso en todo esto,
En ese lento deshacerse de las cosas,
En la forma en que el mundo se vuelve melancólico
Pero de una tristeza tibia,
Casi dulce,
Como si el otoño supiera que al final de todo,
Siempre hay otra primavera esperándonos
En algún rincón del calendario.

 

Pureza que hechiza

La luna es la misma
Que vio Alejandro en sus guerras,
La que sangró sobre los muros de Troya,
La que contempló Borges en un patio
Mientras el mundo se deshacía en palabras.
No es esfera ni luz,
Sino un enigma en el espejo del tiempo,
Una sombra cifrada en la bóveda inmóvil
Que los antiguos llamaron diosa
Y los sabios tradujeron en cifras.
Pureza que hechiza,
Geometría de la nostalgia,
Límite entre la noche y el sueño,
Entre lo que somos
Y lo que nunca seremos.
Los hombres la miraron con espanto,
Con deseo, con plegaria.
Alguien la pensó de mármol,
Otros de fuego helado,
Y los más sabios supieron
Que no era sino un reflejo
De algo que no alcanzamos a nombrar.
La luna es un olvido,
Una puerta que nunca cruzamos,
Un eco de otras edades
Donde fuimos sombras sin memoria.
Brilla sobre los techos,
Sobre las manos que la escriben,
Sobre la soledad de quien la mira
Y comprende, al fin,
Que la luna no es otra cosa
Que el rostro vacío de Dios.

Silvia Moscatel
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