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Leonor, de Pablo Andrés Rial
(selección)

miércoles 29 de octubre de 2025
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“Leonor”, de Pablo Andrés Rial
Leonor, de Pablo Andrés Rial (Caleta Olivia, 2025). Disponible en el Instagram de la editorial

Leonor
Pablo Andrés Rial
Poesía
Caleta Olivia
Buenos Aires (Argentina), 2025
ISBN: 978-987-8430-67-6
68 páginas

De la calidez de un hogar

Leonor:
Hace meses que juega conmigo
y el silencio de la casa.
Me preocupa su insistencia:
pide que siga contando y que lo busque
dentro de la sal
en la botella de whisky
debajo del gato, dentro del horno
en las uñas de los muertos o en su propia carne.
El muy ingenuo debe de suponer que
por ponerse una bolsa en la cabeza
no lo escucho.
Y cuando finalmente lo encuentro
se olvida de quién es
/después lo recuerda /ángel/
pero luego no sabe a qué juega
y vuelve a proponer las mismas reglas
/una y otra vez/
incluso hasta cuando duerme.

Si lo viera ahora
está sentado justo frente a mí
/en la mecedora/
le hago creer que no lo veo
para recomponer el aliento
finjo que lo busco en esta hoja
mientras a usted le escribo.

Querido:
Me preocupa verlo así
entre el espanto y la calma
y que el incendio no lo haga correr.
Me preocupa que no salve a sus peces
que se quede sin las venas del cuerpo
que no pueda vivir.

Usted camina siempre por un mismo lugar.
Quizás pueda yo
ayudarlo a caminar por ese mismo lugar,
en sentido contrario
para que todo aquello
a lo que le ha dado la espalda
sea su nuevo comienzo.

Leonor:
Permítame, por favor, apretar esa idea suya y no dejarla ir.
Dejar todas mis cosas sin obligarlas a acompañarme.
Darme el permiso de hacer las últimas visitas
y caminar por los lugares que alguna vez soñé conocer
congelar al momento.

/aquietarse en el recuerdo/
pasar de un lugar al otro

Permítame pensar, Leonor, que aquel lugar
sí existe.

Querido:
Nos preparamos para tantas cosas...
pero cuando el momento llega
nos moja la lluvia.
Debiera apadrinar con atención el afuera
escribir con los ojos
meterse mar jardín adentro /su hogar/

Su temperamento,
la consecuencia de una fe desesperada por la soledad
lo zambulle en profundas ciénagas.
Desconoce, por ello, el secreto de estar solo
siendo su propio invitado.

Le sugiero siempre un parque
un gran parque
un cielo despejado /en dientes de león/

Nunca se refugie en la oscuridad
ni en el frío cercano
de lo que ya no volverá.

Lo eterno no está debajo de la negra tierra
le sugiero trazar un plano sobre ella
y ubicarse dentro de aquellos límites.
Espere. Espere y pregúntese
qué espera,
cuál es su fuerte,
su trinchera.

Leonor:
La lluvia nos moja y agrieta las paredes
aquí cascadas se forman y caen precipitadas
al cuerpo de las difuntas
y sanan a sus tetas con los vapores.
La casa se invade en aromas a pinos
/viento de piñas y costas/
Se invaden de grillos
y de todas aquellas voces
que la hacen sangrar.

Después de cesar las tormentas
y de algunos esfuerzos por limpiarla
me distancio de ella, de las intermitentes guerras
para avistar a todo tipo de aves
sobrevolar los cielos hasta la oscuridad
hasta que los muertos vuelvan
a llorar.

Querido:
Las paredes no se pintan
por más pintadas que alguna vez hayan estado
por más hermosas que podrían quedar
por más despedidas.
La casa se despinta /progresivamente/
con cada ser
con el uso de tantos años.
No se reproche entonces
ni se preocupe si evita buscar mil maneras
de reparar
si se niega a cambiarlo todo por nada.
Poseen las paredes en sus profundidades
un tamizado
que ni usted ni yo sabemos, de donde vino
aparecen como aureolas de humedad
en cada profundo recuerdo de los ambientes
por los que camina.
Su casa roja me agrada
su motor de techo se alimenta de sangre y la refresca
Me gusta porque invita a entrar al living
a remojar los pies
y se sienten sus conductos pasando por sus vértebras
haciendo que cucarachas y otras alimañas
entren y salgan con total libertad.

 

De la sepultura del ángel

Querido:
Que no haya nada
más que esta prostitución de los días
encima de todos esos cuerpos desconocidos.
Que no haya nada si así ha de ser
apenas una esquirla
con un poco de miseria y gracia.

Leonor:
No.
Que lo haya todo en un vacío
en su más auténtica conservación
¡Lo merezco, creo merecerlo!
por acariciar al ángel
que, por puro espanto, esta mañana, asesiné.

Si usted lo viera, aún conserva sus alas.
Si se acercara y olvidara los harapos
que cubren su estómago desfollado
aún lo creería con vida.

Prometo darle sepultura
/no sin antes haber deseado/
abrir sus tejidos y escarbar en su pecho
buscando mi corazón muerto.

Querido:
Reconózcalo
su ángel se ha suicidado
y el único crimen que ha cometido fue desenterrarlo.

Pablo Andrés Rial
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