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Cuatro poemas de Carlos Jordán Torres Díaz

viernes 6 de marzo de 2026
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Ahínco

Y de nuevo he vuelto a perder los ojos
entre los tiernos robles atardecidos.
Me descubro viento, humo, infinito.
Descanso en el verde las huellas oscuras
de un cuchillo afilando versos
como el aullido de un perro profeta
que juega a la vida entre parques continuos.
Yo voy del cigarro a la noche, de la sangre
a los besos, corriendo entre páginas
hacia el poema de mi ausencia.

 

En-lo-que-he-sido

El dolor me está llevando a la locura,
lo cura cuando escribe lo íntimo demente,
de mente inexperta de rito enloquecido.
En lo que he sido soy desierto,
de cierto ausente corazón cadáver.
Cada ver que lloro al no aprender
a prender el fuego, a crearme,
crear me hace otro, otro soy memoria.
Me moría sin poder contemplar,
con templar el aire del último contacto,
con tacto frío que avivó mi tos.
Mitos antiguos llenos de encanto,
en canto de aves que volaron al asilo.
Así lo quiso la poesía para salvarme.
Salvar, me honra con belleza de diamantes.
De día, amantes fuimos; de noche,
poesía enloquecida que marchita el dolor.

 

Ángel de nieve

Tu nombre ha descendido del antilíbano
y no me atrevo a decirlo, tampoco a mirarlo.
Huye de ti como el sol huye de la luna.
Palabra antigua de amarillo estío,
muere atrapada en la sombra de mi boca.
Esa salvaje herejía de otro mundo,
diamantina rosa, como espuma en una ola
que hace temblar la luz celeste
donde navegan barcos de once heridas,
donde te entregas a ese rojo seda
y las hojas fulgurantes gimen,
y tu piel inhala la caída de una estrella
en la curva de tu espalda alucinada,
en el lejano adiós de un recuerdo.
El ritual lluvioso en el horizonte de tus labios.
Cuando pronuncias tu nombre,
entre silencios negros,
lloras vacío
y tu soledad
está nevando.

 

Mirasol

En el eco de mis vidas hay auroras,
pájaros colores picopintando mi sangre,
un amor de sombrero blanco,
un poema de voces que florecen
en el oficio viejo de recién nacido.
Con su llanto fuego,
colibrí enamorado:
es la luz que baila en mi sonrisa,
el nido invisible de los cantos,
un lenguaje sin sombra,
una lluvia que no pregunta.
Es la infancia que no se apaga:
la mirada tuya del sol en mis ojos.
Es la vida que se abre
en el centro de mi nombre.

Carlos Jordán Torres Díaz
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