El hombre que debería ser
“Heaven knows I’m miserable now”.
The Smiths
A veces, mientras espero que el café termine de caer,
pienso en lo raro que es todo esto:
pasé media vida creyendo que el problema era el trabajo,
que si cambiaba de aire, de jefe, de horarios,
capaz se me ordenaba algo adentro.
Y cambié, varias veces.
Hace tres años estoy en un lugar
que hace diez no hubiera ni soñado.
Todo el mundo piensa “lo lograste”.
Yo también, por un par de meses.
En la cocina practico sonrisas,
esas que uno usa para fotos que salen movidas
y hay que repetir cinco veces
hasta que el fotógrafo se rinde
y te dice que quedó aceptable.
Sonrisas de utilería,
que me pongo temprano
como otros la corbata o el saco,
para sacármela antes de dormir.
Debería estar contento.
Eso es lo que no entiendo:
la vida, en el papel, se ve bien.
Trabajo bueno, casa linda,
ella al lado mío,
las cuentas pagadas.
Pero hay días en que me despierto
y todo eso parece ajeno,
como si estuviera cuidando la vida de otro
y no la mía.
A veces fantaseo con irme al campo,
perderme lejos,
por un tiempo. O para siempre.
Levantarme con la luz en la ventana
y no con el despertador.
Pero la sombra
me acompañaría allá también,
sentado en la galería,
mirando la tierra agrietarse.
No hay motivo.
Así que sigo en modo automático.
Me tomo el café,
respiro hondo
y, sonriendo,
me uno a la reunión de las 9.
Caballo equivocado
El hermano, el que sale bien en todas las fotos,
el que arregla lo que se rompe
antes de que termine de romperse,
el de la casa siempre impecable, sin un ruidito,
sin un defecto,
pasó a saludar con un paquete de carne
de esa calidad que su marido no podía permitirse pagar.
La traigo para el domingo, dijo,
para comer todos juntos.
Su marido estaba en el estudio
(el estudio al que no se le puede abrir la ventana, está trabada),
tecleando una novela que nunca para de corregir,
jurando que esta vez sí, que lo van a publicar,
que esta historia al fin lo va a poner en carrera.
Ella dejó la carne en la heladera
pensando qué otras cosas ricas
tendrá su cuñado
refrigerándose en la suya.
Apuntó mal.
Eso lo supo un martes,
cuando el olor etílico de su aliento
le llegó antes que él, después de una tarde con amigos.
El lunes necesitaba relajarse,
el miércoles Dios sabrá. El jueves ya casi era fin de semana.
Y así.
De todas maneras por las noches,
cuando él ronca mezclando culpa con whisky,
ella lo mira de costado
y piensa que ojalá al menos encuentre
esa frase perfecta
que los saque del barro.
No por él.
Por ella.
Para saber que no apostó toda su vida
al caballo equivocado.
Visitas
Ella cae sin avisar,
como tormenta de verano
pero sin la parte romántica.
Granizo, más vale.
Golpea la puerta una vez
y ya está adentro
porque tiene llave,
como si la casa fuese suya.
Ni falta hace que me hable
para irritarme. Entra a los gritos.
A mi mujer la mira de arriba abajo.
Las cosas no son así, le dice.
Que nunca la visita.
Que nunca está en casa.
Que es demasiado callejera.
Que la descuida a ella.
Que me descuida a mí.
“Con tu padre jamás tuve estos problemas”.
“Pero si vos sos divorciada”, sería tan fácil.
Ella se achica,
con cada comentario.
Respira hondo,
sonríe por compromiso,
mira al piso
y a mí me dan ganas
de sacarla a la mierda,
pero no puedo.
Y yo me quedo ahí,
mudo, inútil,
mirando cómo mi mujer
se convierte en una versión empequeñecida de sí misma.
Y cuando al fin se va,
deja un silencio pesado en la casa,
un globo de cumpleaños desinflado
colgando triste en una ventana.
Problema
El pasto picaba,
pero me ahorraba el tener que ir
una y otra vez al baño.
Era más fácil quedarme ahí.
Me dormí, como cualquier noche.
Pero me despertó la lluvia.
No el ruido, sino el agua.
Me levanté y pensé dos cosas:
No iba a tener que limpiar el vómito.
Eso era bueno.
Pero mi mujer se iba a enojar
cuando entrara mojado.
Eso era malo.
Y ahí empezaba la discusión
que siempre lo mismo
todos los fines de semana
cuando volvía de mis amigos.
Y otra vez con esa estupidez
de que lo que yo tengo
es un grave problema.
Al problema no lo tengo yo,
sino ella, conmigo.
Una pieza del engranaje
“You’re invisible now...”.
Bob Dylan
No pensé que me iba a tocar,
ni se me cruzó por la cabeza.
