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Cinco poemas de Pilar del Pozo Manchado

viernes 30 de enero de 2026
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Cuarta verdad
En la estructura molecular de los nombres
radica la simplicidad del universo.

Existe todo cuanto puede ser nombrado.
De ahí este agosto
grabado a fuego en Madrid
y los ojos ciegos
que observan a Borges en mi mesilla.
Porque tienen nombre,
agosto, Madrid y Borges existen.
Yo me llamo las palabras de amor
que me queman en los labios;
las ascuas con las que cada noche
él desea arder en nuestra cama.
Me llamo la sal de los dioses
que me vuelven piedra al recordarme niña.
Los secretos que me queman en la boca
y la grieta que da luz al cuarto de las ratas
donde encerró mi madre las mentiras.
Me llamo las heridas que no curaron
para hacernos hombres;
el puente rojo que divide el mundo
en dos mitades.
El hijo que todavía lloro
y los besos en la frente de los que llegaron más tarde.
El fuego que guardo en una cáscara de nuez
para entregárselo a mi hombre.
La jaula donde me quiere
y las alas con las que vuelo hasta quemarme.
Me llamo barro,
como me enseñaste que se llaman los poetas;
tierra empapada de otoños
y Pandora que no pierde la esperanza.
Me llamo, ergo sum
y, sin embargo, tú que no puedes tener nombre
eres la única prueba de que existo.

(del libro La verdad según Lady Macbeth, 2021)

 

Décimo tercera verdad
Los secretos agitan las jaulas
de los pájaros dormidos

No puedo ponerte nombre sin que se agiten
las jaulas de los pájaros dormidos.
Me basta tenerte pequeño,
nómada en un secreto bajo la lluvia mansa.
No puedo ponerte nombre sin astillar el relato
que acuna el sueño tranquilo de los hijos.
No me esperes poeta guerrillera para lucharte.
Te quiero oculto tras la corteza arrugada del tronco:
hombre invisible,
callado y al acecho,
con tus pies a mis hombros rendidos,
para que nadie más encuentre
el rastro que deja tu nieve nocturna
en mis huellas.

(del libro La verdad según Lady Macbeth, 2021)

 

La radio está encendida

Sólo una vuelta de llave.
Abro: la radio está encendida.
Suena, no muy alta, pero suena.
Respiro nostalgia y te miro.
—Hola —te saludo—.
Observas cómo dejo
junto a tu tarde tranquila
un par de zapatos, apenas un beso.
La radio está encendida
y hago memoria
ahora que empezó todo
hace apenas un bostezo.
Entonces no teníamos ni casa ni hijos;
sólo dos vidas en cueros
y aquel pequeño coche americano...
Su slogan, ¿qué prometía?
“Te llevará muy lejos”.
En su apretado mundo
de palancas, cremalleras y botones,
aprendimos a deshojarnos con urgencia.
Y siempre la radio encendida,
siempre.
Tras el vaho de los cristales,
a veces callaba la música;
las señales horarias
daban paso a las noticias.
Recuerdo, por ejemplo,
la primera guerra de Irak
en aquella voz de comentarista
contando bombas en directo.
¡Qué terrible!
Abatidos en el asiento de atrás,
lloramos juntos:
—¿Qué animal político
devoró al político humano?
—dijiste o tal vez dije—.
También recuerdo
nuestros Vuelos 605:
todos aquellos nombres extranjeros
que el gurú radiofónico pronunciaba
como fragmentos de un mismo universo:
Bob Dylan,
The Beatles,
The Everly Brothers,
Bruce Springsteen.
Tú me abrazabas,
pero sólo susurraba Ángel Álvarez.
Siempre la radio encendida,
siempre.
Descalza,
todavía a tu lado,
ahora que el amor pesa menos que el recuerdo,
ahora que vendimos aquel coche americano,
ahora que su voz ya no existe,
ahora que nuestros cuerpos
sólo se cruzan en la cama,
ahora que he llegado:
—¡Hola!
Pero al entrar en casa,
gracias, señor, la radio está encendida.

(del libro A esta altura de tejados, 2019)

 

Casi siempre bebo agua

Casi siempre bebo agua
porque sólo sé leer en el cáliz transparente de las copas.
De ellas tomé
las 267 palabras que necesitó Cortázar para ficcionar un beso,
las cien piedras suicidas de los bolsillos de Virginia Woolf.
y las mil plumas que Pizarnik arrancó al dolor de su pájaro-jaula.
Detesto el alcohol,
aunque alguna vez intenté perdonarlo
sentada frente a las tres botellas
que aún conservan frío el cuerpo del abuelo.
No, no llegó nunca el perdón:
sigo sin poder hablar por boca del whisky,
y no me sirvo de ningún verso
si no es en presencia de un barrio.
Prefiero emborracharme
en los charcos que escribe el otoño en los arrabales,
en la barricada de un domingo a la deriva
y en el aliento a beso-piedras-plumas
que este amor tuyo me deja,
después de tanto beberte,
tras la resaca.

(inédito)

 

Morir caminando

Morir caminando
de un lado a otro de la Franja
los pasos que aún queden en los pies.
Sujetar la manta nómada
que sobrevive en la mano.
Sortear los escombros de la memoria,
mientras se pudre la carne humana de las cosas.
Todo en su olor a muerte:
el paisaje amputado de niños,
la ciudad en su rotura,
los gritos de las casas,
el arañazo de las madres.
Saberse pronto polvo de toda esa nada.
Avanzar en el sentido opuesto a las bombas.
Morir de esa otra forma lenta
en que las guerras destruyen al hombre:
caminando la muerte,
como un hámster en la jaula,
a la vista de todos.

(inédito)

Pilar del Pozo Manchado
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