La muerte y la doncella
In memoriam
Sophie Scholl1
Suavemente,
quedamente,
se me va insinuando el misterio de tu vida
y de tu muerte,
Sofía,
savia joven de Alemania.
El ángel de las aspas negras
y voz megafónica,
que pretende reinar por los siglos,
te rodea,
te cerca,
te persigue,
para cercenar tus años frescos y duros,
tu figura frágil,
de pechos apenas crecidos.
Un mar de sentimientos encontrados te agita
en el lento descenso
a las mazmorras del Reich,
en ese viaje que termina... ¿dónde?
Tú no lo sabes.
Tus ojos están secos,
pero el llanto golpea a sus puertas,
en ráfagas súbitas,
ocultas por cuatro paredes.
¡Quién te diera alas de paloma,
alas de plata que te llevaran lejos!
Lejos de las conjuras humanas:
allí donde tu canto,
sereno y puro,
no fuera turbado por las urgencias del temor.
¡Sofía, savia pura, alma del mundo!
Himno nostálgico a las calles de Boston
verme morir entre memorias tristes.
Garcilaso de la Vega, Soneto X.
Si se pudiera desandar el tiempo,
como un avión remonta los meridianos de la tierra,
me haría nuevamente presente en ti
—faro de Nueva Inglaterra,
cuna de preclaros burgueses,
manantial de apretujada sabiduría—,
con veinticinco joyas en mi frente
y en mi pecho una estrella pulsatoria.
Llegué a vosotras,
calles de mi memoria,
a sentir el hálito mortecino del invierno
arrebujándome en manto de nieve.
Al volver cada esquina
tomábanme por asalto vuestras estrellas.
¡Estrellas del hemisferio norte!
¡Quién pudiera nombraros a todas
en el breve intervalo de un crepúsculo!
El amor encendió sus luminarias,
y la invernal borrasca las deshizo.
Maduró mi verano en soledades
de ciudad, campo, playa y roquerío.
Quise escalar pináculos altivos,
seguir las migraciones estelares,
y ver desenvolverse el universo
desde las verdes márgenes del Charles.
¡Augusta hiedra de las viejas aulas,
donde anida la estirpe puritana,
ventilando en los siglos su soberbia!
No me fuiste propicia, ni pudimos
anudar lazos de constante esfuerzo;
la lección del dolor fue, sin embargo,
guardada en los arcanos del recuerdo.
Quisiera ante tus ínclitos guardianes
descubrir mi cabeza lentamente
y pronunciar palabras de tristeza.
Te envío mi temprana
canción, envuelta en galas del mañana.
Equinoccio
Hoy bebo mi última copa de agua salada,
mientras el otoño se cierne
delicadamente
sobre las arenas expectantes,
y el mar lanza sin descanso
sus ejércitos de espuma.
Y pregunto a las aves marinas
por los secretos del aire último,
y al cangrejo enmascarado
que excava las playas
le pido que no vuelque en vano
el canasto de las certezas.
Porque hoy los aires pregonan
una verdad diferente,
y el color de las aguas no armoniza
con el de nuestra alma;
los siglos parecen vacíos
de toda poesía,
y no se sabe qué mano agita
las cortinas de los cielos.
Mientras avanza la tiniebla,
no cesa el canto del mar,
ahondando en mi alma el presagio:
¡quizá sea esta la nueva y definitiva poesía!
Apocalipsis
Que el viento gima hasta desgastar las banderas;
que sólo queden jirones
flameando en todos los mástiles,
y yazgan mudos y estériles los palanquines del pasado.
Estoy de pie sobre un mar de cenizas cuaresmales.
Por mis mejillas corren torrentes de agua lustral,
y a ratos el relámpago ilumina una multitud de estatuas torvas,
con la mirada vuelta hacia atrás.
Nadie oye mi voz, se han ido las estrellas.
No sé lo que digo,
ni qué palabras pondrán en tus oídos
las amargas manos del viento,
oh tú, que —según creo—
estás al otro extremo del mundo,
auscultando en la noche la angustia de los pájaros.
Oh tú, ángel o demonio,
embalsamador de las horas muertas,
sicofante del yodo y del potasio,
no barras con tus alas la negrura del mundo.
Antes de abrir de un golpe las compuertas del silencio,
devuelve al mar su paz, y su canto al poeta;
que en un acorde mágico se iluminen los cielos,
y un mar que aún no es, lave por fin la tierra.
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Notas
- Sophie Scholl: joven alemana de la Resistencia, nacida en Forchtenberg am Kocher, ejecutada por la Gestapo en Berlín.