Eso era para otros:
los que seguían instrucciones,
los que ensamblaban cosas,
los de la línea de producción.
Yo no.
Yo soy abogado.
Un tipo de cabeza, no un bruto.
Mi firma vale,
estoy matriculado, eso no es para cualquiera.
“Doctor”, me sabían llamar
los linyeras para pedirme una moneda
frente a tribunales.
Y sin embargo, un día me encontré
viendo cómo una máquina
hacía mis revisiones
más rápido
y, para colmo, mejor.
Esa palabra, revisión,
que durante años creí
que implicaba experiencia,
olfato,
autoridad,
resultó ser un procedimiento mecánico más
que un aparato podía ejecutar
con un par de algoritmos bien entrenados.
No hacía falta ser un genio
para darse cuenta de que uno ahí sobraba.
No lo dije en voz alta.
Me daba vergüenza.
Pero después entendí la canción:
no era sobre la caída,
era sobre ser reemplazado.
Volverse fungible
como las pilas del control remoto.
Un día ya no tuve nada por hacer.
Ninguna urgencia,
ningún pedido, ningún mail.
Así que empecé a perder el tiempo
calladito, como si nadie supiera lo que estaba pasando.
Sólo queda esperar el telegrama,
y lo peor de todo es
que ni siquiera me importa.
Dos horas
Siempre hay uno.
El de la boca abierta,
el que respira fuerte,
el que hace ese ruido pegajoso
al despegar las zapatillas del piso,
una y otra vez.
No pido mucho.
Apenas son dos horas,
dos horas por las que pagué
para que algún pelotudo
muerda pochoclos
como si no hubiera comido
por una semana.
Y atrás, inevitablemente,
el hijo de mil putas
que patea la butaca
cada tres minutos
como si tuviera hormigas en el culo.
La concha de su hermana,
coman antes o después,
no es tan difícil.
No son bebés.
Quédense quietos.
Ni una puta película
se puede ver en paz.
Animales
Como si fueran a tirar una bolsa de basura,
paran en la banquina.
Abren la puerta,
“quedate acá, vos. Ya volvemos”,
mentirosos.
Ni una mirada por el espejo.
Ni un gesto.
Nada.
El perro queda quieto,
primero no entiende,
qué va a entender si él de esas cosas no sabe nada.
Mira cada auto que pasa
con esa fe estúpida
que los hace tan especiales.
Un perro flaco,
sentado al costado del asfalto
esperando a un dueño
que ya está en la playa
sacándose fotos con la panza al aire
y una cerveza en la mano.
Pero nadie frena.
Nadie vuelve.
Y la ruta sigue,
con autos que pasan
sin mirar al costado.
Y el perro que espera
hasta que el hambre
u otro auto
acaben con él.
Abandonar a alguien
cuya mayor alegría
era verte regresar del trabajo.
Yo ya no sé
quién es el animal.
La noticia indeseada
El día venía silbando bajito,
sin pena ni gloria.
El agua del mate ya estaba tibia,
el perro durmiendo,
los chicos haciendo los deberes.
Golpearon dos veces, sin apuro.
Ella caminó hasta la puerta
sin sospechar,
“serán los testigos de Jehová”.
Los hombres hablaron poco.
Informar este tipo de cosas
era un trámite más para ellos,
parte de su rutina.
Después de la segunda frase
ella dejó de escuchar.
Firmó papeles.
Respondió preguntas.
Repitió fechas,
nombre completo,
DNI,
como si estuviera
llenando un formulario
para cambiar el medidor de gas.
En la sala velatoria alguien la abrazó.
Una mujer que no veía
desde el bautismo o cumpleaños
de no sé quién.
Todos hablaban,
tomaban café, comían,
como si él todavía respirara
en una pieza contigua.
Caminó hasta su casa
sin saber cómo llegó.
Los chicos se iban a quedar con los abuelos,
un par de días.
El perro la miró
sin entender ese olor
que traía pegado a la ropa.
Por meses lo buscó,
pero jamás lo encontró.
Otra vez sopa
Escribo, escribo, escribo.
Como quien le da filo a un cuchillo viejo
contra la piedra del patio.
Termino una novela, un poema, un loquesea,
y esa noche me premio con un trago como la gente,
una comida rica.
Al día siguiente arranco a revisarlo todo,
meses revisando obsesivamente,
hasta que del hartazgo lo mando.
A editoriales, a concursos, a convocatorias.
Y mientras ellos evalúan paso a la próxima historia,
ato con alambre esas ideas sueltas
que vengo juntando hace meses.
La escribo.
La termino.
La reviso.
La envío a mil editoriales, concursos, convocatorias.
Y ya que estamos, insisto con la anterior.
La reenvío, quizás se les pasó. No la vieron.
Y salto a la siguiente historia.
Cuántas ideas brillantes tengo, qué desperdicio de talento.
