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Cinco poemas de Ximena Gómez

viernes 10 de abril de 2026
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A veces que no estás yo tengo miedo

Y me acuesto en tu lado de la cama
de espalda a la ventana, a las luces,
las sirenas y pitos de la calle,
que prolongan los días en las noches.
No obstante, en tu costado de la cama
ya no oigo el bullicio de la noche,
ni en el sueño las voces de mis muertos
y aunque ausente, tu espalda se recuesta
junto a mí, en tu costado de la cama
y puedo echarle el brazo, olfatearla
sentir su olor a aceites de la piel,
al aceite de coco del jabón,
pasarle el dedo a esa manchita roja,
que fue una mordedura de zancudo,
recorrerla, llegar hasta los hombros,
avanzar por el cuello hasta la oreja,
oír tus ronroneos de placer
y ver tu cara que a la luz no veo.
Acerco la cabeza a esa espalda
que, aunque ausente, es un tibio cojín
y en esa cercanía me adormezco.

 

Érase

Una calle en Madrid que ya olvidé
y unas ortigas secas que caían
sobre un muro de piedra y hormigón.
Íbamos caminando y era raro
ver mecerse esas hierbas en lo alto,
ver los tallos casi en nuestras cabezas
y oír a un gato arañar y gruñir.
Yo alcancé a imaginarme una azotea,
sus lozas, un jardín lleno de ortigas
y a ese gato rabiando de urticaria.

Cuántos otros miles de caminantes
habrán pasado por la misma calle,
por esa tapia con ortigas secas,
sin siquiera notarlas.
Cualquier día los dos regresaremos,
quizá estará la fonda de ladrillo,
la puerta blanca, el aldabón con moho,
tal vez habrán cortado las ortigas,
el gato cascarrabias se habrá muerto,
y la andaremos sin reconocerla,
porque esos dos viajeros serán otros.

Calle de adoquinado, antigua de Madrid,
donde tú y yo olvidamos quiénes éramos.

 

Escultura

Cuando te vi desnudo,
sentado, al borde de la cama,
parecía que el que esculpió
tu espalda y tu trasero
hubiera usado
arcilla más oscura
para tallar la sombra del hoyuelo
donde nacen los glúteos.
Y luego con una arcilla clara
hubiera modelado
la redondez de las nalgas.

 

Qué extraño

Mientras yo, aquí abajo, recorro la manzana
tres veces, que forman doce cuadras, que forman
una milla, que voy caminando a buen paso,

tú arriba, ante la mesa, al frente de un frutero
con peras, manzanas y caquis maduritos...
ves películas de policías británicos.

Yo abajo recorro la manzana, a paso moderado
siento la brisa fresca y miro unos satélites.
Qué extraño que sabiéndote arriba, en mi casa,

viendo cine, a veces salivando con frutas:
manzanas, bananos, y unos caquis muy rojos,
me faltas, aunque estés en mi casa,

tan cerca.

 

Mientras te vas

A menudo te veo esos bluyines
cuando vas de camino hacia la calle,
hacia el sol o la lluvia, el viento frío...
hacia los días breves y el cansancio.
Se te han aflojado en las caderas,
el índigo se ve descolorido,
y se ven desgastados del trajín,
del detergente y de la secadora.
Y al mirarte salir, andar de prisa,
yo me quedo observando con ternura
ese bluyín gastado,
.............que se aleja contigo.

Ximena Gómez
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