Parte I
Van cruzando 400 pájaros con el vuelo agónico
porque se ha escuchado el golpe de la tierra
reclamando sus huesos.
Empiezan a cruzar los pájaros y en su pico llevan
el presagio de la sangre.
El cielo ha empezado a quebrarse bajo sus alas
¡Ay cuántas tormentas empiezan a quebrar tus alas!
¡Ay cuántas tumbas vendrán nombrándote!
Luis Borja
I
El camino sigue siendo un gran espejo
los huesos ruedan por la luz que corta el paso.
El camino es un laberinto sin Dios
una fe en las estrellas que nos acompañan.
A veces, no lo niego,
la lluvia nos alivió el dolor
nos trajo el recuerdo de la cueva
el espacio tibio y seco
donde encendíamos con amor la fogata
que nos ayudaba a entender la angustia.
Afuera llovía, no había rabia,
Afuera llovía, no había camino.
II
La magia eterniza los días
las abuelas con sus trenzas enredan la noche
las abuelas nos mecían y cantaban
y el fuego nos calentaba los pies.
Una noche
la abuela dijo que de las brasas
se oía el rumor del viaje
se oía la noticia de alguien llegando a casa
o de alguien partiendo.
Las vacas al otro lado mugían con llanto
el ternero había nacido muerto
y la noche era calurosa.
La abuela rezaba
como si existiera alguien oyendo detrás de la puerta
como si la noche con su barro sondando las venas
tuviera un eco en el cielo, donde habita el gran espectado.
III
La poza el limón escuchó el chillido
era mayo
y Cruz nació el día en que el diablo baila en el patio.
Era el día de dar al Xipe
las flores y los frutos.
Era el día de poner colores en el centro
mirar los cuatro rumbos.
Mi madre lloraba mucho
mi hermano también
y sus dos hijos, a la luz del candil
miraban al niñito Xipe, Cruz
y pensaban en el gran silencio de sus ojos iluminados
cuando por fin lo alimentaron
y todo alrededor
se sentía como tierra húmeda.
IV
El pelo de la abuela parecía un río negro
era largo y suave
sus ojos hablaban del éxodo
de las casas en llamas
de los sembrados perdidos
de los ayotes milagrosos
del maíz bendito
de las tilapias sagradas
de los jutes que salvaban el día
de los tigüilotes
de la vaca hallada por suerte
de los morros
y por fin se dormía,
no sin antes intentar convencerme
de que los coyotes se comían a las niñas lloronas.
V
Los pescadores vuelven.
La madrugada trae sustento.
El alma canta con sueños inconclusos
el irredento sabor de los recuerdos.
En la madrugada
también suena el viento frío por las tejas
y mi abuela despierta
se abriga y pronuncia algunos nombres
pero los pescadores ya están de regreso.
Afuera cuelgan sus atarrayas llenas de peces
con la estrella de la mañana sobre sus cabezas.
La sombra de la luna
la sombra secreta de los hombres que fueron sus padres
la sombra de los árboles tristes
porque se oscurece el día
y la abuela reza otra vez.
Los pescadores son apenas figuras humanas
colándose por el sueño
y la noche acaba.
La abuela llora
recordando a su hijo perdido
aquel que envió una carta desde Canadá
y nunca más supo de él.
La canción de guitarra
suena en medio del patio
los corazones tibios de los niños de casa
como tambores juran fidelidad a los pescadores.
La abuela nace otra vez en sus ecos de flor ayote
y camina con la firmeza de la niñez
que alguna vez tuvo allá en Honduras.
VI
Las flores para mayo
la cercanía del Lempa
los cocodrilos rodeaban las barcas
el niño dormía con su padre a la orilla.
La frialdad de la noche
la luna desnuda
el hueco en el alma por la madre ausente.
El abuelo Dionisios
la tía Tránsito
el tío buluco
y los ayotes a las orillas del río.
Nunca supo de abrigos secos en la noche
nunca supo del abrazo de la madre
nunca supo si su padre real estaba pensando en él.
La herida de nacimiento
le seguía sangrando
le llevaba al frío del corazón propio
y aprendió a venerar a sus propios dioses
a conocer de maíz
a conocer de estrellas
a conocer de lluvias
a eternizar la ternura de las plantas.
Ahora en ciudades agrias
llora la noche
y sucumbe al extravío
y rueda por la luz de su recuerdo amniótico
y besa a esa madre que dejó el barro
a él y sus hermanos
para hallar un sustento en la ciudad.
El niño que fue no le deja dormir
y lo abraza con la niebla de los amores perdidos
y lo consuela con la suavidad de las palabras de sus hijos.
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