Después caigo en la cuenta
de que del otro lado
nadie debe estar evaluando un carajo.
“Otro narcisista queriendo robarme tiempo”.
Capaz lo borran sin leer.
O peor: capaz lo leen.
Y es malo. Malo, malo.
Tan malo que ni un “gracias, seguí intentando” vale.
Entonces concluyo que lo mejor que me puede pasar
es que no me lean un carajo.
Y mientras tanto sigo escribiendo
porque me gusta.
Qué le voy a hacer.
Puta madre si me gustara laburar
la mitad de lo que me gusta escribir.
Un día más
La ducha tardó en calentar.
Cuando terminó de bañarse, el café se había enfriado.
Pasó el tren, qué manera de vibrar esas paredes.
En el trabajo lo cagaron a pedos
por una boludez.
Dolió más de lo que admitió.
No discutió, ¿para qué?
A la tarde escribió en el grupo:
“¿Una birra?”
Visto por media hora,
después una procesión de excusas, en resumen:
“hoy imposible”.
Todos ocupados.
Le preguntó a su hermano si cenaban.
“Tengo sobras del mediodía, pero venite”
Pollo reseco, ensalada medio apelmazada.
Comieron sin decir mucho,
con la tele encendida, todo el mundo estaba cansado.
Día largo.
A las diez y pico se pidió un taxi.
Ya era oficial,
nadie se había acordado.
Turno noche
Todos los viernes a las ocho y media
la misma familia entra al Automac:
papá al volante,
mamá le pasa la billetera,
dos chicos con remeras naranjas
y pasto sintético en sus rodillas.
Él ya sabe el pedido de memoria,
pero igual pregunta por protocolo.
Un par de cajitas felices,
un par de Big Macs (sin lechuga, por favor).
Ellos siempre ríen.
El papá le dice “capo”,
le desean un buen turno.
A él le encantan los viernes
a las ocho y media.
Ese domingo tuvo franco.
Fue al cine,
su pelo todavía olía a fritura,
no se va ni con champú.
En la fila para las entradas
los vio:
papá, mamá,
los chicos peleándose por el balde de pochoclos.
Los reconoció al instante.
Con una sonrisa grande,
saludó con la mano, desde lejos.
Medio torpe,
como si los conociera de toda la vida.
Ellos lo miraron y pasaron de largo.
¿Y qué esperaba?
Él no existe fuera de la ventanilla.
Es como Súperman:
se saca esa gorrita patética
y ya nadie lo reconoce.
Pomelo
El calor rajaba la tierra esa tarde.
El ruido de las chicharras sonaba tan cerca
que parecía que podría agarrarla
si estiraba la mano.
Del otro lado del alambrado,
el Pomelo estaba inquieto:
revoloteando la cola por el aire,
golpeando la tierra con pisadas secas y nerviosas,
levantando estallidos de polvo en cada zapateada.
Me acerqué un poco,
No era más que un
punto negro girando en círculos,
posándose donde quería,
Cambiando de lugar,
sólo para hincharle las pelotas.
Era una mosca.
Una sola.
El caballo se estremecía,
la piel se le ondulaba,
los músculos se le contraían.
Tamaña bestia
quedando en jaque
con un bichito de mierda.
Para qué tanto
Seguís acumulando guita que no alcanza nunca,
sacrificando horas que no vuelven,
cansancio que se hace costumbre.
Llegando a casa recién para la cena
sin poder desenchufar la cabeza.
Pensabas que valía la pena
lo cómodo que ibas a vivir. Después.
Que ahora había que apretar los dientes y aguantar,
como si hubiera algo que demostrar.
El cuerpo avisa de maneras poco poéticas:
noches cortadas, dolores en lugares que no sabías que tenías,
esa irritación constante que te vuelve un extraño en tu propia mesa.
Pero seguís, porque hay que producir,
como decía papá.
Cuando faltes, un mail corto
(intercambiando nombres con uno anterior)
va a ser enviado.
Una corona insulsa
con el nombre de la empresa
llega a la ceremonia.
Qué lástima, va a pensar ese gerente
que tanto te rompía las pelotas. Y a seguir.
Todavía no disfrutaste ni una mínima parte de todo lo que juntaste,
la puta que lo parió.
Te agarra justo cuando estabas planeando descansar,
cuando por fin te ibas a ocupar de lo importante.
En el trabajo no se acuerda nadie
de las horas extras,
ni de lo temprano que llegabas,
ni de lo poco que estabas en casa.
Pero tus hijos sí.
Ellos se acuerdan con una precisión que te sorprendería.
Cada promesa pateada para el fin de semana,
cada acto al que faltaste
y cada juego que no jugaste.
La muerte no compite.
No pierde.
No negocia.
Lo verdaderamente absurdo
es haber creído que algún día
le ibas a ganar.


